• LOS ÃLTIMOS VIAJEROS DEL TIEMPO

    Juan Pequeño se ha quedado dormido, tiene la cabeza reclinada sobre el escay del sofá y por la posición de sus párpados cerrados, dirigiendo sus pestañas muy fijas al frente, parece como si siguiera mirando el televisor. Sus piernas están extendidas y cruza sus pies sobre el asiento de un silla baja, ligeramente ladeada, como si minutos antes la hubiera desplazado para efectivamente poder ver con extravío y aburrimiento el programa que estaban dando. Esta tarde me he acercado para hablar con él, pero Pablo, que roza su hombro con el codo, me ha dicho que no lo despierte, que está cansado, un poco por la acumulación fatigosa de la pasada noche en la que estuvo trabajando hasta la una de la mañana, pero tal vez más cansado por ese líquido indefinido al que no encontramos nombre y que sentimos viajando por nuestros adentros cuando algo parecido a la decepción se hace dueño de nuestras sensaciones, una nube que te queda grogui, con la pesadez que deja en tu voluntad la sensación de revés, un nudo apagado que medianamente se ubica en el interior de tu garganta y que se queda ahí inmovilizado, sin salir hacia fuera porque las palabras no bastan para deshacerte de esa desazón, pero que tampoco baja a tu estómago porque sabes conscientemente que allí volverá a hacerte ese tipo de daño que no duele físicamente, pero que te aplana, que te atrapa en un sopor de escepticismo donde lo único que te apetece es huir, quizás coger la moto con la que tanto le gusta adentrarse por caminos y rutas polvorientas del condado, esos caminos que hace unos días vimos con el color del barro y la humedad cuando fuimos hasta Navas del Arco porque la tarde anterior había caído una fuerte tormenta y, a la siguiente mañana, los agricultores paseaban por sus viñas aliviándose al ver que el agua y el granizo no habían atacado en exceso los pequeños racimos de uvas aún diminutas -apenas tres milímetros de puntas verdes y muy redondeadas- que se habían salvado porque la cuerda fuerte de agua había caído en dirección hacia el pueblo, un kilómetro antes de llegar a las Navas. En ese terreno próximo, a un lado y a otro de la carretera, podíamos ver agua todavía acumulada entre las parras y el límite de las parcelas, agua estancada entre rojiza y gris con hilillos que parecían de plastilina, posiblemente de restos de manchas de grasa o gasoil arrojados por los tractores que frecuentan las lindes de estas tierras. Allí Juan Pequeño había encendido un cigarro y, extendiendo una mano, me había explicado por dónde iría el cauce del desagüe de la futura papelera, bordeando los cercos de viñedos y olivares.

    Minutos antes, Pedro, uno de los agricultores que se conciliaba consigo mismo y prudentemente porque sus viñas no habían sido muy castigadas, nos había hablado de cómo la voluntad se hace a estas cosas cuando los años te vuelven a poner, más a menudo de lo que uno imaginaba de joven, ante las inquietudes fijas de los reveses del cielo, ya sea en forma de sequías o lluvias torrenciales. Y ahora, seguía Pedro, hay que añadir la incógnita de saber si la planta de celulosa irá finalmente hacia adelante, allí, a diez kilómetros de las Navas, en los campos de Villanubia, cuando ni de lejos los agricultores podían suponer hace cinco o seis años, que alguien quisiera traer aquella fábrica hasta las campas de aceitunas y racimos que siempre habían sido la acuarela mimetizada de estas tierras.

    El agricultor miraba hacia el oeste. En el horizonte, nubes de algodón denso, cobrando más altura, comenzaban a tomar tonalidades de grises turbios y no era descabellado pensar que se terminarían agarrando a la nueva tarde para descargar agua furiosa y, quién sabe, tal vez el temido granizo. Sin mover sus ojos del horizonte, desgranaba palabras que Juan Pequeño recibía asintiendo, reforzándole en sus convicciones que él quería imaginar muy compartidas, muy asumidas por las gentes de la comarca en un trabajo de concienciación que la asociación había iniciado tres años antes, poco tiempo después de que el gobernador Susaeta hubiera anunciado en una rueda de prensa que en el término de Villanubia, al este del condado de Salvia, se abriría una papelera que crearía muchos puestos de trabajo y que marcaría un antes y un después en la política de industrialización del condado.

    Pedro podría tener 57 o 58 años. Tal vez su propia edad le nutría de un cierto escepticismo de notario de pueblo porque argumentaba sin encono, sin un ariete afilado como el que a veces surge cuando se está temeroso del futuro en esos otros destinos de gentes más jóvenes que tienen toda la vida por delante. Y le decía a Juan Pequeño en tono de pregunta, aunque no lo era, que le explicara con qué horizonte podrían competir los agricultores de esta tierra con los vinos que se producen en otros lados del país “si mañana te colocan un sambenito de mal fario diciendo que tus fincas están al lado de una papelera, ahora que todos hablan de seguridad alimentaria y de que hay que vender con calidad, esmero y con botellas bien presentadas”. Pedro no podía calcular exactamente qué efectos podría tener aquella industria para el futuro de las viñas. Había escuchado los discursos de las autoridades que afirmaban que sería compatible una cosa con la otra, pero no le convencían del todo aquellos comentarios apaciguadores, no sabía, no le daba buena espina, no era capaz de verlo con idea de equilibrio. Al final le parecía que la historia era como un carro de mulos más cargado de un lado que de otro y no veía, aunque lo intentara, un equilibrio firme porque barruntaba que con el paso de los años uno de los dos mundos impondría su jerarquía y, en ese reparto, el montón pequeño él se lo concedía sin remisión a los vendimiadores y el grande a la papelera si definitivamente se construía.

    “A lo mejor no es malo”, farfullaba Pedro, “que venga la Unión de Estados pidiendo que cortemos las viñas porque todos los días te avisan en la radio de que ya no hay tanto dinero para dedicarlo a la agricultura y que los cultivadores deben ir pensando en otras cosas para trasegar con el mañana. Por lo menos”, se hacía las cuentas, “algunos billetes vendrían al bolsillo si nos compensaran por arrancar y no tendríamos que estar pendientes de sequías, tormentas, bajos precios o malas cosechas, ni del agua que pudiera bajar en unos años de las lomas de Villanubia por las conducciones de la celulosa”. Y lo decía con ese aire de presagio que dejan caer los labradores veteranos vaticinando vagamente que aquí hay un paisaje que tiene ya más forma de pasado y otro, por venir, que volteará, ya a su pauta, el rostro del futuro. “Y no vería con malos ojos”, continuaba diciendo, “que alguien me preguntara por la finca, que yo ya voy siendo viejo y mis dos hijos se fueron a la capital y si un comprador o un rentista pusiera buenos cuartos me olvidaba de seguros, de penas en el campo y de fábricas de papel”.

    Juan Pequeño escuchaba, ya había hecho las fotos para llevarlas al periódico y desde hacía algún momento, sólo estaba concentrado en el soliloquio del agricultor, que era en sus idas y venidas alimento de sus propias ideas y que a él le servían para aumentar su optimismo. Ese jueves quedaban cuatro días para las elecciones en el condado y escuchar a Pedro le afianzaba en su esperanza de que la asociación podría ganar la alcaldía de Villanubia.

    Cinco meses antes los activistas contra la planta de celulosa habían decidido formar una candidatura política para presentarse a las municipales. Hasta ese momento y desde que se había conocido la intención de poner una papelera en las afueras del pueblo, la asociación se había movido más bien como un grupo ecologista, como un colectivo al que se le hacía difícil y paradójico haber escuchado muchas veces desde el poder que el futuro se tenía que escribir con iniciativas de desarrollo sostenible o con industrias deudoras de la modernidad, empresas alumbradas a la razón del siglo XXI con un afán que el gobernador hacía venerar diciendo que si Salvia, ciento cincuenta años antes, no tuvo la ocasión de subirse al tren de la revolución industrial, ahora no podía dejar de escapar la nueva revolución que encarnaban la era de la informática y las nuevas tecnologías. Desde que comenzaron como un grupo de gente que compartía preocupaciones similares o que habían coincidido en alguna manifestación o en la presentación de algún evento cultural, no eran del todo conscientes de cuál sería el recorrido de sus vicisitudes ni de que su presencia crearía un debate sobre la papelera que, si no hubieran nacido como asociación, no se habría suscitado en la misma medida. No porque fuera a ser un movimiento masivo que doblegara en un duelo de igual a igual las bases de una decisión que disponía del apoyo del poder sino porque el mero hecho de que surgiera sorprendía en un territorio donde los últimos 25 años solo habían conocido el gobierno de un mismo partido y el acomodo que esa situación asienta y convierte en rutina.

    Salvia es como un sistema planetario, como una constelación de asteroides, satélites o meteoros buscando una posición de sus órbitas cada vez más cercana a las dádivas del sol. Ese sol es el centro básico y pleno, la línea geométrica sobre la que se desplazan materias en un giro, en una elipsis que sin alteraciones bruscas desean proximidad y protección de los rayos de su luz. Salvia se adivina así como un círculo reconocible de cuerpos celestes, un mapa de pequeño firmamento donde grupos humanos, empresas, cooperativas, colectivos culturales o pueblos toman forma de satélites o asteroides para buscar circunferencias oportunas y no desbancadas a la periferia del sistema. El gobierno es el sol, el astro rey, la medida central y básica que en Salvia es algo más que una administración para convertirse, según el destino, en manto protector o intemperie fría para empresas y vidas, lugares y futuros. Adquiere la forma simbólica y gestual de una gran ventanilla que, en las limitaciones del pequeño universo, es la otorgadora de los dineros públicos sin los cuales muchas órbitas languidecerían como estrellas fugaces. Así, un planeta puede ser el dueño de una imprenta que llega ante la puerta del delegado de encargos públicos y juega sus bazas para que su empresa pueda ser la beneficiaria de una contrata con la que facturar a su favor y a tiro hecho folletos, publicaciones, guías, hojas de impreso o boletines de decretos requeridos con rutina bienvenida por secretarías y despachos oficiales. O un satélite puede ser esa compañía de teatro que inicia sus ensayos y confía en que el Departamento de Cultura incluya su espectáculo en la red de teatros públicos porque en Salvia no hay teatros privados y sin la aprobación oficial no merecería la pena culminar un montaje escénico ante el desierto de posibilidades fuera del poder. Y una aurora boreal puede tener incluso el perfil de un periódico de provincias que no se puede mostrar demasiado crítico con el orden establecido porque en realidad no hay una economía dinámica de empresas suficientes y sólidas que pudiera dar margen a ingresos publicitarios sin tener que depender de la mano protectora de anuncios, campañas y cuñas oficiales pagadas desde el poder.

    Polvo cósmico diminuto podría ser el autor novel de un libro que camina hacia la editora del condado con el anhelo de que se publique su primer relato porque no hay muchos pasillos por recorrer. Todo envuelto y a la vez descrito con el acierto del constructor hábil y cauto que si mueve los hilos precisos puede convertirse en promotor elegido por el Departamento de Vivienda para levantar pisos de protección pública. Es la órbita también de ese alcalde de pueblo que viene a pedir dinero por que hay que reasfaltar calles o inaugurar una depuradora y duda de que la financiación llegue a tiempo si no la empujan desde el despacho adecuado. Sabe que no es del partido afín y los expedientes, tal vez, se retrasen un poco. El ir y venir son trazadas de redondeles que buscan el radio más pequeño para no estar lejos del núcleo central a la espera de que irradien sus rayos y el calor beatífico de un contrato o de una ayuda oficial proteja al menos durante un tiempo el porvenir.

    Fue hasta cierto punto una sorpresa que en Salvia surgiera el brote de aquella asociación contra la papelera. No porque la gente no se pudiera oponer, que podía hacerlo, sino porque emprender ese camino suponía para quienes lo iniciaban apartarse de esa ley invisible de las reglas no escritas, renunciar con claridad a la vía de los contactos sutiles, ésos que, en la limitación de las posibilidades reales, se terminan utilizando para intentar dar vida a otros propósitos o a otras inquietudes por lo general más materiales e inmediatas. Juan Pequeño se sonreía cuando yo le decía que los miembros de la asociación eran el rescoldo de una anacronía del tiempo, la reencarnación de un inconformismo juvenil que parece tener sólo fundamento verídico en los estadios iniciales de las democracias. Había una curiosidad egoísta y escéptica en discernir hasta dónde llegaría su trayecto, tal vez también porque anidaba una simpatía interna hacia aquellas personas que hacían un regate a la realidad adocenada para intentar limar, aunque fuera en una superficie mínima, el cemento viejo de los códigos fijados. Sus motivaciones contra aquella planta de celulosa eran en el fondo tan sencillas como asumir las palabras de los propios dirigentes cuando en sus discursos de partitura y oficio alaban la sabiduría del desarrollo sostenible, del cuidado del medio ambiente y de la armonía necesaria entre la naturaleza y el uso que hacemos de ella. La incertidumbre que ellos introducían consistía precisamente en poner a la vista las contradicciones que emergen cuando proyectos concretos suponen una negación del discurso correcto, un molesto recordatorio de que no siempre valen las exhortaciones vacuas, aunque parezca que, al acostumbrarnos a escucharlas repetidamente, puedan servir ilimitadamente. Porque los discursos a veces se asemejan a las cuerdas de una guitarra cuando sólo se tocan para recrear música repetida tan etérea como palabras de folios oficiales.

    Sorprendía que en el acontecer de la asociación se anotaran acciones que iban más allá del broche testimonial que casi se adjudica de memoria a los momentos de protesta. Porque lo esperado era ver las escenografías acostumbradas de rechazo: grupos de cien o doscientas personas que en mañanas de algún sábado se concentran ante los soportales de un ayuntamiento para disponer la liturgia de las trasgresiones normalizadas. Manifestantes, algunos de ellos, con zurrón de tela colgado del hombro, con pelo largo disoluto y sin peinar, con barba de identidad estudiada y medianamente antigua, ataviados con camisas estampadas que sobre fondos rojos o negros idealizan nimiamente rostros de iconos políticos de los años 60 o eslóganes más actuales que reclaman justicia para las selvas amazónicas o para las guerras eternas de Oriente Medio. Pero un día no fue así. En la duma parlamentaria del condado, los diputados debatían sobre la necesidad de la papelera y los miembros de la asociación se habían sentado en la tribuna de invitados. Algunos de ellos respondían a la estética al uso, pero otros no, y eso me llamó poderosamente la atención. Sobre todo porque había un grupo de hombres entre 50 y 60 años que eran -¿qué hacían allí?- agricultores: brazos anchos que confluían con fuerza en la intersección de sus hombros, manos curtidas, de dedos redondos y rudos, cubiertos con esa piel que adquieren la arruga poderosa y sólida de los días pasados al sol. Transcurría el debate, pero no podía dejar de fijarme en ellos. Se removían en los asientos tal vez cansados de tanta palabrería y cortesía oral, perdidos un poco ante el lenguaje esmerilado de aquellos hombres con corbata que, vistos desde la altura de aquel edificio frío y de formas geométricas, ganaban una distancia irreal y profundamente televisiva. Al terminar quise saludarles, uno de ellos mientras bajaba me habló claramente. “Mire, usted”, me decía,” yo no entiendo mucho de política, nunca la entendí y creo que a mi edad nunca lo haré. Yo siempre he votado a Susaeta, y lo que sé es que si esa papelera fuera buena, a él no le importaría colocarla en la puerta de su chalé, y, o mucho me equivoco, pero seguro que a él no le gustaría levantarse con eso enfrente de casa. No me da buena espina”, continuaba, “y por eso he venido aquí para decir que no”. Aquel agricultor me recordó mucho tiempo después al que vi aquella mañana de jueves en las afueras de las Navas. Hombres desconectados de las rutas políticas que ya tienen bastante con ocuparse de sus afanes diarios y que nunca pensaron en que fuera necesario disponer de un mapa de recovecos para descifrar los ademanes sonrientes y oblicuos de aquellas gentes bien vestidas. En realidad, el propio Juan Pequeño nunca antes había mostrado una inquietud concreta por el mundo de la política. Había logrado en aquel periódico un puesto estable como fotógrafo. Hacía su trabajo con predisposición de alumno atento y proclive, y gustaba sobre todo de acercarse a las mujeres. Buscaba con ellas una conversación de guante blanco y sin sobreentendidos, y es posible que deseara que aquellos meandros discurriesen por tramos más atrevidos y pegados a los juegos de la seducción. Pero no los planteaba, simplemente, como él decía, se le alegraba el cuerpo compartiendo con las chicas los ratos escapados del día y le complacía que también ellas lo buscaran porque tenían en él a un confidente de las pequeñas rutinas y que, con sonrisas y algún que otro susurro adolescente, daba un matiz más alegre y vital a los paréntesis de las mañanas o a las incursiones más prometedoras de la noche, las que se deslizan con las primeras copas ante el velador de un bar o entre murmullos de miradas sinuosas, si éstas llegan, a la salida tardía de una discoteca o de una fiesta entre amigos.

    Juan Pequeño había fotografiado muchas veces a aquellos políticos a los que ahora empezaba a juzgar desde una actitud más crítica. En ocasiones contadas podía haber hablado de temas políticos. Habían sido apuntes menores, incidencias que se pasean entre charlas y que apenas se anotan en los interiores personales porque son lugares sabidos. Era comentar entre los compañeros que los políticos, por ejemplo, debían resistirse a la tentación de mezclar sus intereses con la gestión de los asuntos públicos o que hubiera límite de mandatos para que los mismos dirigentes no se perpetuaran en los cargos. Pero aparte de eso, nunca había entrado en los entramados más profundos, en las líneas divisorias que penetran en fondos arenosos donde la vida política endurece sus perfiles.

    Se unió a la asociación porque no podía entender que una industria contaminante se pudiera instalar en Villanubia. Si muchas veces, repetía, había escuchado a los dirigentes hablar de una nueva forma de conquistar el progreso aupando proyectos que trajeran esa combinación biensonante de desarrollos sostenibles y promesas de mundo global y hermanado. Y así, tal vez sin darse cuenta, ilusionado por recuperar el valor de los hechos y por reclamar que los discursos fueran algo más que palabras fútiles, se enroló en la asociación. Su causa, se decía una y otra vez, era buena y le parecía posible que el compromiso de todos ellos podría crear un estado de opinión que al final frenase la instalación de la celulosa.

    Los últimos viajeros del tiempo, la devolución al presente de un periodo finiquitado que tuvo curiosamente su expresión más dulce 27 años antes cuando Susaeta era sólo un militante del Partido Avanzadista que por entonces la gente comenzaba a conocer en Salvia al hilo de la novedad y la ilusión que había despertado en el país el final de más de tres décadas de dictadura. Yo entonces era un niño y conocí a Susaeta en los encierros en el ayuntamiento de Aresmes cuando los dirigentes del país propusieron la instalación de una central nuclear en los Valles del Sur. Aún no existía el gobierno del condado y las ideas de lo que era una democracia navegaban en un cielo difuso donde podían caber desde las ensoñaciones más cristalinas hasta la cotidianidad más prosaica. Durante todo este tiempo me ha parecido ver similitudes reencontradas entre lo que entonces defendió el Partido Avanzadista y lo que mucho tiempo después asumía la asociación contra la papelera. Aquellos años pasados se abrieron al horizonte como paisajes todavía desconocidos, pero deseables. Las convicciones parecían entonces alcanzar una sonoridad distinta y en su expresión ante la gente, las frases tenían un poder imantador porque eran como la confirmación previa de que con voluntad las cosas podían transformarse de forma generosa. El puerto de los viajes no tenía todavía el color estucado y borroso de aguas que se paralizan en muelles oxidados. Y los discursos, en la medida en que no habían pasado la malla insoluble del contraste con el poder, llegaban poderosos y limpios, con una claridad de agua matinal que vivificaba la pasión por compartir y soñar este nuevo reino de la democracia. Susaeta decía que la central era una industria a contrapié, una añagaza que el tiempo pasado le tendía al futuro porque aquella nuclear hipotecaba las tierras de regadío del río Ponte de cara a un porvenir que Salvia debía fundar con los cimientos de una economía de agroindustrias y de productividad en el campo. En la alquimia de las palabras extrapoladas, eran casi los mismos argumentos que con los años ahora defendía la asociación contra la papelera porque ellos también luchaban contra el proyecto de una industria que desempolvaba las dudas de 27 años atrás, esta vez en forma de celulosa, de una fábrica también contaminante que cuestionaba el devenir posible de las tierras de Villanubia de igual manera que antes se planteó para las riberas del Ponte.

    La pugna contra la central de los Valles del Sur dio resultado y finalmente no se construyó. Si la ecología convirtió en bandera aquel no, por qué ahora una causa similar, se preguntaba Juan Pequeño, no podría triunfar. Incluso el transcurrir del tiempo deparó otras semejanzas que la asociación sentía como refuerzo de su propósito. Un día, una compañera de trabajo se lo recordó a Juan Pequeño. Quince años atrás, cuando ya incluso el gobierno del condado cumplía tres legislaturas, el gobernador Susaeta nombró a Antonio Sosa como procurador de Industria. Durante su gestión, Sosa defendió la necesidad de abrir el desarrollo de Salvia a otras industrias más convencionales: fábricas de tipo tradicional que pudieran venir hasta el condado porque el progreso basado en la agricultura y la agroindustria, decía el procurador, no era suficiente. Sosa defendió sus razones y las expuso en cuantas ocasiones pudo, pero perdió la batalla. Susaeta terminó destituyéndolo porque el procurador no sintonizaba con las prioridades del gobierno, una filosofía que, según el gobernador, debía armonizar crecimiento natural y agroindustria, desarrollo equilibrado y futuro para los pueblos pequeños. Cuando tres lustros después, Susaeta apostó por una industria convencional como la papelera era como si los pensamientos de Antonio Sosa hubieran ganado una batalla postrera y regresasen al presente envueltos en la voz y en la voluntad de quien quince años atrás les había cerrado la puerta.

    Todo esto ronroneaba por la cabeza de Juan Pequeño al recordar un evento a pocos días de las elecciones. Fue una manifestación en la capital del condado. Cientos de tractores habían desfilado en un goteo persistente ante las puertas de la sede del gobierno. Juan Pequeño sentía un hormigueo intenso. Con su moto había acompañado todo el recorrido de los tractores desde que salieron de Villanubia, las Navas del Arco y otros pueblos del alrededor. Ya a la tarde repasaba en el portátil la cantidad innumerable de fotografías que había hecho a la marcha. Tractores coronados por las banderas del condado y del país, gorras sobre las cabezas de los agricultores donde se podía leer "papelera no", expresiones de júbilo y de convicción que pedían al gobierno que escuchara el sentimiento de los manifestantes. Y para mí, fijarme en los gestos de Juan mientras cliqueaba las fotos era como trasladarme a Aresmes, volver a la expresión admirada de un niño, 27 años atrás, que advertía cómo los avanzadistas se disponían a meterse en sacos de dormir entre las filas de asientos del salón del consistorio y la gente les subía bocadillos y mantas para cruzar las noches de aquel marzo, recuerdo, desapacible e invernal. Cuánto de aquel Susaeta joven y apasionado había ahora en este compromiso de Juan Pequeño. Como si una guirnalda prolongada y nunca decaída hubiera cruzado un montón de años y el romanticismo de aquellas experiencias en la democracia incipiente fuera ahora la misma inspiración de otros jóvenes por una causa similar. Qué le diría aquel Susaeta de entonces al Susaeta de ahora. Qué debate prolongado e intenso cruzarían ahora los dos si se pudieran encontrar en un tiempo neutro, ¿se reconocería el uno en el otro?, ¿sabría describir el de ahora qué tipo de realismo y de pautas instaladas le llevó a navegar desde aquel nuevo entusiasmo al destino material de los años posteriores? Porque aquel afán juvenil que prendía en el compromiso de aquellos avanzadistas era ahora la inspiración de una gente del condado en contra de algo similar a aquella central de los Valles del Sur. No hay nada que derrote al paso del tiempo ni a la consumación de un orden que paulatinamente define sus contornos y abarca el territorio de hasta dónde se puede llegar; un escenario en el que la gestión tiene su ancho y su servidumbre, y que ya no parece heredera de la nostalgia de aquellas aventuras de juventud que un día sí tuvieron su premio.

    En el coche, volviendo de una rueda de prensa, Juan Pequeño hablaba por el móvil con un amigo. Le preguntaba si ya tenía la papeleta en el bolsillo preparada para el domingo y le decía que era posible ganar el ayuntamiento de Villanubia. Rozaba sus palabras con un nerviosismo impetuoso y a la vez alegre, y se convencía de que era realizable, de que sus razones eran buenas y de que al menos podrían ofrecer ante el condado el triunfo moral de que, en el pueblo donde se iba a instalar, la mayoría de la gente no quería la fábrica de celulosa. Sólo un día después de las votaciones reparó en lo que un vecino le había dicho en las vísperas. Juan también le había animado a que votara a la asociación y éste no le había dicho ni sí ni no. Únicamente le preguntó a Juan Pequeño que si en Villanubia no ganaba el partido gobernante, quién daría luz verde, desde los despachos del condado, a las inversiones para el pueblo, quién los contratos a tiempo parcial para mantener desde el ayuntamiento la red tutelar de trabajos clientelares que ayudan a tirar para adelante a familias del pueblo, quién los pisos que no se podrían alquilar si no se empezaba a construir la papelera, quién los desayunos que no se podrían dispensar en los pequeños bares si no llegaban operarios para levantar torres y metales. Tal vez las mismas preguntas que pudo hacer un vecino de los Valles del Sur, 27 años antes, y que sin embargo tuvieron una respuesta distinta a la que surgió finalmente de aquel domingo del presente. El tiempo viaja por una montaña rusa donde nunca sabes cuándo llega una subida y cuándo una bajada. Cuándo los románticos encuentran como fruta escondida el cumplimiento de sus anhelos, y cuándo se dan de bruces con una realidad ubicada donde las palabras bonitas son rizos en el aire que se disgregan como polvo en una tarde de mayo. Juan Pequeño y su gente fueron el alma de los avanzadistas que 27 años antes cumplieron un sueño, y ahora, esos avanzadistas elevaban sus brazos para refrendar la derrota del espíritu que un día fue su victoria. Villanubia quedó en manos del partido gobernante y el sistema de las órbitas giratorias sobre el universo del condado, sin alharacas y con la rutina acostumbrada, volvía a posar su huella sobre la identidad de Salvia.

    La noche de los resultados electorales, al conocer los primeros datos, imaginé a los viajeros del tiempo con el sentimiento orillado que te embriaga cuando te empiezas a sentir como los depositarios finales de un sueño que equivocó su presente. Era como si la historia no devolviera el fulgor de una democracia juvenil que sólo fue joven cuando le tocó serlo. Tal vez ése fue su atrevimiento. Llamé, esa noche, a Juan Pequeño y no quise preguntárselo ni tampoco saberlo. Sólo sabía que él quería viajar, viajar entre alamedas, entre viñedos y entre jaras a lugares muy lejanos. No sabía dónde, pero quería partir. Yo pensé tras colgar que su deseo vencido y triste era en realidad un viaje al pasado, a aquel tiempo donde casi todo estaba por inventar e incluso las cadencias menos materiales todavía tenían caminos para cumplir sus designios. Nunca le dije a Juan Pequeño: muchas gracias por devolvernos la piel tersa y tenue de esa muchacha del aire que un día vimos cruzar en los albores del tiempo nuevo. Nunca volverá, nunca, pero en tu llamada a aquel amigo al que pediste con urgencia su voto ya en el bolsillo está el vértigo de aquellas gentes inexpertas que muchos años antes apuraron la primera pasión por unas urnas donde los románticos se miraban para crecer en sus sueños. Como el primer amor que nunca vuelve, escondido e inerte bajo una acumulación de estratos que fosilizan nuestra piel y que en la realidad de nuestras vidas instaladas nos hace olvidar el rumor de un mar distante que un día, ya muy antiguo, guardaba las ilusiones. Aquel domingo, Juan, sólo sucedió que volvimos a saber de su distancia. Y es esa percepción de lejanía la que desorienta los bucles de una certeza que nunca más vuelve a ser. Sin embargo, mereció la pena ir a su encuentro, y aunque no me escuches porque ahora en el sofá derrotas las ilusiones perdidas, sé que algo de ti, sin que tú lo supieras, estuvo 27 años antes en esa emoción azarosa de los orígenes cuando los ojos, aún poco sabios, miraban sorprendidos los primeros vuelos de la libertad. Te lo he querido contar en el hueco de tu sueño porque en este momento sí sé que viajas a esas riberas lejanas que un día, como niño, me pareció ver cuando jóvenes como vosotros atravesaban la noche en la desnudez de un salón de plenos para cumplir la razón de una causa similar. La misma que ellos mismos ahora eluden olvidando que vosotros sois el retazo inesperado de su propia juventud. Los últimos viajeros del tiempo que fueron al pasado para rescatar sus palabras y que ahora ellos ni siquiera recuerdan porque aquella democracia primeriza, incipiente y soñadora, hace tiempo que murió.

  • GRAVEDAD CERO

    Lo ha intentado imaginar en el sueño. No era una serie espontánea de imágenes que le venía en la noche, algo azaroso y no buscado que llenara el territorio de su mente y que le hiciera verse atrapado por una sensación dulce de la que no quisiese despertar. No, no era eso. Era una intención premeditada, el propósito de reconstruir con toda deliberación las pequeñas cosas que desde hace más de 40 años le estaban vedadas. Es cierto que aquella noche hubiera querido que esas imágenes hubiesen sido un regalo, una sorpresa bienvenida que te llega sin que nada ni nadie avise, sin que nada ni nadie dé una mínima pista de la relación de fotogramas que se va a mostrar ante nosotros como el haz de una película donde va a surgir una historia con la que tú no contabas. Pese a que era lo que habría pedido si alguien le hubiera dicho que pensara en un deseo, no pudo lograrlo. Al cerrar los ojos no tardó mucho en darse cuenta de que no era capaz de dormirse, ojalá el sueño se hubiera apoderado de él con la fuerza de una hipnosis y rápidamente esas sensaciones que le apetecían hubiesen colmado su subconsciente. La experiencia que le esperaba a la mañana siguiente la sentía tan excitante que le daba pena que aquella noche previa pudiera ser como tantas otras, aunque era esa misma excitación la que le apartaba de la tranquilidad que sabía era totalmente necesaria para que ese sueño le viniera espontáneo. Durante tal vez más de media hora tuvo esperanzas de que el sueño le envolviera al ritmo de su corriente inalterada y que con él vinieran las cosas que quería evocar. Pero el desvelo de la inquietud alejaba aún más esa posibilidad y como no venía por sí sola, intentó concebir a propósito las sensaciones en las que había pensado la tarde anterior. Deseaba soñar qué se sentía cuando era posible mover arriba o abajo el dedo gordo de uno de los pies. Pero con los ojos cerrados, tendido en la cama, se ve a sí mismo mirándose hacia abajo, observa primero sus rodillas y después los tobillos y cuando intenta imaginar que una orden de su cabeza pone en marcha el mecanismo para que se mueva el dedo, éste no lo hace, sigue allí, inmóvil, muerto, agarrotado y con la delgadez enfermiza de esa parte del cuerpo que hace ya mucho tiempo olvidó su función. La ilusión de rescatar esa sensación en el duermevela se le queda en nada. Si al menos pudiera inventar que se interna en un sueño y que en su desarrollo logra por fin subir ese dedo por un segundo. Pero nada, no hay forma, todo es voluntad y esa voluntad en la medida en que se invoca cada vez con más encono, no concreta el deseo. Se conforma en que por lo menos lo ha intentado, como poco después intenta suponer que su brazo derecho se extiende y sus dedos pasean sobre un póster de Marilyn Monroe, ése en el que la actriz baja las manos hacia la cara interior de sus muslos intentando falsamente detener el vuelo de una falda de volantes blancos que se eleva como un abanico hacia el cielo. Sus yemas, codiciosas, logran dibujar, como siguiendo una copia, la curva de su cintura y el contorno carnoso de sus muslos. Logra ver el póster, pero no es capaz de identificar al hombre que mira la sensualidad intimidatoria de los ojos de Marilyn y que asume gustosamente la plenitud de petición erótica que el retrato de esa mujer irradia. Ese hombre no tiene sus rasgos, le parece incluso que alcanza una mayor distancia al suelo de la que él lograba tener cuando todavía podía andar y miraba las baldosas o los bordes de las aceras para concentrarse y pensar. Ahora, menos impaciente porque se resigna a no poder tener el sueño que le habría gustado, comienza a permitir a su mente que viaje a dónde quiera. Y se desprende de sus expectativas dejando evaporar con relajación y cansancio esa fantasía que desde hace un momento ya le ha parecido la ofuscación de un chiquillo.

    Bueno, merecía la pena haberlo intentado. Al día siguiente le esperaba una salida, una huida de su caparazón eterno donde quizás podría comprobar sensaciones más allá de las utopías simples que el sueño de esa noche, irreconciliable, no le había concedido. Al menos el propósito de soñar detalles determinados le había parecido un anticipo, el obsequio previo que nos promete que la experiencia de horas después será placentera y optimista. Y puede que se acordara con los ojos abiertos de cómo le era posible, a los 17 años, andar hasta la orilla para subir de timonel en la barca de remo y dar órdenes a sus compañeros gritando por el altavoz. O colocarse sobre los hombros el abrigo del colegio para cruzar calles mojadas y jugar con sus amigos en una taberna de universitarios una de esas partidas de bridge que tanto le animaban.

    ¿Qué hace olvidar las pequeñas acciones, los movimientos más comunes que un día fueron la normalidad de tu adolescencia? Era la oportunidad de bajar las escaleras que llevaban al sótano de tu casa de Saint Albans donde tu padre extrañamente guardaba panales de abejas y a ti te daba respeto, miedo y cierta curiosidad mirarlas mientras su zumbido parecía que iba a conquistar todos los rincones de la casa como si vosotros mismos fuerais la colección exótica elegida por ellas. Son tantas cosas excluidas de su vida que ya casi no se echan de menos, acostumbrado a ir perdiéndolas poco a poco como una mosca que ve desaparecer sus alas y que ya nunca recuerda que una vez pudo volar. Tuvo desmoralización y mañanas de vacío, pero nunca un pesimismo inhábil le cerró del todo su predisposición para idear nuevos esfuerzos. Era consciente de que su inteligencia crecía en un plano tan extenso que esa anchura era una pura contradicción con la inmovilidad creciente de sus piernas o sus manos hasta tal punto que alguna vez pudo parecerle que un cuerpo extraño y enfermo se apoderaba del suyo para convertirlo en una expresión irrevocable de inutilidad y helor inhóspito. De joven y cuando le diagnosticaron la esclerosis lateral, le dieron dos años de vida. Quizás entonces pudo pensar que el tiempo por venir era una mera cuenta atrás, pero tampoco le merecía explorar cada uno de los huecos de aquella sentencia amenazadora porque la volatilidad es una condición fija de todos nosotros y aunque se la pusieran delante de los ojos con esa claridad de diagnóstico definitivo, era al fin y al cabo la misma fragilidad que la que un día tendrá el médico que se lo dijo o la que verá en un futuro en la actitud servicial y un punto piadosa del asistente que entonces no conocía y que terminaría empujando su primera silla de ruedas.

    En la Universidad comenzó a darse cuenta de esas torpezas ocasionales a las que al principio no quiso otorgar importancia: esa dificultad inesperada para articular algunas palabras o el hecho de sentarse al borde de la cama y comprobar que le costaba tanto atarse los zapatos. Comenzaba a sentirlo como un trabajo manual difícil casi como si fueran nudos para expertos marineros en vez de la lazada simple que un niño aprende mientras enreda con los cabos de sus zapatos. No sabe si se acostumbró sin remordimientos a la herida lenta y progresiva que con el paso de los años le siguió infligiendo esa enfermedad porque ya está lejos aquella tarde en la que no supo calcular bien el avance de un coche por la calzada y se puso a cruzar terminando con sus huesos como un juguete desarmado en medio de la calle mientras veía el amasijo roto en que terminó convertida su silla de ruedas. Todo siempre como un paso más abajo en el laberinto de las carencias físicas. No recuerda que se prolongase durante mucho tiempo una etapa de estabilidad que mantuviese a raya los efectos de la enfermedad, la conservación de una habilidad física que no retrocediese, que siguiera con él para no tener que comprobar repetidamente la congelación creciente de sus dedos o del movimiento de su cuello. Pero al final sus huesos y articulaciones fueron goma muerta y su esqueleto dio la impresión de salir totalmente de él para tomar la forma cada vez más protegida de cada una de sus sillas de ruedas.

    Esta noche ha intentado recordar incluso cómo era su voz, qué sonoridad tenía en su boca la construcción de cada palabra o si su sonrisa era comedida y concisa, o la dejaba correr como la risotada de un niño, espoleado por la sorpresa de una broma o de una ocurrencia en las mañanas de lunes a sábado donde seguía dando órdenes a los compañeros de remo, más entusiasmado entonces por las regatas que por el estudio. No sé si alguien le preguntó alguna vez si hubiera cambiado estratos de su inteligencia por la posibilidad de haber conservado más facultades físicas, pero como esas cartas eran inexistentes en la fronda de su vida no merecía la pena inventárselo, apostar a ese azar de probabilidades que simplemente era una pregunta vacía y en vía muerta. Y además era una interrogación que progresivamente se difuminaba aún más en cada escalón donde cedía otro trecho de sus facultades desvalidas. Para qué preguntárselo, pudo pensar, cuando una madrugada tuvieron que trasladarlo al hospital para que le hicieran una traqueotomía de urgencia porque se quedaba sin resuello. Fue el día anterior cuando escuchó por última vez su voz y puede que intuyera, entre las luces del techo que conducían al quirófano, que si no perdía la vida, algo sí dejaría de nuevo entre las manos del cirujano: más limitación a sus movimientos, la atadura a una máquina de respiración o el declive, como finalmente fue, de unas palabras que ya no saldrían de su garganta, ignorante entonces del favor que le haría después un informático californiano, Walter Woltosz, que fabricaría un sintetizador de voz que, como él después bromeó muchas veces, le terminó prestando un inglés con fuerte acento americano.

    Le veo a menudo en fotografías de prensa. Su cabeza reclinada hacia el lado derecho, sujeta por dos almohadillas verticales que se ciñen al contorno de su nuca para asegurar que el peso de su cabeza no caiga en exceso sobre el cuello. A sus 65 años, la expresión de su mirada tiene algo de escorzo forzado como si a la raya de sus labios le costara ya mucho alumbrar una sonrisa y sólo pudiera esbozar una mueca que se queda detenida sin mayor posibilidad de avance. Sus manos, quebradizas como las de un ser ausente, están cruzadas sobre el regazo y parece como si su asistente hubiera unido sus rodillas previsoramente para evitar que un roce inoportuno de la silla contra un bordillo o el saliente de una mesa pudiese dejar sus piernas desmadejadas y precariamente abiertas. Sin embargo, nada de su apariencia parece hablar de su carácter, de las veces que tuvo que reconocer sin ningún complejo que estaba equivocado en algunas de sus teorías científicas y que había que revisarlas en virtud de nuevas aportaciones.

    Posiblemente esta noche se ha acordado de aquella vez que le preguntaron qué ambición le quedaba por cumplir. Le imagino afanándose con sus movimientos faciales para localizar cada letra en su sintetizador por el que se escucha al final con entonación robotizada que a él le gustaría salir al espacio. Era una ilusión que, cuando leí la noticia, se extendía a su mundo de preocupaciones y vaticinios, un aviso, una consciencia de lo inevitable, su deseo de hacernos ver que lo que hoy es ciencia ficción mañana, dentro de muchos años, tendrá que ser el desafío de los hombres si quieren sobrevivir como especie. Decía en el artículo que el futuro de nuestra especie no estará asegurado hasta que el hombre sea capaz de establecer colonias en el espacio, mientras tanto es muy posible que dentro de mil años no seamos nada porque la vida en la Tierra podría desaparecer por un masivo desastre nuclear, por el peligro de virus mortales creados por la ingeniería genética o por el impacto de un asteroide. Tantas veces fraguando en su mente teorías sobre el universo, los agujeros negros o esa relación incomprensible de la materia con su reverso, que desde fuera todo parecía estimular a juzgarlo como la foto fija de su aparente retrato robot, siervo de su inteligencia para vivir casi por entero entregado a ella como si fuera imposible concebirlo deseando algo en el fondo tan mundano como un viaje un poco más lejos. Y es entonces cuando sí le veo de nuevo sentado en la embarcación, empuñando el altavoz y gritando a sus remeros que bajen las palas más deprisa, que hagan la palada más intensa y salvaje porque en este propósito la meta no está en el límite sobre el agua que ya ven sus ojos, sino un poco más allá, en el horizonte invisible que su mente investiga y que ahora se convierte en la pequeña ilusión de un viaje, de una nueva competición en el río, que, por qué no, le gustaría disputar.

    Y ahora mientras espera a subir al Boeing que le lleva al preámbulo de esta ilusión, es posible que piense que, aunque por la noche quiso soñar las sensaciones físicas de su vida primera -la que ya le parece que nunca hubiera vivido-, valió la pena intentarlo deliberadamente: forzar ese sueño que no le trajo el deseo, al menos saborearlo intentando imaginar cómo era la vida sin una silla de ruedas ahora que partía a un vuelo donde la magia del aire le haría sentirse como un globo de helio, como un jirón de cuerpo que recupera una libertad imposible y se eleva para ver de nuevo el suelo como si se hubiera levantado por su propio impulso.

    Ha visto que hay garcillas que vuelan sobre el avión mientras está parado en medio de la pista. En grandes letras impresas tras el cuerpo de la cabina se puede leer “the weightless experience” -la experiencia sin peso- y alguien le ha dicho que el avión hará sólo una parábola: una subida y una bajada rápida y convulsa para recrear en su interior la sensación de gravedad cero, el misterio de un cuerpo sin peso que flota en un agua inexistente y que es ligero como una pluma suspendida en el aire, atraída por la invisibilidad de ápices minúsculos que te invitan a formar parte de una nube totalmente abierta como si nunca fuera a tener cirros de niebla.

    Él está todavía sobre su silla de ruedas. Un camión lo ha acercado hasta la escotilla y su ayudante lo ha llevado hasta el interior del avión. Es un tubo despejado, a derecha e izquierda no hay filas de asientos, es una cabina con las paredes acolchadas y sobre el suelo hay esterillas de plástico, las que uno de los tripulantes vuelve a colocar ordenadamente antes de que comience el vuelo. Un ingeniero le ha dicho que tardarán doce minutos en alcanzar la máxima altura y que entonces comenzará la parábola. Si todo va bien, le señala, es posible que vuelvan a hacer un par de parábolas más.

    Por fin le sacan de su silla. En los brazos del ingeniero, su cuerpo frágil es como el de un niño famélico. Ve como los brazos de ese hombre lo recogen con una facilidad extrema como si tuviera un hijo que se hubiera dormido en el sillón del salón y lo llevara hasta la cama, que aquí son las esterillas sobre las que ahora reposa. Observa su silla de ruedas con la extrañeza del conductor que se da cuenta de que alguien ha cogido su coche y lo conduce delante de sus ojos, confundido por ver que el automóvil pasa ante sus ojos y que no es él quien está ante el asiento del volante. Puede que la silla en el fondo no sea una prisión, una sentencia de por vida, puede que sólo sea una burbuja de líneas cuadradas desde la que se diseminan y se reencuentran todos los ángulos de su vida diaria, esa mirada a unos 60 centímetros del suelo que fija la perspectiva a través de la que él analiza y vive la ciencia, los hallazgos, y sus signos de humor y humanidad. Han llegado a la altura esperada y se inicia la parábola. Su cuerpo se eleva y abandona la esterilla. Un ingeniero apoya su mano derecha sobre la espalda de él, pero se da cuenta de que no está haciendo fuerza para elevarlo, de que la altura que alcanza es fruto de la gravedad cero en la que han entrado. Otro ingeniero, en el lado opuesto, ha colocado una especie de pulsera de goma en su pie derecho a la altura de la espinilla. El ingeniero retira sus manos y él, libre de todo contacto ajeno, siente que a su cuerpo sólo lo rodea el vacío. Le han retirado las gafas, tiene una venda en su muñeca derecha y los antebrazos se cruzan entre sí dejando ver sin embargo la palidez de sus manos, que no tienen vida, que se giran muy delgadas hacia dentro, con dedos recogidos sobre sí con esa rigidez de miembros que hace mucho tiempo que no se mueven, que no rotan, que no responden al deseo de su mente como quería imaginar en su sueño: levantando los dedos al menos un poco, consiguiendo tal vez un pequeño roce del anular sobre el meñique o del pulgar sobre la parte más cercana de la palma de su mano.

    Los ingenieros que lo vigilan de cerca están tensos y prevenidos. Sus manos no se alejan mucho del cuerpo paralítico. Temen que el efecto de gravedad cero pueda elevarlo en exceso y vaya a chocar contra el techo también acolchado del Boeing. Pero él, aunque se fija en ellos parece entregado a un placer recóndito como si ahora sí habitara en una ensoñación y se viera en una piscina mirando el fondo del agua y después, si le dieran la vuelta, contemplando el cielo con esa sensación de relax que invade tu interior cuando entre tú y el azul sólo hay esta línea de flotación que te lleva sin esfuerzo. Seguro que nunca olvidó cómo aprobó aquellos primeros cursos de física llevado únicamente por su portentoso talento porque no merecía la pena entregarse con disciplina estricta al estudio si le habían dado sólo dos años de vida. Hasta que conoció a Jane, con la que luego tuvo tres hijos. Por ella sí elevó el pulso de su entusiasmo y halló quizás por vez primera esa quemazón que le decía que, viviera lo que viviera, tenía que hacer las cosas bien, con el sentido de fin en sí mismo que se adjudica a lo que gusta y se reconoce meritorio, sin preguntarse qué finalidad habrá más allá de sacar del talento propio lo mejor que mora en él. Puede que recuerde también aquella vez que un periodista le preguntó qué música se llevaría a una isla desierta. Porque isla desierta y entreverada es este momento presente, donde no estar en la silla de ruedas es como la salida al recreo en los primeros días de escuela, la ilusión de recobrar los gestos vivos e inconscientes. Ésos en los que nadie repara en sus días de diario porque nada hay más fácil que abrir un cajón para coger una cuchara o un paño, o salir a un jardín para retirar malas hierbas que afean el verde cromático de una grama lujosa. Le contestó al periodista que se llevaría el concierto para violín de Brahms, La Valquiria de Wagner o el disco de “Please, please me” de los Beatles. Cierra los ojos y se pregunta si es así la ingrávida flotación del astronauta que abandona su nave y observa desde la negrura misteriosa del firmamento las tonalidades blancas y azules de un planeta que está abajo y que se dibuja con esa redondez bonancible que otorgamos a la Tierra cuando viajeros del espacio la observan desde escafandras en películas de ciencia ficción. Su isla son estos veinticinco segundos de ingravidez total dentro de este avión y la actitud atenta del ingeniero que poco a poco gira su cuerpo y logra que dé una vuelta de 360 grados. Es en este giro cuando creo que más sensación de inteligencia incorpórea ofrece su imagen. La que muchas veces nos ha venido a la memoria viéndole por la tele recogiendo un premio o impartiendo una breve conferencia con la expectación de escuchar esa voz irreal de su sintonizador electrónico al que vuelve a ordenar palabras silenciosas con el remo tímido de sus párpados claros. Como si su cerebro fuera la única y sagrada tabla salvada de un naufragio lento y le proveyera de una dignidad plena, invencible ante la traición de su cuerpo que, aunque se obceca en la fragilidad, no es capaz de contradecir la inspiración de fuerza que alimenta su pensamiento.

    Con un gesto ha pedido que el avión dé más parábolas, el Boeing ha vuelto a subir a la altura indicada y de nuevo se lanza hacia abajo a toda velocidad. Una piloto de pelo rubio y sonrisa muy fresca ha soltado una manzana y él ve cómo la fruta flota unos treinta centímetros debajo de él en una broma que rápidamente capta en recuerdo del científico que siglos antes ocupó su cátedra en la Universidad. Brahms, Wagner y los Beatles. Puede que la música le remita desde este avión a la isla de los deseos y que esta sensación de vuelo sólo sea el ensueño de una melodía que alguien hace sonar por ti. Pero pienso mirándole que ahora tiene la convicción de que muchas cosas han tenido un premio justo: querer vivir un poco más, construir desde su talento una inteligencia excelsa o no ser la presa rendida a una esclerosis salvaje. Sabe que al aterrizar la silla de ruedas cubrirá sus espaldas y su cara apagada volverá a caer del lado derecho para apoyarse en la almohadilla y saludar al sintetizador que deambula perspicaz por las fronteras de su pensamiento. Es cierto, le ha hecho feliz la breve libertad de ser como un pájaro sostenido sereno en la tela del aire. La felicidad no es una materia de tacto continuo. Es una chispa, un fogonazo, 25 segundos de gravedad cero. La noche anterior fue imposible ese letargo dulzón que le hubiera hecho imaginar el avance de su meñique sobre el raso de una sábana. Pero luego, observando su trayecto en la pista tras abandonar el avión, comprendí que sabía plenamente que con los ojos abiertos a veces un día dispensa porciones de vida más gozosas que un sueño y que se alzan esplendidas sobre la limitación del destino. Sus dedos, ahora sí, han tocado y apretado la ilusión infantil de elevarse como una mota de polen y ver que el aire te pertenece convertido en una partícula de su infinita libertad. Como aquel timonel de las regatas que pedía a sus compañeros la penúltima flexión para superar la raya en el agua que al día siguiente volvía a esperarles en la misma meta, convencidos de que las mañanas eran un viaje en bumerán tan urgente y tentador como el puro agrado de volver a despertarse para remar otra vez.

    P.D. El 25 de abril de 2007, el astrofísico inglés Stephen Hawking subió a un Boeing 727 en Cabo Cañaveral para experimentar durante ocho parábolas en el interior de la nave la sensación de gravedad cero. Conforme ha explicado en sus conferencias, si el ser humano no aprende a colonizar el espacio, la especie humana no sobrevivirá más de mil años. Para los apuntes biográficos me he documentado en páginas de Internet de divulgación científica.

  • En Salvia

    Juan Pequeño se ha quedado dormido, tiene la cabeza reclinada sobre el escay del sofá y por la posición de sus párpados cerrados, dirigiendo sus pestañas muy fijas al frente, parece como si siguiera mirando al televisor. Sus piernas están extendidas y cruza sus pies sobre el asiento de un silla baja, ligeramente ladeada como si minutos antes la hubiera desplazado para efectivamente poder ver lo que estaban dando por televisión. Esta tarde me he acercado para hablar con él, pero Pablo que está sentado a su lado, me ha dicho que no lo despierte, que está cansado, un poco por el cansancio físico de la pasada noche en la que estuvo trabajando hasta la una de la mañana, pero tal vez más cansado por ese líquido indefinido al que no encontramos nombre y que sentimos viajando por nuestros adentros cuando algo parecido a la decepción se hace dueño de nuestras sensaciones, una nube que te queda grogui, con la pesadez que deja en tu voluntad la sensación de revés, un nudo apagado que medianamente se ubica en el interior de tu garganta y que se queda ahí inmovilizado, sin salir hacia fuera porque las palabras no bastan para deshacerte de esa desazón, pero que tampoco baja a tu estómago porque sabes conscientemente que allí volverá a hacerte un daño que en realidad no duele físicamente, pero que te aplana, que te atrapa en un manto de escepticismo donde lo único que te apetece es huir, quizás coger la moto con la que tanto le gusta adentrarse por caminos y rutas polvorientas del condado, esos caminos que hace unos días vimos con el color del barro y la humedad reciente cuando fuimos hasta Navas del Arco porque la tarde anterior había caído una fuerte tormenta y a la mañana siguiente los agricultores paseaban por sus viñas aliviándose de ver que el agua y el granizo no habían atacado en exceso los pequeños racimos de uvas aún diminutas, apenas tres milímetros de puntas verdes y muy redondeadas, que se habían salvado porque la cuerda fuerte de agua había caído muy cerca del pueblo, un kilómetro antes de llegar a las Navas. En ese terreno próximo, a un lado y a otro de la carretera podíamos ver agua todavía acumulada entre las parras y el límite de las parcelas, agua estancada entre rojiza y gris con hilillos que parecían de plastilina posiblemente de restos de manchas de grasa o gasoil de los tractores. Allí había encendido un cigarro y extendiendo una mano me había explicado por dónde iría el cauce de desagüe de la futura papelera, bordeando los cercos entre los viñedos y los olivos. Minutos antes Pedro, uno de los agricultores que se conciliaba consigo mismo prudentemente porque sus viñas no habían sido muy castigadas, nos había hablado de cómo se conforma en parte la voluntad cuando los años te vuelven a poner, más a menudo de lo que uno podía pensar al principio, ante las inquietudes fijas de los reveses del cielo y las nubes ya sea en forma de sequías o lluvias torrenciales de una tarde mayo, y ahora, añadía, ante la incógnita de saber si la planta de celulosa iría finalmente hacia adelante, allí, a diez kilómetros de las Navas, en los campos de Villanubia, cuando ni de lejos los agricultores podían suponer diez años antes, que alguien quisiera traer aquella fábrica hasta las campas de aceitunas y racimos que siempre habían sido la acuarela mimetizada de aquellas tierras. Pedro miraba hacia el oeste. En el horizonte, nubes de algodón denso cobrando más altura, comenzaban a tomar tonalidades de grises turbios y no era descabellado pensar que se agarraran a la nueva tarde para descargar fuerzas de agua y, quién sabe, tal vez granizo. Sin mover sus ojos del horizonte, desgranaba palabras que Juan Pequeño recibía asintiendo, reforzándole en sus convicciones que él quería imaginar muy compartidas, muy asumidas por las gentes de la comarca en un trabajo de concienciación que la asociación había iniciado dos años antes, poco tiempo después de que el gobernador Susaeta hubiera anunciado en una rueda de prensa que en el término de Villanubia, al este del condado de Salvia, se abriría una papelera que crearía muchos puestos de trabajo y que marcaría un antes y un después en la política de industrialización del condado. Pedro podría tener 57 o 58 años. Tal vez su propia edad le nutría de un cierto escepticismo de notario de pueblo porque argumentaba sin encono, sin un ariete afilado como el que a veces surge cuando se está temeroso del futuro en esos otros destinos de gentes más jóvenes que son conscientes del largo trecho previsible para su vida laboral, y le decía a Juan Pequeño en tono de pregunta, aunque no lo era, que le explicara con qué horizonte despejado podrían competir los agricultores de esta tierra con los vinos que se producen en otros lados del país si mañana te podían crear mala fama diciendo que tus fincas están al lado de una papelera, ahora que todos hablan de seguridad alimentaria y de que hay que vender con calidad, buen producto y botellas bien presentadas. Pedro no podía calcular exactamente qué efectos podría tener aquella industria para el futuro de las viñas. Había escuchado los discursos de las autoridades que afirmaban que sería compatible una cosa con la otra, pero no le convencían del todo aquellos comentarios apaciguadores, no sabía, no le daba buena espina, no era capaz de verlo con idea de equilibrio, al final se le aparecía como un carro de carga más repleto de un lado y no veía, aunque lo intentara, ese equilibrio porque al final terminaba barruntando que con el paso de los años uno de los dos mundos asentaría su jerarquía y en ese reparto el montón pequeño él se lo concedía sin remisión a los vendimiadores y el grande a la papelera si definitivamente se hacía. A lo mejor no es malo, seguía Pedro, que venga la Unión de Estados pidiendo que cortemos las viñas, que todos los días te avisan en la radio de que ya no hay tanto dinero para dedicarlo a la agricultura y que los cultivadores deben ir pensando en otras cosas para el día de mañana. Por lo menos, se hacía las cuentas, algunos billetes vendrían al bolsillo si nos compensaran por arrancar y no tendríamos que estar pendientes de sequías, tormentas, bajos precios o malas cosechas, ni del agua que pudiera bajar mañana de las lomas de Villanubia desde las conducciones de la celulosa. Y lo decía con ese presagio de deje de viejo que parece adelantar que aquí hay un paisaje que tiene ya más forma de pasado y otro, por venir, que volteará, ya a su pauta, el rostro del futuro. Y no vería con malos ojos, proseguía, que alguien me preguntara por la finca, que yo ya voy siendo viejo y mis dos hijos se fueron a la capital y si un comprador o un rentista pusiera buenos cuartos me olvidaba de sequías, de seguros, de percances del campo y de fábricas de papel. Juan Pequeño escuchaba, ya había hecho las fotos para llevarlas al periódico y desde hacía algún momento, sólo estaba concentrado en el soliloquio del agricultor, que era en sus idas y venidas alimento de sus propias ideas y que a él le servían para aumentar su optimismo. Ese jueves quedaban cuatro días para las elecciones en el condado y escuchar a Pedro le afianzaba en su esperanza de que la asociación podría ganar la alcaldía de Villanubia.
    Tres meses antes los activistas contra la planta de celulosa habían decidido formar una candidatura política para presentarse a las municipales. Hasta ese momento y desde que se había conocido la intención de poner una papelera en las afueras del pueblo, la asociación se había movido más bien como un grupo ecologista, como un colectivo al que se le hacía difícil haber escuchado tantas veces desde el poder que el futuro se tenía que escribir con iniciativas de desarrollo sostenible o con industrias deudoras de la modernidad de las nuevas tecnologías, empresas alumbradas a la razón del siglo XXI con un afán que el gobernador hacía venerar diciendo que si Salvia, ciento cincuenta años antes, no pudo subirse al tren de la revolución industrial, ahora no podía dejar de escapar la nueva revolución que encarnaba la era de la información. Desde que comenzaron como un grupo de gente que compartía algún tipo de preocupaciones similares o que habían coincidido en alguna manifestación o en la presentación de algún evento cultural, no eran del todo conscientes de la argamasa que su sensibilidad en contra de la papelera habría de alcanzar en los meses posteriores. No porque fuera a ser un movimiento masivo que doblegara en un duelo de igual a igual las bases de una decisión que disponía del apoyo del poder sino porque el mero hecho de que en el condado una iniciativa cívica surgiera para cuestionar algo que surgía desde arriba sorprendía en un territorio donde los últimos 25 años solo habían conocido la asunción del gobierno por el mismo partido.
    Salvia era como un sistema planetario, como una constelación de asteroides, satélites o meteoros buscando una posición adecuada de sus órbitas alrededor del sol. Ese sol ocupaba su centro, la línea geométrica sobre la que se desplazan materias en un giro, en una elipsis que sin alteraciones bruscas desea proximidad o protección de los rayos de su luz. Salvia se adivinaba así como un círculo reconocible de cuerpos celestes, un mapa de pequeño firmamento donde grupos humanos, empresas, cooperativas, colectivos culturales o pueblos toman forma de satélites o asteroides para buscar circunferencias oportunas y no desbancadas a la periferia del sistema. El gobierno es el sol, el astro rey, la medida central y básica de los movimientos que en Salvia trasciende al papel de administración para ser algo así como una empresa suministradora de empresas. Adquiere la forma simbólica y gestual de una gran ventanilla que, en las limitaciones del pequeño universo, es la otorgadora de los dineros públicos sin los cuales muchas órbitas languidecerían como estrellas fugaces. Así, un planeta puede ser el dueño de una imprenta que llega ante la puerta del delegado de Presidencia y juega sus bazas para que su empresa pueda recibir el encargo, al menos durante dos o tres años, de imprimir folletos, publicaciones, guías, hojas de impreso o boletines oficiales requeridos desde secretarías o jefaturas de sección. Un satélite puede ser esa compañía de teatro que inicia sus ensayos y confía en que el Departamento de Cultura incluya su espectáculo en la red de teatros públicos porque en Salvia no hay teatros privados y sin la aprobación oficial no merecerá la pena culminar el montaje escénico ante el desierto de posibilidades fuera del poder. Una aurora boreal puede tener incluso el perfil de un periódico de provincias que no se puede mostrar demasiado crítico con el orden establecido porque no hay empresas fuertes que mantengan campañas prolongadas de publicidad y hay que contar con los anuncios y las cuñas oficiales para cerrar los saldos a final de año con aseo y conveniencia.

    Polvo cósmico disperso podría ser el autor novel de un libro que camina hacia la editora del condado con el anhelo de que se publique su primer relato porque no hay muchos pasillos por recorrer. Todo envuelto y a la vez descrito como el constructor que si mueve hilos acertados puede convertirse en uno de los promotores elegidos por el Departamento de Vivienda para levantar pisos de protección pública. Es la órbita de ese alcalde de pueblo que viene a pedir dinero por que hay que reasfaltar calles y plazas y duda de que la financiación llegue a tiempo. Sabe que no es del partido afín y los expedientes, tal vez, se retrasen un poco. El ir y venir son rayas de redondeles que buscan el radio más pequeño con la vista puesta en el núcleo central a la espera de que irradien sus rayos y el calor beatífico de un contrato o una ayuda aprobada proteja al menos durante un tiempo el porvenir.
    Era difícil que en Salvia surgiera el prisma de aquella asociación contra la papelera. No porque la gente no se pudiera oponer, que podía hacerlo, sino porque emprender ese camino supone apartar la órbita del equilibrio de los círculos, y las oportunidades para otros propósitos quedaran extramuros, alejadas del pragmatismo que rige los desplazamientos y difusas ante unos rayos que ya no llegarán a los últimos aledaños. Juan Pequeño se sonreía cuando yo le decía que los miembros de la asociación eran los últimos románticos. Sus motivaciones contra aquella planta de celulosa no eran nuevas, en realidad, era recordar a los dirigentes que el discurso correcto del cuidado del medio ambiente y las nuevas formas de crecimiento implican llegados a una hora real, a la asunción de contradicciones que se eluden desde el poder, que se rodean para no renunciar a volver a tirar desde ese mismo discurso cuando una nueva ocasión así lo disponga. Porque los discursos quedan como cuerdas de guitarra que se tocan para repasar una melodía que sólo es música en el aire y palabra de folio en actos adecuados con adornos de ideología fraternal y semántica.
    Sorprendía que en el acontecer de la asociación se anotaran acciones que iban más allá del esperado broche testimonial que casi se adjudica de memoria a los momentos de protesta. Porque lo esperado era ver las escenografías acostumbradas de rechazo: grupos de cien o doscientas personas que en mañanas de algún sábado se concentrasen ante alguna plaza para disponer la liturgia de la transgresión asumida. Gentes, algunas de ellas, con zurrón de tela colgado del hombro, con pelo largo disoluto y sin peinar, con barba de identidad estudiada y medianamente antigua, ataviadas con camisas estampadas de variación negra y roja donde aún se pueden ver, escapado su faldón de la cintura de los pantalones, rostros idealizados de iconos políticos de los 60 ó eslóganes más actuales que reclaman justicia para las selvas amazónicas o las guerras eternas de Oriente Medio. Pero un día no fue asi. En la duma parlamentaria del condado los diputados debatían sobre la necesidad de la papelera y los miembros de la asociación se habían sentado en la tribuna de invitados. Algunos de ellos respondían a la estética al uso, pero otros no, y eso me llamó poderosamente la atención. Sobre todo porque había un grupo de hombres entre 50 y 60 años que se adivinaba claramente que eran agricultores: brazos anchos que confluían con fuerza en la intersección de sus hombros, manos curtidas, de dedos redondos y rudos, cubiertos con esa piel que adquieren la arruga poderosa y sólida de los días pasados al sol. Transcurría el debate, pero no podía dejar de fijarme en ellos. Se removían en los asientos tal vez cansados de tanta palabrería y cortesía oral, pérdidos un poco ante el lenguaje esmerilado de aquellos hombres con corbata que vistos desde la altura de auqel edificio frío y de formas geométricas ganaban una distancia irreal y profundamente televisiva. Al terminar quise saludarles, uno de ellos mientras bajaba me habló claramente. Mire, usted, me decía, yo no entiendo mucho de política, nunca la entendí y creo que a mi edad nunca lo haré. Yo siempre he votado a Susaeta, y lo que sé es que si esa papelera fuera buena a él no le importaría colocarla en la puerta de su chalé, y, o mucho me equivoco, pero seguro que a él no le gustaría levantarse con eso enfrente de casa. No me da buena espina, continuaba, y por eso he venido aquí para decir que no. Aquel agricultor me recordó mucho tiempo después al Pedro que ví esa mañana de jueves en las afueras de las Navas. Hombres desconectados de las rutas políticas donde otras disputas y estrategias se cruzan y se contraponen. En realidad, el propio Juan Pequeño no había mostrado tiempo antes una inquietud específica por el mundo de la política. Había logrado en aquel periódico un trabajo estable como fotógrafo. Hacía su trabajo con ademán de alumno atento y proclive, y gustaba sobre todo de acercarse a las mujeres. Buscaba una conversación con clara clara y sin sobreentendidos, y es posible que deseara dejar correr aquellos meandos en cauces más próximos a los juegos de la seducción. Pero no los planteaba, simplemente, como él decía, se le alegraba el cuerpo compartiendo los ratos escapados del día con las chicas y le complacía que también ellas lo buscaran porque tenían en él a un confidente de las pequeñas rutinas y que con sonrisas y algún que otro susurro daba un matiz más alegre o vital a los paréntesis de las mañanas o a las incursiones más atraviedas de la noche entre las primeras copas frente a un velador de bar o entre murmullos de miradas sinuosas a la salida de una discoteca o de una fiesta de amigos.
    Juan Pequeño había fotografiado muchas veces a aquellos políticos a los que ahora empezaba a juzgar desde una actitud más crítica. En ocasiones contadas podía haber hablado entre compañeros, tiempo antes, de temas políticos. Pero habían sido apuntes menores, incidencias que se pasean entre charlas y que apenas se anotan en los interiores personales porque son lugares sabidos. Era decir, por ejemplo, que los políticos no cayeran en la tentación de mezclar sus intereses con la gestión de los asuntos de la sociedad o que hubiera límite de mandatos para que los mismos dirigentes no se perpetuaran en los cargos. Pero aparte de eso, nunca había entrado en los entramados más profundos, en las líneas divisorias que penetran en fondos más arenosos donde la vida política endurece sus perfiles.
    Se unió a la asociación porque no podía entender que una industria contaminante se pudiera poner en Villanubla. Si muchas veces, decía, había escuchado a los dirigentes hablar de una nueva forma de conquistar el siglo XXI aupando proyectos que trajeran una combinación aurea de palabras -el desarrollo sostenible- y navegnado en las posibilidades de ese mundo llamado de las nuevas tecnologías y de los nuevos yacimientos de empleo. Y así, tal vez sin darse cuenta, ilusionado por recuperar el valor de las palabras y por reclamar que los discursos bienintencionados tienen que ser algo más que promesas, se enroló en las actividades de la asociación. Su causa, se decía una y otra vez, era buena y le parecía posible que sus acciones podrían crear un estado de opinión que al final pudiera frenar la instalación de la celulosa.
    Los últimos románticos, la página final de un tiempo finiquitado que tuvo curiosamente su expresión más dulce 27 años antes cuando Susaeta era sólo un miembro del Partido Avanzadista que por entonces comenzaba a darse a conocer al filo de un periodo ilusionante que se había iniciado con el final en Altube de más de 30 años de la dictadura del general Fuentes. Yo entonces era un niño y conocí a Susaeta en los encierros en el ayuntamiento de Aresmes contra el proyecto de instalar una central nuclear en los Valles del Sur. Aún no existía el gobierno del condado, y el gobierno del país había anunciado la creación en los Valles de la planta nuclear. Durante mucho tiempo no he podido dejar de hacer paralelismos entre lo que entonces defendió el Partido Avanzadista y lo que décadas después asumió la asociación contra la papelera. Aquellos años pasados se abrían con el horizonte de paisajes todavía desconocidos, pero deseables. Las convicciones parecían alcanzar una sonoridad distinta y en su expresión ante la gente, las frases tenían un poder imantador porque eran como la confirmación previa de que con voluntad las cosas podían cambiarse. El puerto de los viajes no tenía todavía el color estucado y borroso de aguas que se paralizan en muelles demasiado trasegados. Y los discursos en la medida que no habían pasado la malla insoluble del contrasta con el poder, llegaban poderosos y limpios, con una claridad de agua matinal que vivificaba la pasión de compartir y soñar en el reino de la democracia. Susaeta decía que la central era una industria a contrapie del tiempo futuro que debía basarse en un progreso equilibrado y justo. Una indsutria que hipotecaba las tierras de regadío del río Alda porque el condado tendría que tener en la agroindustria el surco de su progreso venidero y por todos compartidos. En la alquimia de las palabras extrapoladas, sonaban a argumentos que ahora defendía la asociación contra la papelera porque ellos también luchaban contra una industria contaminante que abría interrogantes sobre el futuro en desarrollo sostenible de las tierras de Villanubla.
    La pugna contra la central en los Valles del Sur dio resultado y finalmente no se construyó. Incluso el transcurrir del tiempo deparó otras semejanzas que dialécticamente jugaron a favor de las tesis de la asociación. Un día, una compañera de trabajo se lo recordó a Juan Pequeño. Quince años atrás, cuando ya incluso el gbierno del condado cumplía tres legislaturas, el prefecto Susaeta nombró a Antonio Sosa procurador de Industria. Durante su gestión, Sosa defendió la necesidad de abrir el desarrollo de Salvia a otras industrias más convencionales, fábricas de tipo tradicional que pudieran venir hasta el condado porque el progreso cimentado sobre la agricultura y la agroindustria, decía el procurador, no eran suficientes para procurar un mayor crecimiento del condado. Sosa defendió sus razones y las expuso en cuantas ocasiones pudo hacerlo, pero perdió la batalla. Susaeta terminó destituyéndolo porque el procurador no sintonizaba con las prioridades del gobierno, una filosofía que, según el prefecto, debía armonizar crecimiento de la agroindustria, desarrollo equilibrado de las infraestructuras entre los pueblos y cauce para una nueva travesía en la que el turismo de naturaleza y de cultura debían tener seña propia. Cuando tres lustros después, Susaeta apostó por una industria convencional como la papelera era como si los pensamientos de Antonio Sosa hubieran ganado una batalla postrera y regresasen al presente envueltos en la voz y en la voluntad de quien 15 años atrás les había cerrado su puerta.
    Dos días antes de las elecciones, cientos de tractores pasaron en manifestación ante la sede del gobierno en la capital del condado. Juan Pequeño sentía un hormigueo intenso. Con su moto había acompañado todo el recorrido de los tractores desde que salieron de Villanubla, las Navas del Arco y otros pueblos del alrededor. Ya a la tarde repesaba en el ordenador la cantidad innumerable de fotografías que había hecho a la marcha. Tractores coronados por las banderas del condado y de Altube, gorras sobre las cabezas de los agricultores donde se podía leer "papelera no", expresiones de júbilo y de convicción que pedían al gobierno que escuchara el sentimiento de los manifestantes. Y para mí, fijarme en los gestos de Juan mientras cliqueaba las fotos era como trasladarme a Aresmes, donde los avanzadistas dormían en sacos de dormir entre las filas de asientos del salón del consistorio y la gente les subía bocadillos y mantas para cruzar las noches de aquel marzo, recuerdo, desapacible e invernal. Cuánto de aquel Susaeta joven y apasionado había ahora en este compromiso político de Juan Pequeño. Como si una guirnalda prolonagada y nunca decaída hubiera cruzado un montón de años y el romanticismo de aquellas primeras experiencias fuera ahora la misma inspiración de otros jóvenes 27 años después. Qué le diría aquel Susaeta joven de ahora al Susaeta de ahora. Qué debate prolongado e intenso cruzarían ahora los dos, y en la separación del tiempo pasado, ¿se reconocerían ahora el uno en el otro?, ¿sabrían describir la longitud de las vivencias para explicar la salida desde aquel puerto y la arribada en este otro donde el espíritu de aquellos avanzadistas era ahora la inspiración de una gente del condado en contra de algo similar a aquella central de los Valles del Sur? No hay nada que derrote al paso del tiempo ni a la consumación de los órdenes establecidos, ésos en los que el progreso ya tiene la cuna material de las realidades posibles y los sueños son aventuras de juventud de una nostalgia que una vez fueron materia y concreción.
    En el coche, volviendo de una rueda de prensa, Juan Pequeño hablaba con un amigo. Le preguntaba si ya tenía la papeleta en el bolsillo preparada para el domingo y le decía que era posible ganar el ayuntamiento de Villanubla. Rozaba sus palabras con un nerviosismo tempestuoso y a la vez alegre, y se convencía de que era posible, de que sus razones eran buenas y de que al menos podrían ofrecer ante el condado el triunfo moral de que en el pueblo la mayoría de la gente no quería la fábrica de celulosa. Sólo un día después de las votaciones reparó en lo que un vecino le había dicho en las vísperas. Le había animado también a que votara a la asociación y éste no le habia dicho ni que sí ni que no. Únicamente le preguntó a Juan Pequeño que si en Villanubla no ganaba el partido en el gobierno, quién traería las inversiones al pueblo, quién los contratos temporales que pudiera repartir el ayuntamiento, quién los pisos que no se podrían alquilar si no se empezaba a construir la papelera, quién los desayunos que no se pondrían dispensar en los pequeños bares si no llegaban operarios para levantar torres y metales. Tal vez las mismas preguntas que pudo hacer un vecino de los Valles del Sur, 27 años antes, y que sin embargo tuvieron una respuesta distinta a la que surgió finalmente de aquel domingo del presente. El tiempo viaja por una montaña rusa donde nunca sabes cuándo llega una subida y cuándo una bajada. Cuándo los románticos encuentran como fruta escondida el verso cierto y pleno de sus anhelos, y cuándo se dan de bruces con una realidad ya instalada donde las palabras bonitas son rizos en el aire que se disgregan como la nada de un cielo más bien invisible. Juan Pequeño y su gente fueron el alma de los avanzadistas que 27 años antes cumplieron un sueño, y ahora, esos avanzadistas elevaban sus brazos para refrendar la derrota del espíritu que un día fue su victoria. Villanubla quedó en manos del partido gobernante y el sistema de las órbitas giratorias sobre el universo del condado, sin alaracas ni entusiasmos desbordados, volvía a posar su huella sobre la identidad de Salvia. La noche de los resultados electorales, al conocer los primeros datos, supe que los últimos románticos comenzaban a saber que eran los depositarios vacíos de un sueño que equivocó su presente. Era como si la historia no devolviera las gansncias de una democracia juvenil que sólo fue joven cuando le tocó serlo. Tal vez ese fue su atrevimiento. Llamé a Juan Pequeño y no quiso preguntárselo ni tampoco saberlo. Sólo sabía que quería huir. No sabía donde, pero quería huir. Yo pensé tras colgar que su huida en realidad era un viaje al pasado que por su edad no pudo conocer, donde las gentes de otra ilusión sí pudieron culminar la miel de un sentimiento cumplido. Nunca le dije a Juan Pequeño muchas gracias por devolvernos la piel tersa y tenue de esa muchacha del viento que un día vimos cruzar en los albores de una nueva época. Nunca volverá, nunca, pero en tu llamada a aquel amigo al que pediste con urgencia su voto ya en el bolsillo está el vértigo de miles de almas que muchos años antes apuraron aquella primera pasión por unas urnas que ya no eran arena disuelta donde los románticos se miraban para crecer en sus sueños. Como el primer amor que nunca vuelve, escondido e inerte bajo una acumulación de capas y estratos que fosilizan nuestra piel y que en la realidad de nuestras vidas instaladas nos hace olvidar que nuevos románticos aparecen cada día para relatar prosas que hoy solo son fondo de mar lejano y un día, ya muy antiguo, arco iris de ilusiones que fueron vírgenes, hermosas e intocadas. Aquel domingo, Juan, nadie os la vino a traer. Pero, aunque no lo sepáis, son vuestras para siempre.

  • LA LUZ RECORDADA

    Lleva una gorra de color amarillo pálido. Los ojos los tiene claros y acaba de pedir a la azafata un ejemplar del diario de Iberia. Pasea sus ojos por las columnas con una lentitud de niño. Se ve que tiene dificultades para traducir las frases y se detiene en las noticias breves, las que aparecen recuadradas en los faldones del periódico y apenas cuentan con un par de párrafos. Con la punta de sus dedos se toca la barbilla mientras bisbisea casi irreconocibles las palabras en español en un gesto que revela que está traduciendo, con el mismo sentido de incógnita que nosotros también mostramos cuando traducimos del inglés al español, superados por la longitud de los renglones y prendidos del laberinto en el que a veces se convierte la traducción de titulares telegrafiados, tan poco acostumbrados como estamos a la construcción de frases que no siguen nuestro orden gramatical. El chico es joven, puede tener unos 26 años y usa gafas que me recuerdan a las que llevaban los hermanos del dúo escocés "The proclaimers". Yo he cogido la revista “Think in English” y la he abierto por las páginas en la que están transcriptos con letra minúscula los diálogos del cedé que siempre viene con la revista. Lo he hecho como aliándome tardíamente a un acto de defensa, como un último repaso para despertar en mi mente palabras en inglés, dispuesto a que no me resulte demasiada brusca la llegada al aeropuerto de Heathrow y verme rodeado de conversaciones de pasillo y palabras sueltas que ya no tienen el aliento y la familiaridad de mi propia lengua. Al subir al avión me ha puesto nervioso la rapidez con que la azafata traduce al inglés las frases que acaba de decir en español. Se ha referido a la necesidad de abrocharnos el cinturón, al tiempo que tardaremos en llegar a Londres y a la temperatura que hace en Madrid-Barajas y la que encontraremos cuando lleguemos a Heatrow. He intentado seguir al pie de la letra el curso de sus palabras pronunciadas en inglés, pero el chasquido metálico de los altavoces minimiza y esconde el silbido de sus expresiones y me quedo atorado en mitad de su frase, decepcionado por no ser capaz de seguir fresco y ágil la continuación de su voz, e intentando desentenderme del español para procurar no traducir sino pensar en inglés a la vez que intento visualizar, en una página invisible que tengo en mi mente, las palabras que dice y a las que intento poner caracteres en una tinta muy rápida que soy incapaz finalmente de imprimir en esa hoja de aire. Por el contexto saco la idea o me aferro a que he podido sacarla y al volver a las columnas de la revista en inglés, siento que mi pensamiento va más ligero y que esa muleta psicológica me ayuda porque incluso me llegan más naturales las palabras de la pareja anglosajona que ocupa los dos asientos de mi fila más cercanos a la ventanilla. Me doy cuenta por su pronunciación de que son norteamericanos, ella enlaza su mano por debajo del brazo de él y veo una sortija muy limpia, no excesivamente brillante, pero sí muy pulida que me hace pensar que son recién casados. Me doy cuenta también de que comentan algo de San Diego, que puede ser su ciudad de residencia, y de las horas de avión que ya llevan acumuladas desde que partieron de casa. Podía haberme animado a hablar con ellos, pero siento más curiosidad por el chico de la gorra que ahora detiene su dedo índice al final de un párrafo flanqueado a la izquierda de la página por una foto de Carod Rovira. Sin mediar ninguna presentación le comento, en una indicación que en el fondo es también para mí, lo difícil que resulta cuando eres extranjero entrar en las rutinas domésticas de la política de otros países y en una comparación que intento resulte didáctica le explico que el partido de ese político sería algo similar a lo que representa el Partido Nacionalista Escocés en Gran Bretaña. Me escucha con atención mientras procuro separar las palabras que digo en inglés en un esfuerzo por construir correctamente las frases cerrando con pulcritud las eses y marcando los matices en una cadencia que a mí también me ayuda para pensar en español y poco a poco ir traduciendo al inglés. Se da cuenta y él también espacia con paciencia sus palabras hablándome de los caminos paralelos que a veces tienen los avatares políticos de países distintos como si existiera una voluntad inopinada de equiparación que en ocasiones se concreta caprichosamente.

    El viaje se me va haciendo largo porque salimos a las cinco y media de la mañana. El recorrido en autobús hasta Madrid, sumando 340 kilómetros, tenía algo de rememoración de excursión, no sólo por la compañía de los niños que no han dejado de hablar durante todo el viaje en los asientos traseros, sino porque nosotros en nuestra charla hemos otorgado a los diálogos la ilusión de las conversaciones templadas que matizan un entusiasmo que en el fondo sentimos juvenil por un viaje equipado con las expectativas que retan o quieren hacerlo a los hábitos demasiado diarios. En el autobús me he sentado al lado de Félix. Todavía de noche mi cara se reflejaba en el cristal de la ventana, con mis ojos incapaces de vislumbrar rastros del paisaje que son solo oscuridad en el último tramo de la noche. Félix me ha hablado del goce de fotografiar detalles en primer plano como nervaduras de hojas, esquinas escarbadas de cornisas o fracturas casi invisibles de piedras que esconden su vejez en arroyos de agua escasa. Sus palabras son una premonición, un anticipo de los encuadres que le gustaría conseguir en esta excursión que nos embarca hacia Oxford. Y conforme el alba va asomándose con una prudencia de niño tímido, yo miro al fondo donde ya sí veo paisajes de dehesas con brumas alumbrando muy débilmente una ruta que cuatro días más tarde tendrá una forma muy distinta cuando Félix esté entre los jardines del palacio de Blenheim yendo a buscar efectivamente esos enfoques minúsculos que ahora alimentan solo como palabras su afición tranquila. Somos en el autocar 28 padres y 35 niños -no recuerdo muy bien el número exacto- partícipes de este viaje que Pilar Reyes, la profesora de la academia de inglés, propuso y que nos subyuga con la solicitud con que las experiencias nuevas reclaman el tacto inédito de los lugares a los que no se pensó viajar.

    Al llegar a Londres y visto desde el avión, había una luz plomiza y nublada sobre la ciudad que sin embargo no oscurecía la arteria de sus calles o el verde de sus parques. Incluso conforme bajábamos la luz se volvía más clara y por un momento no te parecía sentirte en un país extranjero, como si el trasluz de aquella pista fuera la leve grisura local de ciudades españolas del Cantábrico. Sólo la entrada y el paso por los vestíbulos fabriles de Heatrow te hacen ya verte en Inglaterra con el color algo desvaído de los carteles que te indican el camino para dirigirte hacia las cintas de recogida de equipajes. El instante se vuelve incluso más exótico cuando una mujer de corte hindú con ojos muy negros y de sonrisa escueta nos pide que le enseñemos el carné de identidad. Los techos de los pasillos son bajos y los carritos para recoger las maletas tienen una pátina de óxido que contrasta vivamente con los que usamos en la T 4 de Barajas.

    Antes de salir al exterior de Heatrow, un joven en mangas de camisa y con corbata típica de oficinista nos pide en español que todo el grupo se reúna. Respiramos el olor a asfalto nada más cruzar las puertas giratorias y dos autobuses nos esperan en un andén estrecho que les sirve de parapeto ante el tráfico denso que está sólo sesenta metros más allá. Ir por el lado izquierdo de la autovía produce una mínima ráfaga de convulsión cuando te adormece el sonido del radiocasete del autobús que hormiguea noticias en inglés, y a retazos te despiertas levemente desorientado por la posición de la cuneta en la que tus ojos se fijan medio segundo antes de volver a recordar que estás en Inglaterra. Te extraña ver cómo pasan los coches por los dos carriles rápidos que quedan a tu derecha y ya cuando llevas 20 o 30 kilómetros reparas en que no hay demasiados cambios de rasante, que la ruta es llana porque el ronquido del motor del autocar es monocorde y no hay variaciones ni breves sacudidas de aceleración al hilo de cambios de marcha que casi no se producen.

    El color terroso oscuro de las ciudades que ves a lo lejos te ubica ante imágenes que ahora sí relacionas con casas vistas en noticias del telediario o con el verde pradera de películas inglesas ambientadas en la era victoriana. Psicológicamente no eres capaz de admitir que los carteles con la distancia que resta hasta Oxford estén escritos en millas y aunque más de una vez recuerdas mentalmente que eso es así, le das a los dígitos -40 ó 30- la dimensión en kilómetros que tú estás acostumbrado a calibrar, inhabituado todavía a relacionar esos datos con una distancia mayor.

    En la tarde de Oxford la luz se oscurece gradualmente. Antes en la autopista, las nubes no cerraban pasillos de claridad para abigarrarse secretamente con la intención de lluvia. Al contrario, la paz con que algunos caballos sueltos comían en las praderas en ningún modo trasmitían inquietud o cierto ademán de vigilancia. Su placidez se había hecho tuya viéndolos desde el autobús y fijándote en el reloj digital al lado del techo del conductor que marcaba las cinco y cinco de la tarde dando por sentado inocentemente que el día meteorológico ya se había definido y no que traería novedades al juego de grises que hasta entonces se había sucedido. Pero al enfilar las primeras calles de Oxford la cotidianidad de la ciudad –y no es un tópico- se te hace literaria como pasajes de un relato que alguien pudo leer al lado de una chimenea y cuya ventana más próxima te permitiera ver el justo tono de luz que ahora muestra la tarde. La gente que usa el carril bici se protege con largos chubasqueros de colores alegres y cuando cruza un ciclista que se coloca la capucha, su visión es como una pincelada de acuarela sobre un fondo marítimo de ciudad norteña al atardecer. Los colegios universitarios parecen faros accesibles en el diagrama del casco histórico e incluso quieres ver en sus jardines bedeles atentos y cautos que te invitan amablemente a conocer bibliotecas de suelos de madera, de bóvedas altas y de filas interminables de libros gruesos. Porque el color gris de la tarde imanta sin saberlo el deseo de empezar ya a pasear y más que dirigirse a calles o aceras, parece como si la ciudad te trasladara a sus propios interiores reclutando a los visitantes para que conozcan desde dentro hacia fuera, y no al revés, la acumulación generosa de sus sitios con historia.

    Hubo una magia de aquel viaje que superó el patrimonio común de sensaciones que más o menos prevemos para la ruta por un país distinto. Las coincidencias arropan un cúmulo de circunstancias que si son en parte planificadas conservan un sabor que, aunque bueno, no tiene la textura de lo que puramente surge al natural. Y lo grato fue que tuvo huella natural nuestro tiempo vivido allí. Cinco padres coincidimos en una de las habitaciones de la planta baja del albergue en el que Pilar había contratado la estancia. Tenía una ventana de dos amplias hojas que daba hacia una calle cruzada por arriba por un tramo de vías férreas. Los trenes que salían de la estación de Oxford, no muy lejos, cruzaban con lentitud de diligencias y su paso te hacía suponer trayectos a ciudades próximas de nombres desconocidos, y tú sentías la necesidad de inventarte sus nombres para ubicar mentalmente en qué lugar de la isla estabas, cerrando los ojos y viendo un mapa de Europa en el que situabas simbólicamente una chincheta en azul para localizar dónde andabas ayer y en otra en rojo para saber dónde estabas hoy. La habitación tenía olor a humedad. Eran seis camas en tres literas. Recuerdo que terminamos colocando las sábanas a las seis en previsión de que alguien más pudiera acompañarnos en aquella habitación porque no todo el grupo de la excursión se había ubicado. Finalmente nos quedamos los cinco y aquellos días juntos tuvieron algo de camaradería recobrada como si el tiempo nos hubiera hecho coincidir años atrás en un campamento de milicia o en una excursión de universitarios y nos diera la oportunidad de recuperarla, de construirla de nuevo con la complicidad que supuestamente tuvimos en un día que no existió y que ahora se nos ofrecía otra vez para revivir una experiencia antigua e imaginaria. Recuerdo que nada más concluido el viaje se hacían muy presentes las ocurrencias que nos venían a la cabeza durante la excursión por detalles banales como el mínimo lavabo que tenía la habitación donde para lavar una mano había que sacar la otra o el golpetazo en la frente que se dio Juanjo contra la madera de una repisa cuando una de las madrugadas se despertó desorientado y sin recordar que dormía en un lugar distinto a su casa. Pero semanas después, el recuerdo ya no se maceraba en las palabras, en los diálogos salteados que compartimos cuando nos volvimos a encontrar en las calles de nuestra ciudad. Ahora era el matiz, la imagen fija de situaciones que en la rememoración de los días se guarda con una precisión más perfecta. Era, por ejemplo, la costumbre casi monástica de Urbano de leer al menos un par de páginas del libro que llevó durante el viaje y que fuera la una o las dos de la mañana tenía que coger suntuosamente para clausurar la noche con la norma prescrita a la antesala de su sueño. Era el hábito que improvisó Miguel y que luego seguimos los demás de dejar sobre la mesa de nuestra habitación, las cajitas de tarta y las manzanas que nos sobraban del picnic repartido cada mañana en la recepción del albergue antes de partir a las visitas turísticas. Eran las gotas de lágrima artificial que yo le pedía a Antonio Maza que me echara sobre los ojos para disimular en parte el cansancio de las pocas horas que dormíamos. O el ronquido de Juanjo al minuto de cerrar los párpados, capaz de escuchar los chascarrillos que hacíamos por esa prontitud que él tenía para el sueño, pero inmunizado de oír de nuevo sus siguientes ronquidos que le inundaban justo al minuto después, entregado ya a la placidez de ese sueño feraz e inmediato.

    La sincronía es a veces el fruto de participar en pequeñeces sin ninguna exigencia más, la conquista de poner un paréntesis a los días normales sin una receta escrita que especifique qué pasos hay que dar y qué manual se debe seguir para disfrutar de instantes que sólo nos vienen como bocanadas de aire.

    Al lado de la escalinata de la estación de trenes de Oxford y antes de coger el autobús turístico de dos plantas, veo cómo los taxis típicos ingleses estacionan sin agobios ante el bulevar y las marquesinas. Tres taxistas tienen la tez muy blanca con esa expresión azulada de ojos que rápidamente identifica las formas anglosajonas, pero al lado de ellos en conversaciones de tonos muy bajos se reúnen también taxistas de pieles cobrizas con cejas pobladas y miradas azabache que rápidamente relacionas con inmigrantes o con hijos de inmigrantes de Pakistán o de Bangladesh. Nos hacíamos fotos delante de los taxis y ellos asistían con parsimonia dúctil a nuestra ceremonia de turistas predecibles. Y nosotros mismos entregados a esa docilidad cruzábamos la calle para rematar otras fotografías haciendo alguna pose ante la estatua de un buey que recuerda que esta ciudad fue paso de bueyes antes de graduarse en la historia. En el autobús de dos plantas, arriba, una balda metálica permitía colocar la cámara de vídeo ante el cristal delantero. Se trataba sólo de dejarla grabar para seguir como en un travelling cinematográfico el surco del propio autocar por las calles de Oxford. Cogimos la Road Street. Era una calle muy plana con árboles altos de ramas desnudas que saludaban el paso lento del autobús. Seguíamos sin prisa el ritmo tranquilo de dos ciclistas sin que pareciera en ningún momento que el conductor fuera a adelantarlos. La cámara en el soporte no vibraba y en el silencio del trayecto había una sensación de elevación como si nuestra mirada tuviera la altura de los ojos de un gigante que se entretiene curioseando entre lo que ve a sus pies mientras aparta las ramas de los árboles urbanos. Antes de enfilar la curva en la salida hacia una bocacalle, sorprenden las letras de un rótulo que está en español. Se llama "Qué pasa" y es un restaurante de tapas españolas con marcos de madera negra en su planta alta. Apenas nos suscita interés porque el grupo se afana en seguir la pista de la narración que se escucha por unos auriculares que nos han dado y con los que intentamos descubrir en nuestra panorámica alrededor cuál es el edificio del que está hablando. La mañana persiste en la misma luz, tal vez un poco más clara, que la de la tarde anterior. Es un gris muy suave como preludio de un sol cuya silueta sí se puede adivinar más allá de la altura granítica de las torres y de los últimos ventanales. Las nubes actúan como una gasa que se resiste a desaparecer dejando en una tonalidad blanca y afable el gris de las aceras y el asfalto. Nada más despertar, Juanjo dijo al mirar por la ventana de la habitación que aquélla era "una nueva mañana nublada y gris en Oxford como otra cualquiera". Aceptamos sus palabras con la seguridad de los azules de sol que seis días después sabíamos nos esperarían en Extremadura, liberados de la duda de saber cómo asumiríamos la luz ceniza y húmeda de esta ciudad si tuviéramos que vivir en ella durante varios meses. Pero desde el piso superior del autobús turístico, la capa de nubes no amenaza, no se cierne como un telón de oscuridad, al contrario, baila como una danza de puntillas con los tejados de pizarra de los colleges y abadías. Bajamos del autobús en la Broad Street. Al oeste las formas picudas de los edificios recuerdan la silueta de una villa medieval. Las casas parecen estrecharse buscando sobre todo las líneas verticales, arracimándose como fichas de dominó que sin embargo no se quitan belleza entre sí. Hay un mercadillo en la parte más ancha de la calle. En una de las casetas, ondean hacia abajo dos banderas españolas sujetas a una barra horizontal que sostiene una lona. Dos hombres de piel muy morena y bigotes poblados preparan sendas paellas. No me parecen españoles, más bien me recuerdan a los dependientes turcos que venden kebacks en las tiendas o en las furgonetas de comidas rápidas. Les hablo en español, pero me contestan en inglés diciéndome efectivamente que no son españoles, pero que les va bien en los mercados ambulantes preparando y vendiendo paellas. Los niños y niñas de la excursión se han quedado en la acera escuchando a Gemma, la profesora bilingüe que acompaña a Pilar Reyes, y que les explica en inglés que tengan cuidado al cruzar por la calle, no por los coches que esa mañana no circulan por la Broad Street sino por las bicis que pasan con sigilo entre los transeúntes y que rara vez aminoran su marcha como si hubiera un derecho de tránsito que todo el mundo tuviera que conocer donde el privilegio es de los ciclistas y no de los caminantes. Hay un montón de bicis muy usadas en un estacionamiento reservado sólo para ellas. Pequeñas cadenas con candados atan sus radios a los tubos fijados al suelo y jóvenes universitarios se dirigen hasta allí para dejar sus bicis y perderse entre los jardines de los colegios camino de sus clases. Entramos en una tienda donde venden los polos y camisetas con el logotipo de la Universidad de Oxford y allí coincidimos con un joven gallego. Hace un año se las arregló para que le hicieran desde España un contrato en esta tienda. Tiene un inglés aseado, medido con una pronunciación académica y me sorprende que cuando pasa al español marca sus palabras con el acento típico gallego, ajeno a la disciplina de manejarse en un idioma nuevo donde sí esconde totalmente su tono nativo. Su naturalidad le lleva, entre los clientes que hablan uno y otro idioma, a demostrar una habilidad de actor de doblaje pasando en un segundo de un inglés cuidado y prudente al español de giros fuertemente gallegos. Parecía acoplado a la vida de Oxford como si una escuela de cielos iguales le hubiera traído de Galicia hasta aquí y ahora me convenzo de que se movía tan fácil en su aire llano de palabras cruzadas que su presencia, de algún modo, nos protegía como si bastara su voz para cerrar los ojos y suponer que alguien nos recibía, en vez de en la Broad Street, en una tienda de recuerdos de Orense o Cambados.

    Las noches de Oxford nos contemplaban en busca del sabor licuado y sobrio de las pintas de cerveza en un pub de la George Street. Su suelo de madera en la parte del local que limitaba justo con la orilla del Támesis hacía recordar el rechinar conspicuo y misterioso de las bodegas de los barcos piratas. Y las mesas donde nos reuníamos sentándonos sobre bancos sin respaldo conservaban el cuajo de tabernas a refugio de noches de muchas lluvias invernales. Andrés, el marido de Pilar, está con nosotros. Antonio Maza le ha bautizado como el group leader del “pinta team”. Pilar, para el viaje, ha dividido a los alumnos de la academia en cuatro grupos que son dirigidos por monitoras, por sus respectivas group leaders. Antonio ha querido equiparar nuestras excursiones nocturnas a las que hacemos con los niños por la mañana y llevado por el juego de palabras le ha dado a Andrés el birrete de guía del equipo aficionado a las pintas. En diciembre había estado con su mujer, durante un fin de semana, visitando los lugares que luego nosotros conoceríamos en esta excursión. Él ha elegido los pubs que estamos visitando y ahora sentado al fondo de la mesa mira a través de la cristalera para otear entre las orillas del Támesis el recuerdo de aquel fin de semana. Había nevado, dice, y el hielo formaba cuajos de estalactitas en las barandillas. Aquello supongo que añadiría una concreción física de mayor frío al paso aterido de los viandantes y los veo, como él los describe, cautelosos y a la vez divertidos procurando no resbalar como si llevaran patines de aguja sobre una nieve muy dura. En los pubs, las cervezas, muy ricas, a veces se nos alargaban en el fondo de las jarras porque no nos servían aperitivos. Miguel, previsor, fue nuestra salvación aquella primera noche. Trajo dos bolsas de anacardos y almendras que no recuerdo si consiguió de una máquina expendedora que había nada más entrar al albergue. Picábamos a buen ritmo para hacer volar los cacahuetes a la boca y ya bien cubiertos de su rastro apurábamos un buen trago de la pinta para regar el sabor parduzco y salino de los frutos secos. Y nos parecía un disfrute redondo y muy fraternal como si acabáramos de descubrir el paladar de la cerveza inglesa y hubiera que reiterarlo más de una vez para confirmar que nos gustaba y que ese hallazgo bien merecía otro sorbo.

    Al mediodía del día siguiente, recuerdo al grupo comiendo el picnic en una de las esquinas de Cornmarket Sreet. Hay un hombre que usa un sombrero de fieltro y que vende bolsos a dos libras con dibujos de “Alicia en el país de las maravillas”. Enfrente enfoco con la cámara de vídeo la fachada azul de "The works", una librería de la que sale la gente como si fuera un supermercado con prisa y revuelo, y cuando me acerco, veo que los clientes no observan los libros con la paciencia que siempre merece ojear un buen título, ese gesto de solitario encuentro que le concedemos a un libro y que prologa en la lectura de su sinopsis la elección final para comprarlo. Algunos de nuestros hijos piden botellas de coca cola en un quiosco de corte clásico y parte de ellos ya sigue camino hacia el final de la calle conociendo el trayecto que lleva hasta el Christ Church College. En un trozo de la Cornmarket ante una escalinata que curiosamente no conduce a una de las muchas franquicias que pueblan la calle, dos jóvenes tocan canciones del folclore inglés. Es un tema instrumental muy alegre, uno de ellos hace sonar con soltura ferviente las cuerdas del violín y el otro lo acompaña acelerando sus dedos sobre las cuerdas de una guitarra acústica para disponer una invitación al baile que sin embargo nadie en la calle parece aceptar. Cuando Gemma con su grupo de alumnos comienza a bailar llama la atención del resto de los niños que rápidamente se acerca y también empieza a botar al ritmo de las notas optimistas y desinhibidas. Es el goce de la música que nosotros en España siempre relacionamos con la música celta. Se desborda el brío y se repiten los compases añadiendo a cada giro un punto de mayor velocidad que los niños intentan seguir tarareando y botando más deprisa. Es la misma música que como un plano consecutivo e inmediato volvemos a escuchar esa noche en el pub que conocimos ayer. No está Andrés que se ha quedado en el albergue, pero ahora nos acompañan varias mujeres de la excursión que se unen animosas para que no sean solitarias las rutas del “pinta team”. Pilar, Gemma, Virginia, Ana y dos universitarias, Claudia y María Pilar, que también están en el viaje como líderes de grupo, se han ido rápidamente al fondo de la taberna donde la noche se alegra con nuevos vaivenes de violín y guitarra acústica. Han enlazado sus brazos y bambolean sus pies, ahora a la izquierda y ahora a la derecha, siguiendo el ritmo frenético de estos otros dos músicos que coronan el ruido de las conversaciones que se dispersan por todas las mesas del pub. El dúo toca y canta canciones de Van Morrison y de Chieftains, el sudor se desprende de los cuerpos y el vaho se amodorra sobre el cristal que Andrés miraba la noche anterior recordando la nevada de diciembre. Hace calor, pero es un calor feliz, íntimo, anudado a una pequeña torre de Babel donde el inglés que se escucha se mezcla sin intimidación con el español que surge de nosotros, embriagado por este fervor de fiesta que ahora no nos hace sentir como gente extranjera. Se suceden una y otra vez las canciones relampagueantes y aprendemos incluso los estribillos coreando en la confusión trozos de versos que parecen sonarnos de alguna vez anterior: "She is handsome, she is pretty, she is the belle of Belfast City". Las mejillas de las chicas inglesas, al calor de las cervezas, se enervan de un rojo muy infantil y en sus risas atropelladas y chillonas se adivina un deseo de roces sexuales que sus compañeros aceleran superando sin ningún atisbo de poesía las estaciones intermedias de la seducción. Y de nuevo me regresa a la mente la impresión de la primera tarde, esta confirmación de que Oxford se ofrece de dentro a fuera porque la vitalidad está en los espacios recogidos y se exuda filtrándose por las paredes buscando el exterior para convencer al viandante de que los latidos pertenecen a quienes ahora se agolpan en el ajetreo del pub al lado de la barra trasegando entre charlas confusas, o al lado de los dos músicos sudando con su electricidad sonora y relajando voluntades con la alegría gradual del amarillo de las jarras que sobrevuela a la gente en manos de un camarero con otra ronda de pintas para el grupo que ya ocupa todo el fondo.

    Al salir del pub, hay filas de jóvenes que se apiñan ante los discobares donde hay vallas metálicas para escalonar la entrada de la gente. Vigilantes de raza negra, vestidos con típicas chaquetas de guardaespaldas, escogen a los jóvenes que pueden entrar y sobresale la protesta atolondrada del que ha bebido más de la cuenta y al que únicamente le resta la esperanza de un encuentro azaroso con colegas nocturnos para seguir la fiesta en un piso de alquiler si no quiere despedir definitivamente la noche subiéndose a uno de sus coches normales que avisan que están de servicio porque tienen pegados en sus puertas delanteras grandes adhesivos amarillos donde pone "Taxi privado". Cinco policías, curiosamente no muy altos, y tocados con el casco de bobbys otean desde lejos los tropeles de jóvenes que buscan proseguir la noche en uno de los garitos, mientras miran de reojo la furgoneta antidisturbios que descansa como en un reservado en una de las bocacalles menos iluminadas. Hace frío, pero algunas chicas llevan escotes de verano. Me sorprende que no se muevan con atractivo femenino sobre los zapatos de tacón. Usan un inglés farragoso y como escupido en un tono mucho más alto del que frecuentan durante las horas del día. En las puertas de los bares los gorilas se concentran casi con disciplina de marines para evitar que nadie inoportuno se les cuele hasta la barra. La noche se empapa de humedad y sobre el puente del ferrocarril, cerca del albergue, vuelve a pasar con velocidad aplanada el enésimo tren.

    Su sonido es idéntico al que volveré a escuchar tres días después, de vuelta también al albergue. Allí, y como las noches anteriores, sabemos que volveremos a ver a Gladys. Urbano se acerca al telefonillo y aprieta el timbre a la espera de que ella nos abra. Fue nuestra última noche en el albergue. Ella tarda más de lo acostumbrado. Es cierto que por ser nuestra última noche hemos apurado más las horas. Cerca del albergue, a unos cien metros, hay una casa de dos plantas que, dos días antes descubrimos, era una taberna distinta, a mitad de camino entre restaurante, pub y discoteca. La regenta un hombre de unos 60 años, de maneras tranquilas, que lleva un pañuelo azul amplio sobre la cabeza. Nos presenta y se rejuvenece al dirigirse a él, a su pareja: un joven chipriota que llegó a Oxford tres veranos antes. También atiende la barra una mujer francesa que no acepta comer jamón, una bandeja de supermercado que trajimos de España y que hoy llevamos de aperitivo. Nos dice que es ortodoxa y que no come carne en los días de Cuaresma. En nuestra última visita, nos invitaron a beber las cervezas en la zona que la taberna reserva como discoteca. No hay apenas luz y recuerda las discotecas españolas de finales de los años 70, las que coronaban la pista con una bola de pequeños mosaicos de cristales que servían para reflejar la luz hacia el suelo mientras se pinchaban las canciones de música lenta. Nos hemos resistido a decir adiós a los taburetes y al cedé de cantantes hispanoamericanos que el joven chipriota ha puesto en nuestro honor. Cuando llegamos a la puerta del albergue nos sorprende que haya una luz muy tenue en el pasillo. A Gladys la conocimos la primera noche. Volvíamos con esa actitud de indulgencia que se conceden quienes disfrutan de la amistad de la noche, enaltecidos por concluir el día después de dos mil kilómetros de viaje como si no fuera la primera vez que paseábamos por la noche de Oxford con la familiaridad con que incluso se ven los lugares nunca antes conocidos cuando las rondas y la conversación te hacen sentir ciudadano y vecino de cualquier parte. Nada más entrar al albergue aquella primera noche, Gladys nos pidió que la enseñáramos la copia de llave que cada uno llevábamos de nuestra habitación. Estaba detrás de la recepción y nos llamó la atención la cortina metálica que cerraba de arriba abajo el mostrador. Con docilidad de extranjeros le mostramos las llaves y en su mirada quisimos atinar un gesto mezclado de reprobación y aceptación; reprobación porque no habíamos dudado en salir desde la primera noche dejando a nuestros hijos al cargo de las profesoras de la excursión, y de aceptación porque parecía admitir el deseo urgente de estos padres españoles de zambullirse en la escapada nocturna con la avidez que merece un viaje que no se sabe cuando se repetirá. Miguel la primera vez no la entendió, cuando oyó la palabra "Key" -ki- le pareció escuchar que ella decía que le diera un beso -kiss-, pero al ver que le enseñaba una de las llaves que tenía en el cajetín, rápidamente comprendió. Aun así y como chiquillos insaciables que están a la ocurrencia que cae, bromeamos con aquella nimiedad, apalabrando entre nosotros que antes de volver a España efectivamente le daríamos un par de besos a aquella mujer de expresión alejada que luego resultó ser la inefable Gladys. Supimos cuando muy al final rompimos el hielo, que había venido de Kenia diez años atrás. Se encargaba de la vigilancia nocturna del albergue. Vivía en una pensión donde tenía alquilada una habitación con baño y donde tenía que compartir el comedor y la cocina con otros huéspedes. Se mostraba especialmente orgullosa de su hija, que vino con ella la primera vez que viajó a Inglaterra y que ya trabajaba de enfermera en un hospital de Londres. Cuando hablaba, me llamaba la atención el fondo acuoso de su mirada y el color muy rojizo de su lengua con el que pronunciaba un inglés sedoso y resbaladizo, algo así como el español de los tinerfeños, dándole una profundidad de hechicera sabia a sus palabras con las que volvía en su rememoración ante nosotros a la nostalgia por su tierra de origenl. Por eso aquella última noche, cuando Urbano tocaba el telefonillo, ya habíamos decidido que sería Félix, tal vez el más formal y prudente entre nosotros, quien le daría los besos. Gladys se retrasó en abrirnos. Nos dijo que había estado en la segunda planta pidiendo a cinco niñas de nuestro grupo que dejaran ya de conversar y de moverse en su habitación porque su pulular nervioso y despierto traspasaba los tabiques y convertía el pasillo en un rumor persistente de risas ocultas y entrecortadas. Disculpamos a las niñas. También para ellas era ya su última noche y al día siguiente dormirían en la normalidad plana de sus habitaciones de casa, por eso excusábamos, y al hacerlo también lo pensábamos hacia nosotros mismos, esa última excitación como si fueran burbujas finales de una gaseosa casi vacía que se quiere apurar para saciarse hasta con la última gota. Gladys, con el retintín de quienes se acostumbran a saludar repetidamente el final de la fiesta de otros, nos volvió a pedir desde el mostrador que enseñáramos las llaves, pero esta vez le dijimos que sólo las sacaríamos de los bolsillos si salía de la recepción y venía con nosotros al vestíbulo. Sonrió porque algo se barruntaba como si ella también admitiera que nuestra despedida no podía ser tan escueta, limitada a la repetición de un último good night cuando ya no habría más desfiles de aquellos padres españoles que simulaban vanamente una respetabilidad aceptable al regreso de sus cervezas de medianoche. Gladys salió, miró cómo Félix venía hacia ella con diligencia casi matinal, y partícipe de nuestra intención cruzó un par de besos con él mientras Virginia, Juanjo, Miguel y Urbano abrían sus teléfonos móviles para enseñarles después a los dos las fotos hechas con su kiss. Se repitieron otros besos con cada uno de los demás y le dimos al gesto una atención inusual tal vez porque era la única persona que habíamos conocido en este viaje a la que despedíamos efusivamente y en esa salvedad comprendíamos las pequeñas diferencias que nos hacen hijos de una cultura y no de otra, en un país donde el saludo no tiene la prontitud de roces y mejillas que ofrecen el inicio y el final de los encuentros en España. Y ella accedía placenteramente en la complicidad de un instante que ya no se produciría al día siguiente y que es posible que la noche posterior le hiciera echarnos de menos porque se había acostumbrado a nuestras llegadas a la una de la mañana con esa intención cómica de pasar desapercibidos en un silencio de vestíbulo deliberadamente imposible de mantener, acuciados por alargar nuestras conversaciones más allá de la lógica que nuestro propio sueño nos dictaba. Volvió Gladys detrás del mostrador y la vimos cómo ordenaba llaves que a la siguiente mañana ya se entregarían a nuevos inquilinos. Antes hablando con ella, había comparado el calor y el sol de su país al de España y recuerdo que no fuimos capaces de componer del todo aquel símil porque ninguno sabía realmente qué textura de tacto húmedo o seco tiene el calor keniata. Pero poco importaba porque ella en esa búsqueda de concomitancias parecía conformarse con la añoranza de su sol para regalarnos de esta forma un detalle de cercanía que nosotros sin darnos cuenta admitimos más íntimamente de lo que nuestras respuestas mostraron. Cinco minutos después, soñé que ella pasaba por el pasillo junto a la puerta de nuestra habitación y que volvía a reprendernos con voz de caricia y de guiño porque seguíamos hablando. No era un reproche, era un adiós otra vez, para cerrar en silencio el eco de los finales que tuvieron nuestras noches de Oxford y que Gladys siempre selló pidiendo una llave efímera que sirvió para recordarlo así.

    Como aquella mañana previa que de nuevo habíamos salido temprano del albergue. Enfilábamos por segunda vez la Road Street, pero ahora lo hacíamos andando, viendo los mismos lugares que durante la primera mañana habíamos conocido desde el autobús turístico. Pasamos de nuevo por delante del restaurante español, pero nadie tuvo la curiosidad de traspasar la puerta. Yo solo me fijé en el póster que colgaba de una de sus cristaleras donde se veían fotografías un poco descoloridas de paellas y costillas rebozadas. Nuestro destino era el Christ Church College. Cruzamos por la gran verja para ver, desde la senda que lleva hasta la fachada central, cómo se agranda el dibujo de sus pináculos bendecidos por un sol aún brumoso que se desprende con pereza y lentitud de nubes legañosas. Félix se desvía del grupo y se interna apenas cien metros por el prado. Busca la maraña de ramas de un roble donde quiere fotografiar la alternancia de claridad y umbría que saetea como los agujeros de una celosía el trozo de hierba que el árbol sombrea. Rosario, Begoña, Azucena y Marta se han quedado atrás. Esperan a que yo llegue para que las fotografíe con el fondo de un sauce a sus espaldas. Quieren entregarme sus cuatro cámaras digitales y como tengo miedo de que alguna termine en el suelo decidimos apoyarlas sobre la madera humedecida de una baranda. Se pasan los brazos sobre sus hombros y me piden que me apresure. Se acerca un grupo de estudiantes franceses con el centelleo de voces y bromas que avisa de su propósito de llegar cuanto antes al college. Me da tiempo a tomar instantáneas con dos de las cámaras que he cogido del pasamanos. Ellas se mantienen firmes y a la vez naturales en su pose. Pero no me da tiempo a hacer la tercera. Los primeros excursionistas del grupo francés cruzan ante mí y uno de ellos sonríe artificialmente ante el objetivo dejando un borrón desenfocado que me hace perder el encuadre de las niñas. Ellas deshacen por un momento el entramado de sus brazos entre sí y esperan a que toda la fila pase. Cuando los franceses ya se han ido cambian su posición, pero vuelven a enlazar sus brazos ahora alternando hombros y cinturas y queda su mirada adolescente y colegial detenida en el tiempo fijo de dos nuevas fotos que ellas luego celebran revisándolas con algo de felicidad y rutina. Salimos corriendo porque pensamos que nuestro grupo ya ha entrado en el edificio. Gemma nos mira y nos dice que no hace falta correr. En el college ya habíamos estado durante nuestra primera tarde de visitas, pero veníamos a ver su gran salón. Pilar Reyes había prometido a los niños que conocerían el hall que sirvió de comedor de Hogwarts en la película de "Harry Potter y la cámara secreta". Una reunión privada de profesores y antiguos alumnos impidió que pudiéramos verla el primer día y ahora volvíamos para conocer por fin la sala. En la taquilla le habían dicho a Pilar que primero entraría la excursión francesa y ella decidió reunir a los niños junto a uno de los bancos del paseo a la espera de que llegara nuestro turno. La profesora aprovechaba visitas e intermedios para que sus alumnos practicaran inglés. Después de dos planos que hice a los ventanales superiores de la fachada, decidí grabar con la cámara de vídeo la clase improvisada que ella de nuevo iniciaba al hilo de cualquier argumento. En el albergue les había dicho a los niños que no se sintieran sorprendidos por que les pareciera el salón del collage más pequeño del que habían imaginado viendo la película de Harry Potter. Era más pequeño y más austero, les recordó, pero eso no quería decir que no mereciera la pena estar allí esperando para que a la vuelta a España les dijeran a sus amigos que ellos lo habían visto de verdad. Y en la espera, Pilar Reyes volvía a hablar inglés cargando la separación de las sílabas para hacer más visibles las palabras. Movía su cabeza para reclamar con los ojos la atención de sus alumnos y les hacía preguntas relacionadas con los libros de Joanne Rowling. Con entonación musical dejando caer el final de sus preguntas, animaba a que alguien le dijera en qué animal se transformaba Minerva McGonagall, la subdirectora de Hogwarts. Y dos o tres voces dispersas repetían en inglés "en gato, en gato". Continuaba preguntando cuál era el nombre verdadero de Lord Voldemort, el enemigo de Harry, y sólo Margarita tras dos segundos de concentración supo responderla "Tom Sarvolo Ryddle". Parecía como si las manos de Pilar tuvieran más fuerza que sus propias palabras porque era su movimiento arriba y abajo siguiendo la construcción de la frase, el que refrendaba el sentido de la traducción espoleando la rapidez de reflejos de los niños para que le dieran la respuesta adecuada a cada una de sus preguntas. Y las cuestiones se enrevesaban para mantener la atención de los muchachos y motivarles en el juego de recordar personajes y detalles de las aventuras del joven mago. "¿Qué es la aritmancia en las películas de Harry?". Y es ahora Fernando el que desvela con un inglés de fuerte acento de niño español, "la ciencia que estudia la magia de los números". Los padres mientras tanto esperan ante la entrada del collage con miradas triviales al primer patio que está detrás de la taquilla y observan de vez en cuando qué hora marca el reloj añorando tal vez diez minutos más que hoy hubieran podido ganarle al sueño.

    Nos avisan desde la entrada que ya podemos pasar. Un vigilante ya mayor vestido al modo inglés con abrigo largo y bombín nos saluda sin palabras y con el índice nos muestra la galería que lleva al salón. Tiene un parecido extremo con el actor Morgan Freeman y se lo digo mientras extiendo la mano para saludarle. Me la acepta y sonríe concisamente, un esbozo entre sus labios que parece confirmar que se lo han dicho ya muchas veces y que tampoco es cuestión de volver a hablar de un parecido con el que seguro ha toreado cientos de mañanas en conversaciones similares. Los niños han subido las escaleras corriendo y su expresión queda en suspenso cuando ven que la pequeña puerta que da acceso al hall está cerrada por una malla de verjas. Esperan su turno porque lo único que pueden hacer es tirar unas cuantas fotografías desde esa entrada. Pilar estaba en lo cierto. Se percatan de que efectivamente la sala rectangular no tiene la dimensión de amplitud y esplendor que se veía en la película de Harry Potter, y un poco por la obligación de demostrar que han estado allí pulsan sus cámaras desganadamente mientras observan cómo tres operarios vuelven a colocar cuadros en las paredes del hall. Me fijo en los niños y es como si huyeran de esta raya de imagen plana que la sala les produce, como si prefirieran guardar en el mecanismo de su memoria el color y la grandiosidad cinematográfica que este lugar tiene para ellos y que identifican con las expresiones de júbilo y fascinación que Harry, Hermione o Ron mostraron la primera vez que llegaron a Howgarts. Cuando han abandonado la verja siento una cierta intriga por el interior de esta sala e intento descifrar, tras leer su historia en un folleto, qué murmullo de palabras llenó estas concavidades mientras fue lugar de reunión de los parlamentarios del rey Carlos I durante la guerra civil inglesa. Y me pregunto también cómo estas estancias pudieron recrear la imaginación de Charles Dogson para contarle a Alice Lidell, la hija pequeña del decano, historias y ficciones que luego fueron escritura de "Alicia en el país de las maravillas". No sale el sol con plenitud, no es capaz de abarcar con golpe puro de dominio la anchura del patio principal del college. Nuestro Morgan Freeman no nos deja bajar para pasear por el sendero circular que rodea el verde geométrico del claustro. Desde el fondo se ve la cúpula pizarrosa e ilustrada de la Tom Tower y con la cámara de vídeo juego a hacer un zoom para grabar en medio del encuadre la figura rechoncha de otro vigilante que deambula de un lado para otro, ajeno y náufrago a las suposiciones de historia y de relatos que estas paredes me hacen imaginar. Mientras marchamos hacia la biblioteca, Pilar no deja que los niños se embelesen por la pequeña decepción que les ha supuesto ver el ficticio comedor de Howgarts y los vuelve a atrapar en su juego de academia volviendo a pedir que alguien le diga cómo se llamaba la niña fantasma asustadiza de la segunda película. "Myrtle, la llorona", dice Margarita. “Y ésta es de nota”, pregunta la profesora, "cómo llamaban también a Harry". Alfredo y María levantan la mano. "The boy who lived", contesta el pelirrojo, -el niño que vivió-, mientras María recuerda su segundo nombre "el elegido", pero no sabe decirlo en español, entonces Pilar baja de nuevo su mano y abriendo su boca en un círculo rítmico y despejado subraya "The chosen one". Tal vez Charles Dogson se abandonó a los mismos juegos de ritmo y confabulación en sus paseos de historias con la pequeña Alice. Tal vez estas paredes lo sepan, pero callan, no sueltan la prenda preciosa que viste de literatura el arco de agua de una fuente en medio del claustro donde la escultura de un cuerpo joven corriendo parece llevarse, dándonos la espalda, todos los secretos que pertenecen al collage y que sólo se prestaron puntualmente a Lewis Carroll y a los hechiceros del celuloide que una vez vinieron para convertir su sala rectangular en un comedor inmenso donde cientos de niños hablaban animosos para comenzar cursos extraños de magias desconocidas y conjuros infalibles. Suenan los ecos de una nueva pregunta de Pilar, pero ya no la escucho, me acerco con mis manos a un zócalo húmedo y en su sobriedad mojada todo el edificio me parece una isla a cubierto donde sólo el siglo XIX sigue gobernando más real que las voces que vienen de nosotros, y pertrechado ante los flashes con la misma ecuanimidad con que el último vigilante nos despide quitándose el bombín mientras salimos sin prisa y nos volvemos a refugiar en la tramoya de pasado y arte continuo que se perpetúa también quedamente en las calles de Oxford.

    Es curioso cómo de los lugares visitados se adhieren a nuestro recuerdo pinceladas extraídas de aquí o allí que no narran un discurso completo, una sucesión fiel al trazo milimétrico de un viaje bien descrito, son más bien fogonazos e inconexiones que, cuando después volvemos a pensar en sus etapas, se nos aparecen tozudas y graníticas, aunque quisiéramos recordar otra cosa, aunque nuestro pensamiento se esforzara en devolvernos rincones que sabíamos eran más hermosos, pero no hay nada que hacer, la consistencia de esas pinceladas se congela como una roca y nos dominan como dueñas feudales de nuestro imaginario. Me pasa cuando recuerdo el palacio de Blenheim, a doce kilómetros de Oxford. Estoy con mi hija en sus jardines italianos esperando a que otros niños se acerquen hasta nuestra escalinata. Paula guarda en su mochila lo que al mediodía no hemos querido comer: la tartita de coco y fresas, una más de las que ya se nos hacen pesadas porque son las que siempre nos ponen en el albergue, y un pequeño cartón de zumo de piña que no hemos querido beber. Miguel, cubierto con su sombrero verde de viajero de safari, muerde un sándwich sentado en el banco más lejano justo al lado de la fuente de Bernini, y de vez en cuando levanta la vista hacia el lago del palacio. Es una lámina de agua muy calmosa, quizás hoy adormecida por este sol sorprendente que tiene algo de recuerdo español porque en el sur se repiten en abril estos mediodías donde la tibieza del calor de primavera hace desear no un pequeño sueño sino un breve cerrar de ojos para extender el rostro en busca de algún rayo suave y vislumbrar esa luz albero y oro que permanece en nuestras pupilas cuando nos dirigimos al sol con los párpados cerrados. La lentitud de Miguel mordiendo las rebanadas me hace imaginarlo con el deleite del viajero que descansa en una vera del camino y disfruta de los intervalos como los destellos más íntegros de la ruta porque están libres de la prisa de ver un nuevo lugar y son una tierra de nadie que ni pertenece a los paisajes ya conocidos de antes de la partida ni al destino ávidamente deseado por el valor que hemos dado a lo nuevo.

    He colocado la cámara de vídeo sobre las peanas de las esculturas que puntean el jardín y grabo planos de los setos y de las curvas de los chorros que a veces mojan el exterior de las fuentes por una brisa a deshora. Y mientras muevo el visor, me regresa la figura altiva y a la vez en penumbra de una mujer de cuello largo que he visto en uno de los cuadros del palacio. Me he quedado con su nombre porque la guía lo pronunció lentamente para que los niños de la excursión lo recordasen: Consuelo Vanderbilt. Su historia tiene la infelicidad de las sagas familiares poderosas y acaudaladas que construyen el destino aspirando obsesivamente a nuevos éxitos materiales y soterrando la posibilidad de un camino menos pretencioso, pero que hubiera propiciado al menos algo de bonanza y ventura. A finales del siglo XIX, el ducado de Malborough, propietario del palacio, estaba en bancarrota. Charles, el heredero, decidió que la única puerta posible para asegurar la pervivencia del abolengo era cerrar un matrimonio con la hija de un magnate norteamericano que granjeara dinero para el apellido inglés y título aristocrático para la familia del otro lado del Atlántico. Propuso el trato a un capitalista de una compañía de ferrocarriles, William Vanderbilt. El noveno duque de la saga Malborough recibiría como dote dos millones y medio de dólares y la hija del empresario sería por fin duquesa. Consuelo estaba enamorada, a sus 18 años, del hijo de un astrónomo, pero su madre la encerró en su habitación hasta que aceptase la boda nobiliaria. El enlace se celebró en 1896. Con aquel dinero, el duque pudo reformar y ampliar las estancias interiores y terminó el diseño de los jardines que ahora grabo con mi cámara. El rostro laxo de su mujer en el cuadro parece como el reverso de la belleza flagrante que habita cada poro de estos setos y fuentes y propone un círculo incompleto donde la entera armonía no es posible por mucho que las imágenes se esfuercen en refrendarla. Hay un instante en que mi vista vuelve a guiarse por los pasos discretos que Félix de nuevo emprende con su cámara de fotos camino de las grandes praderas que se abren al este del palacio. Estoy a punto de seguirlo, pero me entretengo sacando planos de la gente que toma té, chocolate y refrescos en los veladores de la cafetería del Blenheim y sólo me percato de que su hijo Alejandro y mi hija lo siguen para ver dónde se interna. Ya de vuelta al albergue, Félix me dirá que ha sacado las fotos que más le han gustado del viaje, que ha vuelto a ensimismarse con los pequeños detalles: la brizna puntiaguda de una hierba, los pináculos versallescos del palacio vistos desde lejos, o la sonoridad vulnerable de una cascada donde sacando instantáneas de la caída del agua ha querido guardar el rumor de la orilla sólo disputado por el chasquido lento de cada uno de sus pasos antes de volver a tirar más fotografías. La libertad solitaria de Félix o el gusto de Miguel por mirar sin prisas mientras apura su sándwich a la sombra de una obra de Bernini son las esencias últimas del placer de los viajes, una minúscula célula donde habita y crece la plasmación de la calma, el trozo íntimo de las cosas que luego se cuentan de otra forma o con más énfasis.

    Cuando ya de vuelta en España viajábamos en autobús hacia Extremadura dormía a mi lado Antonio Maza. De noche, el brillo de la luna caía sobre sus cejas y su respiración lenta y muy callada me hacía saber que estaba muy dormido. Gemma, en la última fila del autobús, me hablaba de que en junio viajaría a Chicago para presentar su tesis doctoral en la Universidad donde había estudiado e impartido clases durante ocho años. Dueña de ese inglés fluido y rápido que le había escuchado en los días del viaje -se es bilingüe, me decía, cuando sueñas en inglés- yo me preguntaba por qué había regresado a dar clases a España cuando podía haber seguido en la Universidad americana. Y novelando inventaba sin que ella me dijera nada que seguro que había una historia de desengaños amorosos, un romance con un profesor colega que le dejó secuelas de amor y que ella quiso poner en destierro surcando distancias de más de ocho mil kilómetros. Volvía a reírse y me decía que por qué no escribía historias que no se me daba mal. Y yo la suplicaba que me confesara si podía haber algo de lo que yo decía o era todo una suposición descabellada. Y ella escapando como si metiera en un cajón las tapas de su diario, sólo me respondía que ahora lo que más le preocupaba era ultimar bien la tesis de junio. No la acucié más y como Antonio cerré los ojos. Estaba en Oxford, en nuestra habitación del albergue. Juanjo se había vuelto a despertar y mirando de nuevo por la ventana repetía "una nueva mañana gris en Oxford como otra cualquiera". Los dos sabíamos que al día siguiente en el sur los azules de nuestra tierra volverían a reencontrarnos con el friso de nuestros cielos de siempre. Y aunque sé que no sería capaz de acostumbrarme a pasar meses en Oxford acurrucado a sus grises, los eché de menos en la tibieza del sueño que en el autobús me vencía, ilusionándome de nuevo con un paseo por la George Sreet o escuchando violines en el pub a la orilla de los abriles del Támesis. Soñando, Juanjo, con esa mañana como otra cualquiera. La que nos despierta en el albergue donde nos dan un nuevo picnic para viajar un poco más por la luz recordada de un lugar llamado Oxford.

  • VALES DESCUENTO

    José Tomás se daba una habilidad especial para localizar enseguida el código de barras de cada artículo. A lo mejor ni siquiera era habilidad, sino repetida costumbre porque se le veía muy suelto en el manejo de la caja registradora y cada vez que tenía que pasar el código por el lector de la pantalla rápidamente se oía el pitido que confirmaba que el producto había quedado grabado en la cuenta final del cliente. Es cierto que podía haber un bote de gel o una lata de alcachofas o guisantes que se le resistiese, más probable tal vez las bolsas de asas donde la gente metía la fruta o las verduras del autoservicio, pero no dudaba un segundo, tecleaba con una concentración no forzada los números de barra y sin dejar descansar la bolsa o el bote los echaba a rodar sin dilación hacia el otro lado de la cinta. Él sabía su nombre porque lo acababa de leer impreso en la plaquita que José Tomás llevaba sujeta con una pinza sobre el bolsillo de la camisa azul claro del uniforme de los trabajadores del hipermercado. Para él, llegar hasta la caja registradora y esperar su turno no era un fastidio, un punto y final tedioso que retrasase fatigadamente el acto de pagar la compra. Se entretenía mirando cómo el cliente anterior comenzaba a colocar las latas de cervezas o los packs de yogures sobre el inicio de la cinta y cambiaba la dirección de sus ojos al hilo del manoseo de un niño que jugaba a llevarse a la boca los envoltorios de los chicles que se ofrecían en cestas de plástico delante de las chapas de aluminio de cada caja registradora. Le parecía que la máquina estaba a punto de estropearse cuando escupía lentamente y como a sobresaltos de eyaculación el tique de compra y los vales de descuento, que salían después medio cortados por una línea de papel agujereada y muy fina. Él se había acostumbrado a guardarlos con pulcritud de anciano, y de tantas visitas al mismo centro comercial sabía calcular con buen ojo cuántos vales saldrían en función del importe de la compra. Si tenía alguna mañana libre podía aprovechar una hora que ganaba a cualquier otra cosa, para acercarse hasta el híper con el propósito de comprar esas tres o cuatro bagatelas que por la noche apuntaba en la cocina, en la libretilla de los olvidos. Y es posible que no fueran judías, hortalizas, embutidos o botellas de refresco imperiosamente necesarias para ese mediodía, pero se entregaba a ese menester con el aire gustoso de saber que al final guardaría el par de vales descuento que como mucho le correspondería por aquella compra tan famélica.

    Había hecho un pacto secreto con aquel hipermercado. O mejor dicho lo había hecho con sus propias costumbres, con la condición de ceremonia con que a veces vestimos las minucias como si éstas grabaran en la fisonomía de los tics personales una huella dactilar única e irrepetible. Pero en la medida que aquella manía le parecía peculiar y hasta un punto imaginativa, aunque en el fondo también la supiera muy ilusoria, mantenía el pacto invisible, derivándolo a una nostalgia de su juventud que, sin reconocerla del todo, no quería abandonar en medio de un mar de olvidos sin mapa.

    En sus visitas al centro comercial, le gustaba ir hasta las estanterías donde se ordenaban los cedés de música. No paraba en el pasillo central, donde se ponen a la venta los discos recién estrenados de las estrellas de moda. Se iba a los laterales, donde los discos que él buscaba se apiñaban en filas de siete u ocho volúmenes haciendo difícil el repaso de cada título. Con precios que oscilaban entre los seis y los ocho euros eran antiguos LPs de los años 70 u 80 reconvertidos a cedés que a él le hacían revivir sugerencias y rememoraciones soterradas, muy cálidas cuando fueron portada de discos de vinilo o de cintas de casete. Y tal vez lo más placentero no era verlos sino coger la cuadrícula de la caja envuelta en el plástico tenso para pasar las yemas de los dedos por la silueta de los dibujos o las fotos del anverso y del reverso e imaginar casi como un ciego cómo aquellas portadas fueron recorridas por los mismos dedos veinticinco o treinta años antes, cuando de su funda surgía como una promesa de felicidad aquel vinilo que rodaba por la esquina abierta de la carátula y concluía en el equipo de música del salón de casa, en el disco bar de los inviernos del BUP o en las reuniones con las chicas de las fiestas de fin de año, disfrutando de unas canciones que ya no eran del todo nuevas, descubiertas con el ojo de exploradores pacientes en las máquinas de música de los garitos de rock.

    Aquel rincón del supermercado le sometía con una determinación que él aceptaba dócilmente y sin disimulo, tan próximo a la voluntad de un niño que ir hasta allí era sentir la fuerza de un imán mágico como el que lleva a los pequeños a las pinzas de las cajas de golosinas. Pero quería esconderlo un poco, sentía rubor de admitirlo tan llanamente y buscaba artificios para eludir el atractivo de aquella afición. Pensaba como todos lo hacemos en la madurez, con esa necesidad de explicar atildadamente lo que buscamos, con la plausible porción de sentido práctico que supuestamente debe tener todo lo que hacemos, una cincha de la que solo libramos al sexo cuando en las islas de la intimidad volvemos a ser benditos juguetes del capricho y el puro goce. Por eso ideó aquel juego banal del pacto secreto adhiriéndolo a su conciencia tan estrechamente que había terminado por no parecerle una justificación sino un modo hábil de aparentar lógica en la conservación de un afán juvenil.

    En el ordenador de casa tenía instalado el E-Mule y todos los discos que regresaban a su memoria viéndolos en las repisas, podía descargarlos cómodamente conectándose al programa. Pero sentía insípido aquel impulso de autómata, porque para él aquella música no era sólo una recopilación de sonidos, la escucha de temas más o menos gratificantes. Para él, era una resurrección de otras vidas, de capítulos que tenían el argumento completo de historias reconocibles. Hay cosas que reconstruyen certeramente el perfume y los perfiles del imperio de la juventud y para él aquellos discos tenían la consistencia amorfa, pero real de esos nimbos desperdigados en el aire que inopinadamente nos devuelven evocaciones hibernadas. Como el recuerdo de un rock salvaje bailado en la discoteca "Los Robles" o la primera cinta de Status Quo que él puso en el radiocasete de aquel Peugeot 205. Antes de enamorarse de los viajes alados que la música de Génesis le enseñó a imaginar intrigado por aquella portada con un hombre plácido que soñaba dormido sobre el banco de un parque mientras una mujer con paraguas lo miraba en la misteriosa escena intemporal de "Selling England by the pound".

    En la última funda de la cartera guardaba el dinero y en la penúltima, los vales descuento. A fuerza de manejarlos se daba buena maña para ordenarlos siguiendo mentalmente la distribución física del hipermercado. Los de bebidas los colocaba justo detrás de los que correspondían a los expositores de carnes y huevos, y los relacionados con la limpieza los dejaba para el final pegados a los vales de perfumería y baño porque las secciones se sucedían en calles paralelas antes de cruzar a las cajas registradoras. Nada más llegar al híper sacaba la cartera y volvía a repasar los recibos: "Tres por ciento de descuento en fruta hasta un máximo de cuatro euros por compras superiores a 50 euros”, "Diez por ciento de descuento en cualquier variedad de cerveza especial, estándar o sin alcohol", "15 por ciento en panadería", "Diez por ciento en productos de desayuno: galletas, cacao, infusiones o cafés"... Sabía disciplinar su compra a esos detalles. Sólo compraba los artículos en rebaja cuando realmente los necesitaba, pero se daba tanta habilidad que no dejaba escapar ningún descuento del que tuviera vale. No le resultaba un hábito obsesivo, simplemente lo había adaptado a su forma de manejarse en el hipermercado. E iba calculando mentalmente cuánto dinero iba ahorrando para darse el premio, para santificar ese pacto ingenuo y entretenido yendo antes de marcharse hasta las estanterías de los discos y comprar el cedé de algún álbum antiguo con los seis o siete euros teóricamente ahorrados. Jugaba de esta forma a creer que le salían gratis, que era tan fácil como bajar las canciones por Internet minimizando su alianza con esos discos que en el fondo le devolvían como reliquias renovadas un trozo de vida transcurrido con los símbolos que aquellas músicas le concedieron. Era una manera simulada de atemperar el vigor evocador de sus portadas y de sus libretos como si hubiera necesidad de no mostrar del todo lo que es una tentación del puro capricho. Los vales descuento eran el escudo, la careta para no ir de frente a la búsqueda dando una racionalidad supuestamente veterana al impulso que por la ley de las décadas cumplidas se refrena y ya nunca más se ofrece con arrebato adolescente. En ese filo manso a mitad de camino entre las poses y las pequeñas ilusiones, el recurso a los vales era su pócima útil para equilibrar pragmatismo y soltura. Era como disfrutar de una ráfaga de 20 años en la proporción adecuada que se puede beber de ella cuando ya se tiene más del doble. Sabía los términos del protocolo y es seguro que más de una vez pensó que tenía que desatarlos, huyendo de la opacidad de las acciones ambiguas y tirándose al barro para comprar todos los discos que le gustasen simplemente porque sí. Pero no era capaz de adherirse sin tapujos a la espontaneidad, ya domado en parte por las reglas del convencionalismo que, entre amigos, le estipulaban que “para qué comprar discos si estaban en la red”. Por eso, en esa ranura de los vales encontraba la puerta de escapada a los dogmas adosados, entregándose mediante este inocuo zigzagueo a lo que en el fondo quería. Objetos de música para volver a pisar unas huellas, sonidos en un discman o en el reproductor del coche para seguir sabiendo, al mirar el estuche del cedé, que el tiempo conserva una línea continua que enlaza todas las etapas, aunque el propio tiempo las diluya y entrecorte.

    Abría la caja del compacto con una devoción casi religiosa, atraído, nada más abierta, por el libreto que se desdoblaba como un tríptico para ver fotografías de músicos de los años 70, como las de los componentes de Yes cuando sacaron "Going for the one", donde John Anderson, Steve Howe o Rick Wakeman aparecen sonrientes ante las orillas de un lago con ese fondo de ensoñación y mística celeste que rodeaba al escucharlas sus propias composiciones. Y se deleitaba siguiendo las letras impresas de las canciones, en una costumbre que no era suya y que aprendió del profesor de inglés del instituto que les animaba a estudiar y a disfrutar del idioma siguiendo la entonación o el brío de cada canción y bisbiseando como si por un segundo tu voz camuflada estuviera también en la grabación y de repente la reconocieras por los bafles.

    Cada cedé era el baluarte sigilosamente añadido al depósito de su colección afectiva, recuperando en sus formatos pequeños los elepés que vivificaron fines de semana en los cursos del bachillerato, sorprendido por ejemplo cuando un día sin esperarlo conoció la música de King Crimson, a la que se acercó por la voracidad de aquella carátula que le enseñaron en clase Antonio Torres y Pedro Benítez. La portada era una cara enrojecida de ojos asustados y temibles, replegados ante la extensión de cueva de una boca totalmente abierta y de unas fosas nasales que se perdían en la negrura de un interior enigmático. El disco se llamaba “In the court of King Crimson” y no podía creer que aquella música ya se hiciera en 1969 cuando él todavía era un niño. Y así, como un coleccionista exigente de mariposas exóticas, había vuelto a tener "Breathless", de Camel, con la mirada hacia el cielo de un camello feliz en un atardecer cuadriculado de ocres tranquilos e irreales. O las manos sobre la reja en el firmamento estrellado y negro del "Crime of the century", de Supertramp. Y las gafas negras de Rocky Sharpe vestido con chaqueta rosa y solapas negras mientras los Replays abren sus manos y giran sus labios para hacer el coro en Rama Lama Ding Dong . O la pasión por los Ramones con aquél que él pensaba que fue su mejor directo y que se titulaba "It´s alive", grabado el día de Nochevieja de 1977, con Joey llevando la pancarta de uno de sus gritos de guerra "Gabba, Gabba, hey". Los cuatro miembros del grupo con tanto vitalidad y raza que él seguía viendo aquella instantánea como una foto de ayer mismo, insumiso al paso del tiempo y a la penetrante crueldad de saber que hoy tres de esos roqueros ya están muertos.

    Si ahora pudiera volver a tener 18 años, se extrañaría posiblemente de su imagen en este futuro ya cumplido, ligando dispersamente, en su destino discreto de clase media, la rutina de hacer la compra con el rescate de sus discos de aquella edad. Pero no le importunaba reconocerlo porque en el detalle iluso de esta costumbre ingrávida, pugnando con las voces del pragmatismo y la norma correcta, pataleaba el alma de adolescente que siempre persiste en nosotros y que a él se le desvelaba así, volviendo a colocar sobre una repisa de casa los discos que eran la reconstrucción de su primera juventud.

    Una tarde de 19 de marzo, al volver del trabajo, su hija mayor guardaba una caja azul envuelta en un papel de regalo sujeto con trozos de celo muy pegados a sus bordes. Los fue retirando con cuidado y vio que era un MP 4. Supo conservar la delicadeza y la expresión de agradecimiento que merecía su hija por ese detalle en el Día del Padre, y sólo ya por la noche cuando volvió a ver la caja sobre la mesa del ordenador, le ascendió un escalofrío incomprensible y dubitativo. Aquel MP 4 era una concreción demasiado imperiosa del tiempo actual, como si las fronteras de las edades ya no tuvieran la gradación escalonada que él sí describía para su propio tiempo. Le parecía el MP 4 el aterrizaje en casa de nuevos cultos que era imposible relacionar con la aproximación a la música que él tuvo muchos años antes y como no hallaba asideros o vínculos de recuerdo, veía ese aparato con la sensación de extrañeza que recorre al extranjero cuando pisa un país nuevo. Leía las instrucciones del MP 4 y le retumbaba como un eco vacío y mudo ese inconmensurable poder de almacenaje, donde se podían llegar a tener casi diez mil canciones para escuchar sin tiempo posible una extensión de músicas desbordada. De esta forma, él no era capaz de asumir que todo el misterio de seducción, tacto y memoria que las carátulas, los libretos, las cintas o los vinilos habían tenido en su juventud desaparecieran en la desnudez tecnológica y absoluta de aquel pequeño objeto. Era como si el MP 4 le desposeyera por completo de la excusa de guardar aquellos vales descuento para seguir comprando cedés. Si él se había resistido a la acumulación vaga y numérica de las canciones del E-Mule, si él se sentía abuelo prematuro en la que medida en que no se reconocería colocándose los auriculares del artilugio y despojando el paisaje de su música, de la herencia visual que recibió de ella. Se dio cuenta de que el tiempo del MP 4 no le pertenecía y de que no haría absolutamente nada para merodear por él. Dejó el aparatito en la mesa, repasó en un afán de reivindicación confirmada si aún tenía algún vale descuento que le pudiera servir para la compra del día siguiente, y cogió la hoja escrita con las cosas necesarias para reponer el frigorífico y las bandejas de la cocina. Cuando durante la mañana posterior, veía cómo José Tomás pasaba como un rayo los artículos por la caja, dejó para el final en el carrito de la compra el cedé con la foto de dos hombres que se saludaban hieráticamente mientras uno de ellos comenzaba a consumirse bajo un fuego destructor. Al escuchar el pitido tras pasar por el lector, se preguntó si José Tomás habría leído que bajo la foto ponía "Wish you were here". Nada más pagar, él abriría el compacto para volver a recordar letras y pormenores de la historia de Pink Floyd. No existía, no era tal, no había pacto secreto que devolviera euros ahorrados en forma de antiguos discos. Pero él seguiría alimentando la extravagante ilusión para no descolgarse de sus pasiones pretéritas, para no sucumbir a la coronación nueva e invencible del MP 4. La que ya sí de forma definitiva escoraba como piezas de museo materias que fueron cresta del presente veinticinco años atrás.

    "Cuatro por ciento de descuento en la compra de champús, espumas de afeitar, desodorante y colonias", "Ahorro de tres euros en su próxima compra de carne, conservas y pastas". Guardó los vales que el cajero le entregó tras el pago de la cuenta y ya pensó en un disco de "Alan Parsons Project". En su carátula en verde destacaba el filo de un ojo de lágrima egipcia que se podía ver fácilmente sobre la tercera balda de los estantes de música. Tal vez, se regateó a sí mismo, con el dinero que ahorre de la próxima compra. Recordó su título “Eye in the sky” e intentó adivinar cómo volverían sus yemas a recorrer los dibujos para desvelar exactamente qué curso estaba haciendo cuando lo oyó por primera vez.

  • TINTA DE PERIÃDICO

    Leía atento y disfrutando de cada palabra los párrafos de aquel relato de Antonio Muñoz Molina. Sentarse al aire libre, bendecido por el sol tibio de aquella primavera adelantada, era para él como un premio, como una dulce consolación que le hacía olvidarse de las cosas más densas del día construyendo con una memoria que quería fotográfica las imágenes que podía imaginar guiado por la historia del libro, en un ejercicio muy placentero, pleno del goce que supone evadirse de los paisajes más materiales y trasladando esa materialidad a la ficción poderosa y sugestiva del autor de Úbeda. Era el último relato del libro “Nada del otro mundo” y en la medida que veía las pocas páginas que ya quedaban de esa última historia que se titulaba “La gentileza de los desconocidos”, voluntariamente leía más despacio porque no deseaba que aquel momento terminase, porque su conclusión era volver a saber que a las dos y media tendría que regresar a casa a comer y que mañana las horas cubrirían todos los itinerarios entre las obligaciones del trabajo y de casa. Por eso no quiso saber el desenlace de la extraña historia y cerró las tapas del libro, entreteniendo sus pensamientos en la escena calmada que tres niñas protagonizaban en el parque casi abandonado al lado del cine El Bosque. Jugaban a hacer comidas y a vender hortalizas y frutas como si fueran tenderas. Sobre trozos sepia de hojas de periódico y servilletas de papel que él no llegaba a atinar dónde habrían encontrado, las niñas derramaban puñados de arena e inventaban nombres de menús distintos para cada uno de aquellos platos de ficción. Y con cucharas invisibles hacían el gesto de llevarse bocados hasta sus labios, simulando que masticaban con hambre excesiva y hablando entre sí de lo rico que estaban los manjares cocinados. Porfirio Iriarte se daba cuenta de lo inmensamente gozoso que era aquel segmento del mediodía y se resistía a marcharse.

    Años atrás, el disfrute de aquellas horas se habría desgranado leyendo el periódico, pero era consciente de cómo se había alejado con el tiempo del universo descrito en las columnas y en los reportajes como un desertor, como un náufrago que no quisiera volver a una tierra firme que un día le sirvió para sostener algunas convicciones, las que luego se le volvieron débiles e inconstantes en el oleaje de tendencias editoriales que le hacían casi intuir antes de verlo el sentido de los titulares dispares y cotidianos de El País, El Mundo, El Periódico o La Razón. Se acordaba de sus años en la Facultad de Periodismo y de su afición a debatir con José Miguel la ilación de motivos que se exponía en cada artículo de opinión intentando introducirse como una gota de aire en la mente y en la lógica del periodista que exponía su criterio porque entonces sí creían en la búsqueda de razonamientos sólidos para discernir una aproximación a los acontecimientos, no huyendo de la complejidad de los temas y a la vez indagando, mediante una cirugía a las palabras, de cómo se transitan los deseos de veracidad para mirar las realidades. Pero muchos años después Porfirio se fue rindiendo ante la constatación de cómo los columnistas ajustan su sensibilidad a la pauta que la empresa editorial comanda y, aunque es legítimo por parte de propietarios y periodistas concertar que pongan su escritura al servicio del orden de las cosas que el diario encarna, le entristecía que esa disciplina llegara hasta una colina donde francamente no atinaba a separar hasta qué punto el convencimiento del periodista le lleva a un matrimonio fijo y muy acoplado al anillo de pedida reiterado y continuo que el periódico le propone. Y los veía o los escuchaba en las tertulias de televisión o radio y le sorprendía la coincidencia plena de sus comentarios con las tesis de sus empresas como si más que ellos mismos fueran portavoces o representantes de los puntos de vista previamente adoptados en las ediciones matinales de sus medios. Porfirio se preguntaba incluso qué parte del juego le corresponde al azar. Se sale de la Facultad y se envían los currículos a distintos periódicos en la búsqueda de un contrato. Hay uno que se fija en ti y te ofrece probar con ellos. Y si el tiempo da vida a la progresión de una carrera que se asienta y se premia, ese hilo también gana cuerpo con la asimilación fértil y prolongada de los valores que la empresa defiende. De tal forma que otros valores hubieran podido ser finalmente los expresados públicamente por ti si otra hubiera sido la empresa que te contrató. Viendo a aquellos tertulianos centraba su curiosidad sobre todo en la claridad de su coincidencia con el alma amplia de las tesis más arraigadas de sus empresas, de tal forma que desistió un día de buscar algún canal de televisión o emisora de radio donde por ejemplo hubiera podido escuchar a un periodista de El País cuestionar siquiera mínimamente la versión oficial de las investigaciones del 11 M o a otro de El Mundo descartando la existencia de conexiones realmente sólidas entre Eta y los terroristas islámicos. Y jugaba cuando ya no escuchaba sus palabras, a imaginar qué cosas dirían si sus pies estuvieran cambiados, si la otra hubiese sido la empresa que tiempo atrás les hubiera contratado. Este escepticismo turbio que le anegaba, le había llevado a decir muchas veces que la libertad de prensa no es realmente una libertad individual, que es ante todo una libertad empresarial porque sólo son ellas las que en su capacidad cotidiana de influir y orientar, alimentan o prefiguran los puntos de vista de los grupos ciudadanos. E incluso llega un momento en que son como cocineros que sirven a los lectores los platos de opinión que previamente saben les gustará leer. Tiempo atribulado y posiblemente inamovible donde el oficio apenas cruza las rayas del rectángulo que la línea editorial esmeradamente diseña.

    Aquel estímulo de la Facultad compartido con José Miguel, ahora Porfirio lo recuerda con la sonrisa temblona de quien desentierra pecados de juventud, sin saber exactamente en qué momento dejó de creer en la presunta e imposible objetividad de las hojas volanderas y cuándo empezó a resultarle demoledor cómo la ideología previa de los periódicos actúa como un gran hermano que cubre con velo fino, pero perceptible, el gran buque de palabras que levanta cada día la atalaya de una cabecera. Aquellos días de deleite con la prensa fueron dando paso a otros donde la lectura seguía siendo la esencia de la costumbre, pero ahora variada, distinta, subyugada por las atmósferas de creación de escritores que le proporcionaban mundos donde poder viajar, botellas en el mar más sugerentes de las que tiempo atrás creyó ver en el tacto de tinta y olor a hoja que tantas veces le habían acompañado en sus lecturas de periódicos. Y así sabía que al día siguiente teclearía por las páginas de Internet para visitar las librerías on line y pedir, ya lo sabía de antemano, “El camino de los ingleses” de Antonio Soler o “Las horas detenidas” de Ramón Solsona. A Porfirio le gustaban las narraciones que no tuvieran demasiados diálogos, era más amante de las descripciones, de los desplazamientos interiores que buscan sacar a superficie las caras invisibles de las inquietudes y las zozobras como si hubiera dado un volantazo a sus inclinaciones y ya no quisiera la tramposa narración escueta de los acontecimientos, la huella de una navegación que le pudiera traer vestigios de la tierra despedida de los periódicos.

    Ya había pasado el 10 de marzo de 2007. Se acordaba de esa fecha porque la mañana de ese día, bien temprano, había estado en la biblioteca pública. Antes de comprarse un libro le gustaba cerciorarse de que su contenido llegaría a cautivarle. Y no lo pedía prestado en la biblioteca sino que prefería comprarlo abriendo así una relación que le parecía más leal con las invitaciones o sugerencias que intuía vendrían con sus historias. En la primera planta, entraba rápidamente a la sala de novela, poesía, ciencias sociales y religión, y fijándose en las letras que sobresalían indicando la inicial del apellido de los autores, de forma aleatoria elegía un espacio entre las estanterías, no más de un metro, para abrir por la mitad los volúmenes de ese tramo de los anaqueles esperando ilusionadamente un flechazo, la lectura de un párrafo que le permitiera seguir la fluidez de la escritura sin cortes, como una sinfonía a la que se adaptara sin ninguna obligación, prendido del masaje cálido y penetrante que a veces surge de las palabras y del castillo que intuyes es la forma de su historia. Pero por unas cristaleras abiertas, le llegaba el sonido de autocares que habían parado en la acera contraria a la de la estación de autobuses. La biblioteca y la estación compartían una rotonda no muy lejos de los jardines al lado del río, pero no era frecuente escuchar los motores de los autobuses porque seguían camino por una calle lateral hasta la entrada a los hangares. Pero estos dos estaban justo debajo del edificio de la biblioteca recogiendo a personas de diferentes edades que llevaban en sus manos pancartas enrolladas y que algunos de ellos, al saludarse, se ponían en la cabeza gorras con un dibujo en el centro del escudo de España. Porfirio dedujo rápidamente que eran gentes que viajaban a Madrid para participar en la manifestación que el Partido Popular había convocado aquella tarde en contra de la respuesta que el Gobierno de Zapatero había dado finalmente a la huelga de hambre del etarra Iñaki de Juana Chaos. Vio cómo un matrimonio joven había ido a despedir a un hombre y a una mujer mayores que se dirigían al niño que traían de la mano para pedirle un beso. Pero el pequeño se retraía, buscaba refugio tras el abrigo de quien seguramente era su padre y jugaba con sus dedos moviendo su labio inferior para hacer sonidos traviesos que Porfirio podía imaginar, aunque no los escuchase desde la ventana abierta. Supuso que eran los abuelos del niño y los dos, tras intentarlo en vano, terminaron por subirse al autobús mientras la joven pareja retrocedía seis o siete pasos siguiendo posiblemente el recorrido de los abuelos hacia los asientos posteriores.

    Porfirio no pudo evitar un vago filo de inquietud, el mismo que le hizo desvanecer las cuatro o cinco ideas claras que tres años antes aún le acercaban a la política con un propósito de convicción. Admitía las limitaciones y los clichés de una democracia joven como la española y en ese sentido reconocía que no es justo exigirla el pulso más formado de otras con más tradición como la francesa, la británica o la holandesa. Aún así pensaba que se había ido ganando terreno para una vida pública más madura, más hecha, que era posible concebir debates públicos aupados de mayor altura intelectual para tomar distancia de maniqueísmos rancios. No le gustaba que en España haya siete u ocho millones de personas que llueva, truene o granice, voten por inercia al PSOE, y que otro tanto llevado también por el mismo automatismo casi futbolero, haga lo propio a favor del PP. Creía que un valor en democracia es disponer de una amplia franja social que guiada por una actitud sin prejuicios y con sentido común tenga capacidad de mover las mayorías sociales que determinan los Gobiernos. Y saber que ese segmento en nuestro país sólo lo ocupan como mucho dos millones de personas, le despertaba un cierto deseo de desistimiento, de voluntad de escapada a un tiempo de futuro que él quería imaginar más ligado a sus presupuestos. Para él, no era normal que en las encuestas sociológicas sólo un seis o un siete por ciento se identifique de derecha cuando en los países de Europa lo frecuente es ver cifras del 30 ó 40 por ciento, libre del tópico que aún guarda en España esa identificación conectándola, en el camerino de nuestros perjuicios y viejas culpas, con el franquismo, sus sombras y fantasmas. Como si el PSOE o el PP estuvieran muy lejanos y no fueran en su última esencia práctica, gestores del fruto más nítido de la doctrina de derecha –la economía de mercado-, bien anclada además por las directivas y compromisos a los que la Unión Europea obliga.

    A principios de 2004, esa arquitectura de al menos dos o tres principios conservados comenzó a venírsele abajo. Ya antes había percibido señales que le llevaban a la desazón y a la tentación de huida. Había leído y observado las pendientes por las que asomaban las discusiones sobre la guerra de Irak y aunque procuraba informarse de aquel tema acudiendo a las revistas especializadas, no veía que los comentarios en la calle o en las tertulias de radio o televisión esbozaran un camino didáctico que intentara acercarse con cierto rigor a los pormenores de las decisiones que estaba tomando por entonces el Gobierno de Aznar. Porfirio veía natural que hubiera gente que se opusiera a ellas. Faltaría menos, pensaba, porque ésa es la esencia de la democracia y es en el cruce de los prismas donde se da vida a una opinión más formada. Lo que no le gustaba y le alimentaba la intención de lejanía era el recurso creciente a la emotividad como instrumento para movilizar los puntos de vista, como si valiera con activar tres o cuatro ideas-fuerza para tener ya la decisión firmemente tomada, para no contrastarla con matices que pudieran al menos levantar una cierta curiosidad de por qué la otra parte había asumido iniciativas que no eran fácilmente comprensibles y que, de algún modo, tenían que responder a motivaciones que podían ser discutibles, pero que no podían ser despachadas como el fervor torpe y enajenado de un gobernante. Todas aquellas percepciones que habían hecho crecer un runrún en el pensamiento de Porfirio se extendieron como una mancha de aceite en los días posteriores a los atentados del 11 M. Y fue ahí donde se le cayó aquel pequeño puñado de principios que él creía asentado y que en realidad, comenzó a pensar, fue sólo una recreación voluntariosa de su manera de querer interpretar las cosas de la vida pública.

    Y esas mismas señales le vinieron de nuevo a su mente aquella mañana del 10 de marzo de tres años después. Zapeando ya esa tarde con el mando del televisor, se detuvo durante algunos minutos en Telemadrid. Retransmitían en directo la manifestación por el desenlace de la huelga de hambre del etarra. Su mente fabricaba con prontitud una suerte de espejos colocados el uno frente al otro que le hacían viajar, como si ahora las viera, a las manifestaciones en contra del Gobierno de Aznar. Separadas por el tiempo, pero no por el aire de recuerdo, podía colocarlas en cuadrículas de igual geometría dispuestas para una comparación donde las piezas encajan en la misma esquina o en la misma parte central. Y se acordaba de los eslóganes y de los iconos en una precisión de versiones que se repiten y que devuelven las mismas cargas, aunque con otro argumento, de emotividad. Le daba la sensación de que las campañas políticas habían comenzado a tener en España una escenografía similar, repetida para despertar sensaciones y compromisos exteriores que con dos o tres vueltas de tuerca propiciadas por los partidos ya están disponibles para ser servidos en la calle. La reiteración le parecía un paralelo de raíles de tren. Durante las fechas de las movilizaciones por la ocupación de Irak, las solapas aparecían con las chapas del “Guerra no”, y ahora en la convocatoria del PP las chapas tomaban la forma del alfiler y el lazo azul para regresar a la iconografía del espíritu de Ermua. Incluso en los lemas el viaje no alejaba sus límites de frases de igual alusión. Si antes era “Guerra, en mi nombre, no”, ahora se convertía en “Rendición ante ETA, en mi nombre, no”. Con lugares emblemáticos para escanciar la imaginería de rechazos similares. Si el lugar del icono antibélico era concentrarse a cien o ciento cincuenta metros de la embajada de Estados Unidos en Madrid, el escenario para revelar la oposición a la decisión de Zapatero era la plaza de Santo Domingo donde un grupo de jóvenes guardias civiles fue asesinado por Eta. A Porfirio la parecía como si los mismos estrategas que habían movido el “Guerra no”, ahora hubieran sido contratados por la otra parte para desplegar el no a la negociación del Gobierno con Eta.

    Y en la adjudicación de epítetos se repetía torpemente una demonización igual y ramplona. Aznar era el asesino y el lacayo de Bush, y Zapatero, el traidor y el vendedor de patrias ante el yugo de Eta. Posiblemente Porfirio no hubiera tenido tan en cuenta toda esta parafernalia de simplismos si no fuera porque tres años atrás esta misma parafernalia encontró una circunstancia de encaje, la consumación de una realidad que sirvió para dejar correr por sus vértices la conmoción de una enorme tragedia. Nuestra escasez e impericia como sociedad, pensaba Porfirio, fue no disponer de mecanismos al margen de los partidos para haber introducido aquellos días fatídicos en torno al 11 M corrientes de opinión no vinculadas al dilema de lucha por el poder que enfrentó al Partido Popular y al PSOE. Todo se movió en los remolinos de esa pugna y en ese paisaje a Porfirio le quedó el recuerdo amargo de no haber leído en los periódicos españoles artículos, editoriales o análisis que abogasen por otra aproximación a la estela de la tragedia. De esto tuvo plena conciencia cuando sucedieron los atentados de Londres el 7 de julio de 2005. Porque entonces vio que un país no se partía en dos, que no había una exigencia de pulsión repentina que pedía al Gobierno noticias de la investigación sobre las explosiones cada cinco minutos, porque no se cargaba sobre el Gobierno la culpa implícita de una tragedia por haber apoyado a Estados Unidos en su intervención en Irak. Se afanó por ver en Internet la reacción de los periódicos ingleses al mazazo que suponía el asesinato de tantas personas y sintió que, a pesar de las diferencias, la sociedad civil estaba por encima de las estrategias partidistas. Justo la apreciación contraria que él guardaba del 11 M, donde les mostramos a los políticos que si una estrategia de acción política con claros acentos emocionales encuentra un engarce, una coyuntura de conexión, da réditos en la pelea por el poder. Y eso lo aprendieron todos.

    Tomando un café en un bar cerca del trabajo, Porfirio había escuchado una conversación de dos sindicalistas que hablaban de las manifestaciones del PP contra el Gobierno al hilo de las imágenes que el Telediario ofrecía sobre la que una semana después se celebró en Pamplona. Se quejaban del hastío que les producía ver ese viento de crispación en la calle y del uso que hacía el PP de realidades más complejas de las que los lemas de las pancartas podían abarcar. Porfirio no había mostrado un interés deliberado en escucharles, pero en la medida que sus frases seguían enrocándose en la misma espiral de argumentos, se acordaba, en una ciudad tan pequeña, de haberlos visto tres años antes en las manifestaciones contra la guerra, y le sorprendía que no surgiera en la conversación entre ellos el mínimo atisbo de autocrítica como si el aire de crispación no hubiera existido tres años antes, como si la razón de sus motivaciones fueran tan altas que no merecieran ni por casualidad el contraste con los impulsos que ahora llevaba a otra gente a pronunciarse en la calle y como si aquellas realidades fueran tan diáfanas que las pancartas entonces sí podían describirlas con certera razón.

    El sencillismo es una tentación de largo aliento que funciona con trazo seguro en el relato de un debate público que tira de las emociones. ¿Por qué no hubo en aquellos tres días de marzo una corriente ciudadana de pensamiento que hubiera propuesto sensatamente un retraso de las elecciones para dos o tres meses después? ¿Por qué cuando Mayor Oreja lo sugirió, pareció un anatema que sólo mereció el reproche acalorado de que era el síntoma desde el poder de un intento de golpe de Estado? ¿Por qué no hubo el mínimo atisbo de contactos que al menos hubiera podido intercambiar entre los principales diarios nacionales la posibilidad de un editorial en común como había habido otros años antes en momentos duros de la Transición para solicitar mesura y una vocación superior por respeto a más de 190 muertos? Creía Porfirio que unas elecciones, dos o tres meses después, habrían dado la victoria también al PSOE porque el Partido Popular no supo trasladar a la sociedad las razones de su apoyo a la intervención norteamericana en Irak. Pero es tan nítida la tentación de los partidos en articular cualquier ranura para activar emociones en los debates que si no existe una sociedad inoculada para evitarlo, los políticos de deslizan por esa vía y su paso ya no tiene marcha atrás. Sentía envidia. Ésa era la palabra: envidia, de cómo se había vivido una tragedia similar en Inglaterra. Y le dolía saberse habitante de una democracia que no tiene muchos años, que no tiene la hondura y también los defectos que sólo otorga la construcción política heredada de la mano del tiempo. Se preguntaba cuántas bazas Irak nos deparará el futuro. Si ahora porque la galvaniza el PP en su no a las conversaciones políticas del PSOE con Eta o mañana porque gobiernen los primeros y el PSOE impulse también otras campañas de roce de piel y ruido para doblegar al contrario. Qué triste, se decía él, cómo el PSOE siguió explicando su victoria con el argumento del castigo a un Gobierno que mintió, intentando alejar la sombra cruda de que sin aquellos atentados no habrían llegado al poder y qué triste, repetía, la obsesión del PP por agarrarse a la devolución de un tiempo roto como si una moviola hubiera podido dar marcha atrás y aquella mañana pudiese haber sido como otra cualquiera. Y en ese círculo de sueños intranquilos, le aplanaba la sensación de penumbra, la orfandad de no encontrar refugio en las voces de palabra y pensamiento, de no reflejarse en la polarización cansina de periódicos, televisiones o emisoras de radio. Muchas veces echó de menos el inconmensurable placer de pasar las hojas de un periódico en la calidez suave de las mañanas de domingo en primavera. En la delectación de un artículo que le hubiera hecho pensar, que le hubiera invitado al goce de comprender el porqué y las formas de los paisajes sociales. Y fue desertando, y la lectura le alejó del tedio de los titulares previsibles y enfrentados según quien los firme, echando de menos una España que le diga a sus políticos que no quiere peleas que se alimenten de la emotividad. Pero fracasamos todos, porque aquellos días de marzo les dijimos que la emotividad vale para conseguir poder y ellos seguirán utilizándola cada vez que encuentren la posibilidad propicia. No se trata de dejar de debatir. Todo lo contrario: de saber debatir, en ese terreno donde las razones de fondo emergen y se disponen para el conocimiento y la duda razonable. Porque ni Aznar fue un lacayo en un giro de política internacional que obedecía a criterios, ni Zapatero un traidor por un intento del final de Eta en el espacio de las posibilidades políticas. Los dos con sus aciertos y sus errores, pero con la gran carencia del vértigo del poder, ése que te hace participar en manifestaciones donde cuelgan pancartas que dicen “Las bombas de Bagdad caen en Madrid” o “Zapatero traidor, deshonras a los muertos”. Realidad de perfiles fatuos que mueve pulsiones, que nos arrastró como una avenida cuando no supimos afrontar la tragedia y que sigue con nosotros con la debilidad de las cosas nuevas –al fin y al cabo nuestra democracia- que necesitará muchos años para ser o intentar ser otra cosa.

    No sabría decir cuándo ya no llevó un periódico hasta el parque, sólo recuerda que un día cogió “Ventanas de Manhattan” y viajó con Muñoz Molina a las calles de Nueva York. Quizás echó de menos la tinta de las columnas o un artículo de verbo muy pegado al detalle de un evento del día anterior. Pero comenzó a deleitarse con el susurro intenso de los mundos creados y no echó la vista atrás. Tal vez escéptico, es verdad, pero sólo cavilando extraviadamente si aquellas niñas que arrojaban arena sobre dobleces de papel, se preguntarán algún día sobre algo parecido o simplemente lo verán como obsesiones antiguas de un tipo extraño que ahora las mira mientras ellas disfrutan de esta mañana de abril. Quién lo sabe y que más da porque Porfirio Iriarte sólo espera el próximo paseo hasta la biblioteca del barrio para curiosear entre los lomos de un nuevo libro que tal vez encargue mañana para abrirlo a no mucho tardar en otro parque de domingo.

  • EL KINDERTRANSPORT

    Soy un niño de ocho años que pega su boca y sus manos al gran cristal del mirador de la estación de Chamartín. Un niño que cuenta con sus dedos, moviéndolos levemente sobre el cristal, el número de trenes que ve estacionados en los andenes con un crujir de motores que transmite un frágil temblor al suelo de la planta alta donde los pasajeros esperan. Los techos de las marquesinas otorgan a los andenes una configuración de pequeña ciudad como si el movimiento de los hombres con gorras tirando de los carritos llenos de maletas y la imagen de personas que se apresuran detrás de ellos para subirse a los vagones vivieran en una dimensión independiente del ajetreo que bulle en la planta alta. Creo que es principios de septiembre. No lo sé muy bien. Sólo sé que el calor del estío más duro ya ha terminado porque mi hermano Juan Pablo, al aprobar el curso en la escuela, subió hasta Zaragoza para pasar el verano con mis primos en Castiello de Jaca. Y yo vuelvo a pronunciar el nombre de ese pequeño pueblo y recuerdo cuando lo escuché nombrar por primera vez. Me parecía una alusión lejana y mágica a un lugar que estaba en un confín, con el ritmo de sílabas “Cas-tie-llo de Ja-ca” que se apresuraba a formar en mi mente una inspiración de aventura de dragones, señores medievales y castillos, muy cerca de una mancha marrón en el mapa llamada los Pirineos que por las conversaciones de mis padres yo dibujaba entre grandes montañas y muy próxima a otro mundo, que llamaban Francia, y que percibía con la descripción de tierra aparte que ellos daban a ese país en la medida que allí se hablaba el idioma que mis hermanos estudiaban en los cursos posteriores y del que yo rehuía porque me era imposible entender esas palabras que ellos intentaban pronunciar hundiendo la lengua bajo la garganta.

    Mi madre le ha dado un plátano a mi hermano Luis y mis tíos José Mari y Pepa calientan un potito para dárselo a mi primo José Luis. Yo he cogido un trozo de la tableta de chocolate y con mi boca pegada al cristal intento desprender con la lengua algún grumo que se ha quedado fijado al borde de las muelas. Vamos camino de Aragón para recoger a Juan Pablo y el viaje y la expectación de distancia absoluta que esa experiencia ha despertado en mí no me deja dormir. Y eso que nos levantamos muy temprano. Que a las seis de la mañana el conductor del autocar de Auto Res ya estaba poniendo nuestro equipaje en el maletero y que el olor de gasoil quemado que salía del tubo de escape no me resultaba desagradable en el aire matinal del garaje donde descansaban otros autobuses que ningún conductor venía a arrancar. Era mi primer viaje importante. Desde Villanueva de la Serena no había visto paisajes diferentes a los que eran una costumbre casi veterana de mi infancia y que se unían a nombres de pueblos como Santa Amalia, Ruecas, Rena, Villar de Rena, Entrerríos o Puebla de Alcollarín. Por eso me excitaba hasta el detalle de escuchar palabras que no me decían mucho, pero que en mi incredulidad de niño de pueblo crecían en mí con una nueva emoción sabiendo que tendríamos que coger la carretera nacional hasta Madrid –una carretera que suponía debía ser muy importante- o que cruzaríamos el puerto de Miravete. Y a mí ese puerto me parecía extraño porque el maestro en clase nos había pintado en la pizarra con las tizas de colores, puertos que estaban al lado de las líneas ondulantes de un imaginario mar y yo no era capaz de entender del todo a mi tío cuando me decía que también están los puertos que atraviesan las carreteras entre montañas de interior.

    Ya eran las tres de la tarde y a pesar del largo viaje en autobús hasta Madrid, el sueño era un amigo desconocido. Quizás en algún tramo por las tierras de Toledo me pude quedar dormido, ahora no lo recuerdo, pero sí me parece guardar una imagen muy viva de la sucesión almenada de las calles de Madrid, sorprendido por la cantidad de coches que se cruzaban o adelantaban al autobús y por la extensión de calles que llegaba a sentir un poco irreal, acostumbrado al territorio abarcable del pueblo donde cada uno de sus puntos cardinales concluía en eras donde los niños de las escuelas jugábamos al fútbol los sábados por la mañana. Pero mi mayor fascinación se ligó rápidamente a la acumulación de vías férreas que se veía desde la estación de Chamartín y a la salida y llegada continua de trenes que se sabía de antemano por el movimiento de letras y números en las casillas de grandes paneles, por encima de las ventanillas, donde se podía leer también como un anuncio de grandes ciudades los nombres de Valencia, Bilbao, La Coruña, Barcelona, Sevilla o Santander. Toda aquella explosión de imágenes, lugares, alturas y realidad siempre mutante no era capaz de digerirla con el tiempo mínimo para construir al menos un sueño de dimensiones posibles en el imaginario de un niño de ocho años. Era una saturación, una superación de la curiosidad que aunque dispuesta para nuevas sorpresas ya no era capaz de activarse ante la llegada de tantos estímulos hasta ahora desconocidos. Me sentía incluso como vigilado cuando el sonido de una breve musiquilla avisaba de una nueva información que un señor daría por los altavoces colgados del techo o de los vértices de las columnas. Y me quedaba expectante como un jugador de lotería escuchando por la radio el sorteo del Gordo mientras esperaba que la voz dijera Zaragoza y le adjudicara un andén al que nosotros dirigirnos. Las cosas mínimas tenían la fuerza irreprimible de una novedad absoluta porque incluso intentaba calcular cuántos andenes podía haber allí escuchando los avisos repetidos: “Señores pasajeros, el tren de largo recorrido con destino a Cádiz saldrá a las quince treinta por el andén 14”. Y esos números subían al 24 o al 29 en nuevos mensajes que dotaban de mayor longitud a una estación que me era imposible ver del todo aunque contara trenes pegando dedos al cristal del mirador.

    Todo me regresa a borbotones, a impulsos de pensamientos rápidos que ahora me acompañan 37 años después, en esta noche de marzo, mientras veo esta película que compré por casualidad en la sección de libros y discos de El Corte Inglés de Badajoz. Mi mujer se había quedado en la quinta planta viendo las rebajas de la moda femenina y yo, aburrido, había bajado para curiosear entre portadas de libros, cedés de los años 80 y vídeos donde elegir quizás una película barata. Directamente me había ido hasta las esquinas de los expositores donde siempre se exhibe material en oferta y allí seguro que podría encontrar algo que me valiese porque lo único que deseaba era llevarme un par de DVDs que tuvieran banda sonora y subtítulos en inglés para hacer oído. Recuerdo que elegí sin dudarlo una de Tom Hanks y que miré con reparos la segunda que cogí entre las manos porque era un documental y porque pensé que tendría banda sonora únicamente en alemán al ver que trataba de los años del nazismo. Tontamente me entretuve en el gris leve de la carátula y al leer los créditos en el reverso supe que venía en inglés por su título original “Into the arms of strangers”. Había sido premiada en los Oscars de 2000 y me di cuenta de que la narración la hacía Judi Dench, una actriz británica de la que me encantó su voz cuando la oí por primera vez en “Mrs. Henderson presenta”.

    Fueron ocho euros los que me gasté en las dos películas y ahora me sentía avergonzado porque dudé de aquel documental, embriagado esta noche por la aparición de paralelismos injustificados que su relato ha ido trayéndome sorpresivamente para trasladarme en una pirueta inverosímil a aquel viaje infantil hasta Castiello de Jaca. Porque nada había en común entre los testimonios que ahora veía de estos hombres y mujeres de más de 68 o 70 años cuando ellos eran niños de ocho o nueve y porque su historia era la indagación de un tiempo duro del pasado que ellos alimentaban de humanidad y de miradas profundas, desgranando cada una de sus experiencias en una encrucijada que fue la expulsión de su niñez y de su identidad. El blanco y negro de las imágenes hábilmente elegidas por el director de la cinta, Jonathan Harris, recuperaba con mucha capacidad de presente, el esqueleto y el músculo de ese pasado para hacerlo sentir como una parte muy viva del momento actual de sus protagonistas. Entre 1938 y el año siguiente, diez mil niños judíos y de otras minorías tuvieron que salir de Alemania, Austria y Checoslovaquia con destino a Gran Bretaña cuando el nazismo comenzó a incubar su obsesión de limpieza étnica y aniquilación. Estos hombres y mujeres que ahora, en su vejez, miran a la cámara y recobrar facciones de niños, a través de fotografías guardadas, son una muestra resumida de aquella encrucijada, de aquel paso del Rubicón que les dejó una huella para toda la vida, nunca libres del peso de oprobio y marginación que un régimen grabó para siempre en sus historias. Y es en este bucear en sus ocho años, en la salida de un tren que una mañana de diciembre les alejó de la estación de Berlín, el que a mí me suscita una búsqueda inesperada, un regreso a mis ocho años en una situación y en un fotograma de mi biografía que nada comparte con la realidad de ellos, que casi es excesivo en mi voluntad de recuerdo, pero que se aproxima a mí sin que apenas lo pretenda.

    La anormalidad no irrumpe en la vida con estridencia. Aparece incluso envuelta en el brillo cauteloso de una mañana de marzo del 38, cuando los nazis se anexionaron Austria y colgaron por las calles de Viena grandes banderas rojas, con un círculo blanco impreso en el medio y una extraña cruz gamada que hace una forma curiosa sobre el bordado. Porque una esvástica, sin la connotación que luego adquirió, no es sinónimo de nada, se ve como se puede mirar la bandera de un nuevo país de África o el símbolo inocuo de una nueva franquicia de comida rápida. Ellos eran niños normales o así lo creían como los que les acompañaban en el tranvía para ir a clase o jugaban con ellos en los parques de pasajeras atracciones de feria. Solo un matiz alertó a Ursula Rosenfeld de una modificación que alteraba el orden natural que las cosas habían tenido en sus ocho primeros años de vida. Y ese cambio llegó precisamente el día de su octavo cumpleaños. Como en ocasiones anteriores, su madre había preparado una fiesta de cumpleaños. Lo que Ursula no pudo comprender entonces es que ninguno de sus amigos acudiera a la fiesta. No le dio un nombre ni esa misma noche, ni la siguiente ni la posterior. Sólo con el tiempo supo describir con los ojos cerrados qué tipo de soledad es la que acompaña la desnudez del ostracismo. Esa desnudez para ella y para esta gente que ahora habla en el documental, comenzó a materializarse como una difícil niebla recién elevada el 9 de noviembre de 1938, la noche de los cristales rotos. Ursula perdió a su padre aquella misma noche. Policías uniformados condujeron a familias judías hasta plazas y cruces de calles de Quakenbruck. El padre de Ursula intentó que no ultrajaran a los ancianos allí reunidos. Una bala acabó con su vida y la madre de Ursula tuvo que pagar dinero para que las autoridades le devolvieran las cenizas de su marido. A la niña de entonces, a la niña despojada que Ursula fue desde aquel mismo instante, siempre le persiguió como una obsesión irrevocable no tener la total seguridad de que las cenizas que les entregaron eran realmente las de su padre. Solo comprendió aquellos días que tal como le repetía su madre, tenían que salir cuanto antes de Alemania.

    El Kindertransport fue una iniciativa que acogió el Gobierno de Gran Bretaña para que en la medida que padres y madres judíos no podían salir de Alemania o Austria, al menos sus hijos sí pudieran hacerlo para ser recibidos en las islas por familias inglesas. Algunos de esos niños pudieron salir por avión, pero la mayoría lo hizo por tren cruzando la frontera por Holanda y desde allí viajando en barco hasta el sur de Inglaterra. Si en mi mente de niño, aquel verano de 1969, viajar hasta Castiello de Jaca era la consumación de un trayecto que yo creía ver entre confines, ¿qué dimensión de confín y precipicio tuvo aquel viaje para los ocho o diez años de estos niños de entonces? Incluso al verlos ahora, ya envejecidos y con las voces temblorosas que asigna el paso del tiempo, me hago con rubor esta pregunta, absurdamente sorprendido por este juego de paralelas al que me invita la mente en un salto de generaciones y circunstancias que no se parecen absolutamente en nada.

    Hedy Epstein creía que era un nuevo divertimento nocturno. Aunque le atemorizaba el tono que utilizaba su padre cuando la decía que si cualquier noche oía ruidos extraños por la escalera del edificio se escondiera en el armario del ático junto a su madre. Le preguntó por qué y en la falta de respuesta de su padre, en la expresión de gravedad de la que no surgía ninguna palabra, Hedy comprendió que no era un juego. El ruido de las botas sobre las escaleras efectivamente llegó y encerrada con su madre en el armario, recordó después a qué sabe el primer roce con el miedo, rodeada de una oscuridad absoluta que voluntariamente no se puede abandonar porque los pasos persisten en los rellanos y la respiración angustiosa de una madre avisa a su hija de la inminencia del acecho, del peligro de que ceda una puerta ante los golpes de extraños que pronuncian palabras incomprensibles y que entran finalmente en otro piso, con una sensación que queda en ti por un lado de alivio y, por otro, de culpa, porque sabes que tu tranquilidad temporal es el miedo que avanza irremisiblemente sobre el corazón agitado de alguien al otro lado de la pared. Aún así Hedy, obstinada en que su tiempo de niñez no había radicalmente terminado, no admitió que sus padres le dijeran que días después tendría que coger el Kindertransport. Y en su ofuscación creyó que sus padres no la querían, que ella era una niña gitana que ellos habían adoptado y que ahora deseaban abandonar. No fue hasta el momento justo en que salió el tren de la estación de Berlín, viendo los ojos desencajados de sus padres mientras le decían "te vas, te vas", cuando Hedy medianamente comprendió que había jugado a prolongar su niñez, que había querido ver celosamente una traición pueril que no existía y en el mismo vagón comenzó a escribirles una carta para pedirles perdón y decirles que les quería y que sabía que ellos también la querían.

    No sé exactamente a qué hora salió el tren de Chamartín. Creo que me debió parecer una feliz prolongación de la aventura observar cómo yo me subía a aquel ferrocarril tirado por una enorme máquina de color verde con ruedas enlazadas de grandes tiras de hierro mientras arriba se asomaba un hombre vestido con un mono azul esperando el golpe de un silbato y la subida de una bandera de un señor que con cierto aire militar miraba a un lado y a otro del tren comprobando que no quedara nadie en las escalerillas de los vagones. Es probable que yo me pusiera en uno de los asientos anteriores del compartimento porque años después seguía conservando un placer muy íntimo cuando subía a los trenes y me iba al último vagón para observar desde la ventanilla cómo se iban alejando las traviesas y los paisajes me despedían en una secuencia que seguía trayéndome consecutivamente nuevos campos, nuevos postes y nuevas estaciones. Y así me veía saliendo de Chamartín, dejando atrás las marquesinas, los familiares de los viajeros que volvían a las salas de espera antes de marcharse y la confusión de vías que surgía cuando ya no había más andenes y las direcciones de los trenes comenzaban a bifurcarse en dirección a destinos desconocidos que momentáneamente habían tenido una identificación en mi memoria recordando los nombres que había escuchado por los altavoces: San Sebastián, Valencia, Oviedo, Valladolid o Málaga.

    Cuando en diciembre del 38 salió el primer convoy del Kindertransport, la consigna compartida por los padres era decir a sus hijos que tres o cuatro semanas después, ellos también saldrían para reunirse todos en Londres. Pero Eva Hayman había intuido una ceremonia radicalmente distinta a ocasiones anteriores cuando su madre le preparaba la única maleta que ella le había dicho tendría que llevar. Tal vez fuera por la reiteración para que Eva se pusiera una cadenita con una cruz o que no se olvidara del oso de trapo que ponía sobre la almohada de su cama, o que la niña viera que en el fondo de la maleta su madre había puesto los pañuelos con sus iniciales bordadas que nunca antes le había dejado utilizar. Eran pistas de una circunstancia que no se parecía a ninguna previa porque Eva se acordó muchas veces después de que su padre tenía una confianza muy generosa en la condición amable de los seres humanos, una sensibilidad que nunca ella llegó a tener marcada por la separación a la que se veía condenada mientras otras gentes, tan normales como ella, proseguían con sus vidas como si nada trastocara la continuación de los días.

    La misma sensación de extrañeza que compartió Lore Segal aquella mañana de diciembre. Alguien la dio una tablilla con un número que coincidía con el escrito en su maleta. Y aunque su madre se esforzaba por mantener una normalidad de despedida ordinaria, el color de su cara palidecía con tanta rapidez que Lore intentaba creer en sus palabras, pero no podía evitar cerrar los ojos y seguir viendo la progresiva debilidad de los gestos y los tonos en la expresión derrotada de su madre. Solo ella, su madre, Franzi Groszmann, no pudo nunca olvidar el silencio de noche definitiva que invadió la estación de Berlín cuando el tren se marchó. Los padres en el regreso a sus casas no fueron capaces de hablar, la tristeza tuvo una fisonomía tan colectiva que no fue necesario describirla para saber que era su naturaleza más real, la de hombres y mujeres excluidos de una normalidad enferma para despedir, muchos de ellos para siempre, a sus hijos y a sus propias vidas.

    Hay una parte en "Into the arms of strangers" donde el viaje del Kindertransport atraviesa granjas y casas de campo rodeadas de tierras muy llanas, de agricultores que levantan trillas para remover el heno, de montañas levemente lejanas que son como concreciones apropiadas para un óleo de paisaje suave y fértil. Y no sé si es en esa tregua donde más me viene con claridad deliberada el regreso a mi septiembre de 1969. No me acuerdo, sin embargo, de casi nada del viaje entre Madrid y Zaragoza. Sólo me veo en esa noche de verano, sentado en los bancos de madera de una estación que se llama Casetas. Allí hemos parado porque por algún motivo el tren no ha podido llegar hasta Zaragoza. Alguien desde una ventanilla dice a mi tío José Mari que hacia la una y media de la madrugada llega un convoy, tal vez desde Burgos, que nosotros podremos coger para alcanzar nuestro destino. Mi tío se preocupa por mi tía Pilar, que nos espera ya en la estación de El Portillo y él no sabe si estará informada del retraso del tren de Madrid. El señor de la ventanilla le tranquiliza y yo creo que finalmente me duermo porque no he querido un bocadillo que me daba mi madre y las láminas del banco están duras mientras me acurruco a dos rebecas que alguien ha dejado muy cerca y me enfado con la extensión de un día que ya es demasiado largo y que persiste en su mandato de kilómetros y de olor a estación casi vacía.

    Justo antes de cruzar la frontera con Holanda, Lore Segal se acuerda que sintieron miedo en el Kindertransport. Pararon en la última estación de Alemania y vieron cómo subían policías que observaban con desconfianza a los niños y que éstos no devolvían las miradas, preferían mirarse entre ellos para no saber si alguien se fijaba demasiado en ellos, temerosos de que los ojos de extraños fueran el preámbulo de una indicación o de una orden para que bajaran del tren. Lore oía decir a las niñas mayores que las más pequeñas no se movieran y aunque éstas procuraban hacerles caso, sólo el hecho de que se hubieran dirigido a ellas actuaba como una señal que les provocaba traidoramente más nerviosismo y un temblor que podía atraer fastidiosamente la atención de aquellos policías. Sólo cuando cruzaron la frontera sintieron el contagio placentero del alivio porque las mujeres que las saludaban en la primera estación holandesa, las regalaban chocolate en un gesto de cortesía que las niñas recibían como un premio por haber sabido simular, más o menos, su temor ante los hombres uniformados que ya habían bajado de su tren y que ahora fumaban tediosamente al otro lado de una garita y de una baliza de colores blancos y rojos.

    Ya no recuerdo que cogiéramos otro tren entre Casetas y Zaragoza. Sólo llego a tener una sensación vaga de olor a carmín y mejilla pintada cuando la tía Pilar me dio un beso y que montábamos en un Seat 1.500 con un pequeño panel luminoso blanco sobre el techo en el que ponía taxi y con el que cruzábamos calles muy solitarias de luces altas amarillas tableteando sobre adoquines pálidamente brillantes con el reflejo de los faros del coche, que de vez en cuando se movía en vaivén cuando pasábamos sobre los raíles de los tranvías. Y ahí terminaba el recuerdo de Zaragoza. Al día siguiente ya íbamos en un tren regional, uno igual al pequeño de dos vagones que en Extremadura llamábamos el gallinero y que iba desde Cabeza del Buey a Badajoz en unas horas muy tempranas donde se veía sobre todo a la gente mal dormir mientras nos estrechábamos en los sillones azules conforme la gente se iba subiendo camino de Mérida en las estaciones de Don Benito, Medellín o Guareña. Este gallinero que avanzaba hacia Huesca era igual, pero más lento y aderezado de voces de viajeros con una entonación pegadiza que me resultaba poco familiar y ante la que prefería no responder si me preguntaban, porque me acomplejaba la dicción no neutra de mis palabras, cubierta de mis dejes de jotas caídas y eses inexistentes. Sólo sé que me ponía a contar del uno al cien cada vez que entrábamos en un túnel y como íbamos subiendo entre laderas y pasos de montaña, la velocidad del tren era progresivamente más lenta retardando la salida de cada nuevo túnel y expectante por ver los prados más verdes y a más altura desde promontorios que anunciaban las grandes murallas naturales que todavía no veíamos de la cordillera. Mi tía Pilar me decía que la última estación de aquella vía era Canfranc y ya incluso su nombre me hacía percibir una sensación de tierra extranjera; una sensación que crecía en mí hasta el borde mismo de las incógnitas indescifrables cuando mi tío José Mari comentaba que un túnel de más de diez kilómetros unía ese pueblo con Francia, pero que llevaba muchos años cerrado.

    Eva Hayman vio por primera vez el mar en el canal de La Mancha. En la costa de los Países Bajos, los niños del Kindertransport habían subido a un transbordador y Eva se fijaba en los compañeros que con claros síntomas de mareo dejaban recostar sus cabezas sobre las paredes de chapa antes de vomitar. Sin embargo, y a pesar del movimiento de las olas, los rayos de aquel sol de invierno que venían desde aperturas intermitentes de nubes dóciles, otorgaban un color al agua que en su extensión de río sin riberas, ella miraba con pasión incansable. En Castiello y en aquel lugar que llamaban El Hostal yo conocí a familiares de los que nunca había oído hablar: al tío Tomás que utilizaba una gorra extraña y que luego supe que era de guarda forestal, a la tía también María Pilar que era su mujer, y a la madre de mi tía de Zaragoza, que tenía unos ojos cristalinos, muy claros y a la que recuerdo muy vivamente porque no le gustaba viajar en coche o en autobús y siempre que lo hacía, viajaba con un limón en una de sus manos porque decía que le ayudaba a no marearse. Yo veía a aquellas personas ajenas a mí y me sorprendía cómo mi hermano Juan Pablo, durante aquellas semanas de agosto, se había acostumbrado a ellos e incluso me parecía oírle con un rasgo de acento que se aproximaba a su entonación cantarina y llamativa. Pero las veía desde la calidez y la protección de haber llegado hasta allí con mi madre, con mi hermano Luis o con mis tíos José Mari y Pepa. Las veía desde la seguridad de una inmediatez familiar que me había acompañado en un viaje que consideraba inmenso y muy largo, a una distancia de Villanueva de la Serena tan explícita que incluso cuando escuché la voz de mi padre por teléfono, me parecía que no era suya o que estaba sometida a la precariedad sonora de una distancia muy larga, casi insalvable.

    Viendo la película de Jonathan Harris mis sensaciones de distancia eran irrisorias y sin un vínculo mínimamente razonable para tomarlas como un referente que me acercara a la sensación de exilio y extrañeza que los niños del Kindertransport tuvieron que sentir cuando llegaron al puerto del sur de Inglaterra. Porque iniciaban un tiempo nuevo con padres de acogida que les hablaban en un idioma extranjero del que apenas podían comprender dos o tres palabras. "Éramos como pájaros de alas heridas", dice Lore Segal, "que si alguien intenta protegerlos con sus manos sienten el cierre de los dedos como una amenaza e intentan inútilmente volar". Las cartas entre padres e hijos se convertían así en el hilo de seda para pensar en un viaje de vuelta, para hacer permanecer en la continuación de los días, palabras y escritura de sus seres queridos que se querían temporales y reversibles. Pero para muchos de ellos no lo serían, para muchos de ellos serían de punto y final aunque nadie entonces pudiera imaginarlo. Sólo existían las cartas, renglones escritos sobre un papel, portadores de sentimientos y miedos muy superiores a los que cualquier carta anterior hubiera podido introducir en sus vidas. Los niños ascendían a una madurez anticipada, tan improbable dos o tres meses antes que la infancia parecía haber esperado a la última esquina antes de llegar a casa para decirles adiós. Por eso recibir o mandar cartas era algo más que la acción previsible de un sobre en camino de ida o vuelta por buzones y trenes de correos. Para ellos, era la persistencia de su vida tal y como la habían conocido en sus primeros años, la prolongación, ahora reducida a un símbolo, de lo que tenía que haber sido su llegada a la adolescencia y su ingreso posterior, en un tiempo que nunca existiría, en la madurez de las vidas imaginadas en su Alemania natal. "Me pedisteis, papá, que fuera valiente y lo soy". "Intento escribir inglés sin errores gramaticales y todavía me cuesta no confundir las consonantes". "Gracias por el juego de cartas, los broches y las pinzas del pelo que me habéis enviado". "Todos los días miro desde el vestíbulo la luz que entra por debajo de la puerta para ver si el cartero ha dejado algún sobre". ¿Qué hace que las palabras destinadas a ser la pelota de papel que se arroja a una papelera tras leer una carta se conviertan en el testamento carnal de las últimas frases que se dijeron a unos padres? ¿Por qué nadie avisa en el momento presente de la inmensidad inabarcable que tendrán en la memoria de unos niños para todos los años de su futuro imprevisto?

    Hedy Epstein recibió la última misiva de su madre en 1942. Le decía que iba a ser deportada hacia el este y se despedía con un adiós lacónico, desnudo y separado visiblemente de las cuatro o cinco líneas anteriores. Muchas veces, mirando la carta en la mesilla, Hedy pensó que aquel viaje de su madre hacia el este era solo el traslado a otra ciudad alemana y que no tendría por qué ser el umbral de una amenaza de peligro, pero le intrigaba el excesivo corte escueto de aquel adiós, un adiós que sin embargo nunca leía con la fisonomía de ser una última y definitiva palabra. En agosto de 1947, terminada la guerra, Hedy volvió a su ciudad natal, Kippenheim. Volvía trabajando de traductora para el ejército norteamericano. Y lo hacía como si su regreso fuera accidental, como si quisiera eludir la razón principal de su vuelta y fuera sólo el servicio a las tropas aliadas el motivo de aquel viaje. Pero habían sido años de una esperanza fantasma, de una convicción razonada de que sus padres efectivamente habían muerto porque a Inglaterra no habían llegado cartas posteriores. Sin embargo, tenía que volver a Kippenheim para confrontar su temor frente a la realidad que había visto en tantas otras historias similares. Y al volver a su casa, supo asumir que la vida ya no tendría el contacto físico del retrato de su niñez y que los últimos recuerdos de sus padres vivos indefectiblemente ya sólo la conducirían a los días previos y a la mañana en la que el Kindertransport partió de Berlín.

    Dice Norbert Wollheim, que estuvo en Auschwitz, que sobrevivir es un accidente, una mera casualidad cuando cada mañana ves los cadáveres de la gente que la noche anterior durmió contigo y piensas que el único horizonte es ser tú el muerto del día posterior. Y cuando una mañana de mayo ves que liberan el campo de exterminio no te lo crees, sólo piensas que es un mero giro de la bola sobre la ruleta el hecho de que veas compañeros famélicos que, como tú, comen algo parecido a una sopa de arroz entre caras asustadas de soldados con otros uniformes que no se creen el horror que están viendo ese día. Y entonces te acuerdas de fechas imposibles, de casualidades que son como espinas que recuerdan para siempre el mero azar de ser un superviviente del infierno. Año y medio después de que en diciembre de 1938 saliera el primer tren del Kindertransport en dirección a Holanda, sus padres salían de la misma estación exactamente en dirección contraria, hacia Polonia, hacia los campos de deportación. Vida y muerte separadas por la ruta que marca la flecha de una brújula, espacios y tiempos que parten de la misma raya de salida y que se dispersan en antípodas de destinos contrarios.

    Kurt Fuchel tenía 16 años cuando se volvió a encontrar en París con su padres biológicos. A los siete se había despedido de ellos en la estación del final de su infancia. A las seis semanas de vivir en Londres, descubrió que cerca de la casa de sus padres de acogida vivía un hombre alemán que él confundía con jun nazi. Le dio tanto pavor que se negaba a decir ni un palabra en alemán para que aquel señor no supiera que compartían la misma nacionalidad hasta tal punto que las cartas que enviaba a sus padres estaban escritas en inglés aunque ellos no supieran ni una palabra de aquel idioma. En julio de 1947 viajó a París, acababa de graduarse como bachiller y había pasado más años con sus padres de acogida que con los biológicos. Cuando los vio acercarse al hotel donde había estado alojado la noche anterior, no se atrevió a mirarlos, sabía que eran ellos, pero fijó sus ojos a los cristales del escaparate de una tienda para escudriñar sus formas desde una mirada mitigada, desde una realidad que tuviera una aproximación gradual al tiempo que dejó detenido en un tren de 1938. Kurt se acuerda de que su madre lo abordaba como si los años no hubieran pasado, como si todavía viera en un hombre ya más alto que ella, el niño al que dijó adiós en Berlín y es verdad que le hubiera gustado satisfacer ese deseo de su madre de recuperar ficticiamente el tiempo no compartido mostrándose o simulando gestos de cariño propios del niño que ya no era, pero aunque alguna vez quiso hacerlo, ya sabía y sentía que era un joven adulto y que la nueva vida tendría que vivirse desde prismas distintos. No fue fácil y los momentos más adversos los superaban diciéndose en voz alta y franca que no había regalo más preciado que la oportunidad de volverse a encontrar frente al mar de despedidas definitivas que para muchas familias supuso aquella experiencia.

    En mayo de 1945, Lorraine Allard escribió a través de la Cruz Roja sendas cartas a las últimas direcciones separadas que tenía de sus padres. Tres meses después le llegaron devueltas. Sólo había una anotación en el anverso "deportados en octubre de 1944". Ocho meses para sobrevivir a una guerra, ocho meses que no se culminaron y que quedaron reducidos a ceniza en un día anónimo al que Lorraine nunca pudo poner el número de una fecha precisa.

    En esa misma primavera del 45, Inge Sadan leía un telegrama que le avisaba de que al día siguiente sus padres llegaban a la estación de Liverpool a las cinco menos cuarto de la tarde. Por casualidad era el tren en el que también volvían sus compareños de colegio tras una estancia en las cottages del condado. La ruborizó sin medida el vaticinio de que sus amigas la verían saludar a sus padres, después de más de cinco años, en el mismo andén donde sus padres las recogerían a ellas con la sobria normalidad del final de una excursión escolar. Por eso, aunque fue a la estación se volvió poco después a la casa de su familia de acogida. Quería la certeza y la seguridad de las pequeñas tareas cotidianas y decidió poner al fuego la tetera que tantas veces había dispuesto en la hora sagrada de las costumbres inglesas, que ya eran tan suyas como las faldas o las blusas dobladas que guardaba en la maleta como reliquias de su viaje en el Kindertransport. Cuando los vio venir por el jardín sabía que eran sus padres y si nada hasta ahora la había hecho ver la longitud del tiempo transcurrido, esa vejez prematura que atinó a ver en las caras enjutas de sus padres, la hizo ver como una revelación todos los cambios que su infancia había vivido y aunque estaba muy feliz, no pudo evitar sentir que en aquel instante había algo de reencuentro entre extraños, una noción del temor que intuía si los hubiera saludado en el andén y sus amigas hubieran podido adivinar mirándola esa plasmación injusta de fugaz extrañeza. Incluso cuando les dijo "papá y mamá" lo dijo en inglés, incapaz de traducir al momento las palabras al alemán y expectante por volver a experimentar cómo sonaban las voces familiares de una porción de biografía ya sin rescate.

    La noche de marzo me observa detenido en la fragmentación de sensaciones que esta película me produce y soy como ráfagas de una extraña nave que se sitúa a saltos inconexos entre recuerdos y visiones sin hilo común. ¿Qué me trajo a mi mente aquel viaje a Castiello de mis ocho años si fue tan feliz, tan descubridor de espacios lejanos que en mis concepciones de niño de pueblo suponía una inmensidad inagotable acostumbrado solo al badén del Zújar a tres kilómetros de Villanueva o a los campos de arroz en las cercanías de Puebla de Alcollarín? ¿Fueron quizás los ojos de la madre de mi tía Pilar, que eran muy transparentes y muy claros y que en su coloración centroeuropea he creído ver ahora en los rostros de Eva, Lorraine, Hedy o Inge Sadan? No lo sé. Quizás la contemplación de vías de tren que en el documental de Harris se multiplican como líneas que buscan confines y que al traspasar la suavidad de los campos y tierras aterrizan en el sueño del cristal que yo toqué en Chamartín. Sensaciones disperas, pero embriagadas de este rasgo de humanidad única que ahora descubro en esta historia del Kindertransport. Niños de ochos años en diciembre de 1938 vistos por un niño de ocho años en septiembre de 1969. Vidas sin ningún paralelo, sin ninguna coordenada que a mí al menos me permita una mirada plena a sus ojos. Pero los miro como aquel viaje a lo desconocido que fue feliz para mí y duro, extraordinariamente duro para ellos 31 años antes. Sólo una película de cinco euros comprada por casualidad para hacer oído en inglés me ha permitido conocerlos. Hay una placa en el Parlamento de Londres que recuerda a los niños del Kindertransport. Si voy hasta allí me gustaría mirarla para quizás descubrir como un niño de ocho años contaba trenes en Madrid y mucho tiempo después sintió su alma al desnudo en los silencios ardientes de gentes ya mayores que clausuraron su niñez a la misma edad que un día yo soñé. Para no olvidar ya una palabra: Kindertransport, Kindertransport.

  • LAS ISLAS DE PETER PAN

    Su pelo hacia atrás, que más que una forma de peinarse, parecía un pretexto para tapar con escasa eficacia su calvicie progresiva, su perilla que le otorgaba una breve similitud con la imagen despistada de un mago curioso e imprudente, o el dibujo escueto de la armadura de sus gafas que permitía ver claramente ese matiz chispeante de sus ojos. Todo, al fijarme en él, me llevaba a ver una cara que parecía no alojar los rasgos adjudicados a un rostro de 46 años, y al detenerme en la rapidez con que sacaba artilugios de su guerrera de capitán Tapioca para colocarlos en la cámara, en el trípode o en el foco, me regresaba sin remedio una idea vaga de los movimientos y gestos del capitán Tan, el amigo inseparable de Valentina en las aventuras de Locomotoro, reforzando esa sensación de eterno joven, de oficial de Peter Pan, que yo, seis meses después, imaginaba de nuevo observar en él.

    Solomando retrocedía su cabeza y miraba alternativamente, primero al encuadre que había elegido para grabar la rueda de prensa del consejero y luego la posición real del político apoyando los brazos sobre la mesa e incorporándose ligeramente para acercar su boca a los micrófonos. No estaba muy convencido porque en el ángulo inferior izquierdo del plano aparecía como un intruso un fragmento de la tapa de un ordenador portátil, que después se utilizaría para explicar el proyecto de una futura rehabilitación, y su presencia engorrosa despojaba al encuadre de un mínimo sentido profesional. Solomando no tenía mucho espacio a su derecha porque el trípode casi rozaba las estanterías de los libros, pero aun así, se dio maña para desplazar levemente el soporte y consiguió eludir la tapa del ordenador para conseguir un plano correcto. Para asegurarse del nuevo encuadre se volvió a fijar en el visor y comprobó la estabilidad de la cámara antes de seguir grabando. Sólo tenía que preocuparse de garantizar que el sonido llegara bien a la cámara y como en eso no tardó nada, le faltó tiempo para decirme que cuándo eligiese un testimonio del consejero se lo dijera, que él me daría el código de tiempo registrado en el cronómetro para ir directamente al punto de la cinta cuando me pusiera a escribir la noticia. Asentí con la cabeza, pero solícito y excesivamente pendiente de mí o tal vez muy inquieto por no tener ya mucho que hacer, me repitió el ofrecimiento y yo perdí el hilo de lo que decía en ese instante el consejero, pero miré a Solomando para recordarle en voz baja que no se preocupara, que cuándo me interesase una frase yo le preguntaría en qué minuto quedaba grabada.

    Como de costumbre y en calco de tantas ruedas de prensa que había cubierto del consejero, me invadía una apreciación muy plena de rutina al oírle hablar con su dicción uniforme y muy lenta, sin marcar ninguna inflexión que pudiera otorgar un poco más de importancia a alguno de sus juicios y en un ritmo tan adormilado que el propio bolígrafo se contaminaba en mis dedos de esa perezosa alocución ralentizando la escritura a la inmovilidad creciente de sus palabras decaídas. Casi no era capaz de concentrarme en su explicación y me entretenía mirando el techo del viejo edificio de la Sociedad de Amigos del País, fijándome en uno de los grabados que dentro de unos días sería objeto de restauración. Era un barco que atracaba bajo un cielo azul desleído en un puerto de aires venecianos ilustrando una orla en la que se podía leer cultura y fomento. La idea vindicaba el espíritu que animó a los pioneros del club cuando en el siglo XIX crearon este círculo cultural movidos por los nuevos impulsos que traía la Constitución de Cádiz.

    Media hora antes, Solomando y yo nos habíamos vuelto a saludar a las puertas del palacio. Era una mañana de mucho frío e incluso a primera hora la radio había dicho que en Cabeza del Buey y Castuera estaba nevando. Nos parecía como una predestinación sobrevenida el que volviéramos a trabajar juntos medio año después, tras recordar que la última vez había sido una tarde de mucho calor en Mérida cuando en el templo de Diana cubrimos los ensayos de un montaje teatral para niños de un capítulo de La Odisea. Y la coincidencia de volver ahora a encontrarnos en un día tan diferente a aquél, nos hacía pensar en la distancia de los extremos para suponer un futuro reencuentro sólo cuando ya volviera a hacer mucho calor porque nuestra ley de probabilidades parecía conducirnos a volver a trabajar juntos únicamente en días muy calurosos o con mucho frío.

    Por la nota de prensa sabía que el consejero iba a presentar un libro de restauraciones en retablos de iglesias, torres de castillos, yacimientos arqueológicos y pinturas murales. Para ilustrar la noticia y antes de que llegaran los directores generales, cogí uno de los libros que estaba sobre la mesa y apoyándolo sobre una caja llena de más ejemplares del mismo volumen, nos dispusimos a grabar planos para un fotomontaje. Solomando me hacía mover la inclinación casi vertical del libro para que la luz de los tubos fluorescentes no le quemara los encuadres y pudiera filmar las fotos con mayor fiabilidad. Yo le pasaba las hojas con cierta premura porque quería que nos quedara tiempo para que él grabase también el techo y las estanterías, ya recuperadas de la sala, que en sus bordes lucían un gris verdoso con un matiz deliberadamente antiguo que armonizaba cautamente con las pastas vetustas de los libros del siglo XIX que la Sociedad de Amigos allí custodiaba. Pero Solomando quería ir más despacio, deleitándose en la composición de los colores y buscando detalles en las fotos del libro donde se pudiera descubrir la restauración de un lienzo de muralla o la claridad recuperada en el óleo olvidado de una ermita de pueblo. “Esta cámara”, me decía Solomando, “no es como las que vosotros tenéis en Mérida, pero todavía graba bien”. Y para refrendarlo me hacía mirar por el visor descubriendo el pormenor que sagazmente había buscado en la ilustración de la página.

    Cuando después escuchaba la voz plomiza del político que ahora se refería a la rehabilitación del techo, me acordaba de los planos que Solomando había elegido para ilustrar la necesidad de recuperar sus pinturas. Se había colocado en una de las esquinas de la sala y, conforme entraban los periodistas que venían a la rueda de prensa, pedía silencio reiteradamente como si así asegurase una plasmación fiel y de evocación antigua de las grietas y pequeños desconchones que arriba necesitaban sabio y prudente arreglo. Cuando más tarde las mismas huellas del deterioro aparecieron en los diaporamas que el director de Bellas Artes hacía suceder en su ordenador, Solomando también los grabó, pero al menor paréntesis en la explicación del especialista, se dirigió a mí para recordarme que utilizara, en el montaje de la noticia, las imágenes que había filmado previamente. Y en sus acciones era como si le hirviera la doble necesidad de utilizar por un lado la cámara y, por otro, de no hacerlo en silencio, entregado a un diálogo que aunque dirigido aparentemente a otro, tuviera como destinatario real su propia cámara. Porque le había gustado grabar también la magnitud de las estanterías plagadas de libros, donde podía leer en sus lomos y a través del visor los títulos de las obras, recitándolos en voz baja mientras dirigía el plano hacia el detalle concreto de una cubierta muy negra depositaria, seguro, de escritos valiosos y enigmáticos.

    Al terminar la rueda de prensa teníamos que ir deprisa a la corresponsalía para enviar ya montada la noticia a Mérida. Tenía el coche en la plaza de la catedral y con esa advocación a los impulsos, calle arriba camino del aparcamiento, y a pesar del frío, Solomando cargaba su cámara con la correa prendida en el hombro izquierdo, y en el derecho dejaba descansar el trípode. Y la temperatura heladora no le disminuía su deseo de hablar. Me decía que luego, cuando pudiese, consultara el google en el ordenador y allí escribiera "revista de Miajadas". En los enlaces encontraría la fiesta que organizó dos semanas antes con los peculiares -por escasos- seguidores de la Real Sociedad en Extremadura. En la tarde de julio que ahora por el frío me parecía muy remota, recordaba que él me habló de un DVD donde conservaba más de 120 minutos con imágenes y fotografías de la historia del equipo de San Sebastián. Y era en su entusiasmo por volver a aludir a algo de lo que ya antes le había oído hablar donde me daba la sensación de reencontrar su inspiración de Peter Pan como si una colección de cromos que hubiera comenzado en su niñez alcanzara una dimensión de coleccionista pulcro y obstinado, convirtiendo aquellos santos primero en fotografías que pudo conseguir de peñas y de antiguos folletos repartidos en el viejo campo de Atocha y, después, incorporando imágenes que en su aluvión de palabras nunca supe muy bien cómo había conseguido. De grabar tal vez antiguos NODOS o de cintas olvidadas que en su búsqueda de explorador pudo hallar en los sitios más insospechados. Y ahora me repetía su deseo difuso de que aquella colección, convertida en joya de filatélico muy paciente, pudiera difundirse como un documental para el rescate y la afirmación de un tiempo deportivo que en su discurso ganaba la extensión de las mejores hazañas del fútbol en blanco y negro. Yo le hablaba de la enorme dificultad de cumplir esa ilusión porque era imposible que él reuniera los derechos y permisos de tantos fotógrafos y de tantos autores de imágenes para poder publicar el DVD. Pero mi apreciación no le desanimaba y al no querer entrar en el detalle de los obstáculos, giraba su conservación hacia otros derroteros para no minar con más dudas el terreno quebrado en el que quizás y sin pretenderlo yo había metido su pasión abnegada por la Real.

    Al llegar donde estaba aparcado el coche yo me entretenía como un niño mirando los caracteres exagerados del logotipo de la productora para la que él trabajaba y que llenaban como un cuadro excesivo las puertas del automóvil. Desde fuera le ayude a que hiciera la maniobra porque una furgoneta de reparto había ajustado tanto su estacionamiento que el coche de Solomando apenas tenía salida aprisionado por los bolos del borde de la acera que le impedían un trayecto mínimo de marcha atrás. Ya en el asiento del copiloto le pregunté qué tal iban las cosas con Videomatic. En septiembre supe que estuvo a punto de dejar la productora. Su sueldo no llegaba a los 800 euros por un trabajo que incluía estar en el tajo todos los días del mes. Cuando llegaban los fines de semana, Solomando tenía que filmar los partidos de Segunda B ó Tercera División que encargaban a Videomatic las televisiones locales. Había pedido entonces un aumento de sueldo y el dueño, el señor Nevado, no accedió porque se habían metido en una inversión para comprar nuevos equipos y le dijo sospechosamente consternado que no disponían de margen económico. Solomando fue en otoño a otras productoras, pero las visitas sólo sirvieron para constatar la precariedad repetida y sombría de las mismas respuestas y las mismas penurias. Pero ahora me hablaba de que el señor Nevado ya le daría mil euros a partir de febrero, aunque eso sí, sábados y domingos tendría que seguir haciendo partidos. Yo había conocido a Solomando porque mi empresa de vez en cuando encargaba a Videomatic la cobertura de algunas noticias y en una de ellas coincidí con él. Sin embargo, Solomando no exteriorizaba el mínimo signo de satisfacción por el aumento de sueldo. Llegaba demasiado tarde. Sara había claudicado. Ella trabajaba con un contrato temporal en la Diputación y muchas veces a él le había pedido que cambiara de trabajo. Apenas se veían sin contar con un solo fin de semana para salir de Badajoz y disfrutar de alguna escapada a cualquier sitio, daba igual, sólo volver a probar cómo saben los días en la integridad de un asueto olvidando el sonido del maldito móvil de la productora. Se habían trasladado de San Sebastián a Extremadura siguiendo la recomendación del alergólogo. La tos de Sara en invierno cada vez iba a más y el médico les dijo que sería conveniente un cambio a tierras más secas y cálidas escapando de las lluvias pertinaces y tupidas de las ciudades del Cantábrico. Eligieron Extremadura porque los padres de Sara habían seguido el camino contrario cuando emigraron al País Vasco en los años 50. Pero ahora ella arrojaba la toalla. Estaban en una crisis, me dijo Solomando, y Sara tenía preparadas las maletas para regresar a San Sebastián. La falta de dinero y una intimidad derrotada por la sofocante esclavitud laboral de Solomando les había llevado a la culminación de una distancia mutua que ahora se cobraba su precio. “Pero coger la cámara es lo único que he sabido hacer en la vida”, él me repetía, y en su justificación más que una explicación ante mí, sus palabras parecían destinadas a sí mismo como si de este modo reforzara un convencimiento en el fondo frágil que en cada nueva frase pudiera darle un pequeño tramo de seguridad superficial que, sabía, jamás le convencería a él mismo del todo. Y en su tono dubitativo estaba la aceptación algo desangelada del sentido de utilidad que él había buscado a su vida contrariado por no haber tenido nunca una brisa de viento a favor que le hubiera servido para encontrar un trabajo como reportero en una empresa más digna.

    Subiendo ya en el ascensor hasta la corresponsalía, cambió de tema con la facilidad acostumbrada y me dijo caminando ya en otras sendas de su pensamiento que a pesar del frío no creía que pudiera nevar. No tardamos mucho en montar la noticia del libro de las restauraciones en la Sociedad de Amigos del País. Por el sistema electrónico de vías, la enviamos para que saliera en el informativo de las dos. Mi trabajo allí había concluido y me disponía a volver a Mérida. Solomando me preguntó, de nuevo insistente, si tenía aún diez minutos y casi sin contestarle me hizo sentarme ante un ordenador para que viera algunas de las fotos que había incluido en su material de la Real Sociedad. Se le encendían los ojos con ese entusiasmo chispeante con el que una hora antes había estado grabando las hojas del libro y el techo del viejo edificio y cliqueaba sobre las carpetas de la pantalla para llevarme de nuevo a sus islas de deleite. Con una memoria curtida y muy hecha a sus viajes al pasado, me comentaba las fotos que iban saliendo. El gol de Boronat, hace ya no sé cuántos años, que supuso el empate a dos frente al Puertollano y que valió para que la Real ascendiera de la Segunda División. La foto del remate de Zamora, ante la mirada arrebatada en gestos en escorzo de López Ufarte y Satrústegui que corren hacia él para soterrarlo en abrazos después de conseguir el gol que suponía una liga. O la instantánea tomada desde atrás de una portería donde se ven las gradas del viejo Atocha en el primer partido del equipo en Copa de Europa que creo me dijo fue contra el Liverpool. Mira, me decía, y su índice se iba sobre un punto en el fondo de la foto. Solicitándome una atención de creyente, él recordaba que justo estuvo allí en ese fragmento de puntos inconexos que son cabezas de espectadores y que parecen mirar un remate de cabeza ante el portal de Arconada. Él tenía 14 años y era la época dorada, me repetía, "porque yo nací muy cerca de Atocha y acompañaba a mi padre, que era socio, todas las veces que podía sobre todo para ver aquellas citas contra los mejores equipos". También me enseñó el busto dedicado a Alberto Ormaechea después de su muerte. Y fotos de alineaciones de la Real en el preludio de partidos con una cascada de nombres ya no tan familiares: "Gaztelu, Ansola, Kortabarría, Esnaola, otra vez Boronat, Araquistain, Urreisti, Gorriti, Murillo..." Nombres y nombres que salían de su boca con una fluidez de fan histórico e inefable y con una profusión de lealtades que le hacían sobrevolar sobre los detalles de ese pasado recuperándolos como si fueran matices del presente de hoy mismo.

    Yo hacía encarnar en Solomando la materialidad última y perdurable que deja en nosotros la vinculación a las pasiones. Su devoción juvenil por la cámara y el deseo siempre rebautizado de publicar un DVD imposible adquirían en sus reacciones una plasmación tan notoria que pienso ahora le otorgaban más estímulos que la propia realidad. Y en su manera de conducir sus contradicciones, las que todos en otras órbitas también tenemos, me identificaba con su espíritu bohemio. La virtud de los sueños inalcanzables y la búsqueda de un bienestar no muy exigente, que todos merecemos, operaban en él como motores de ignición haciéndole conservar unos ojos chispeantes, un tono de discurso optimista en su mediana opacidad y una cordialidad que, aunque veces pesada, me había hecho fijarme en él como ejemplo de los encuentros que en su persistencia de claroscuros nos descubren gentes que surcan navegaciones difíciles. Ésas que disponen metas que no siempre se cumplen y que sin saber por qué toda la vida estarán con nosotros como la forma identificable que tenemos al caer el hombro mientras andamos o al coger el respaldo de un sillón mientras nuestros ojos se concentran en el vacío. “Espero que las cosas entre tú y Sara puedan volver a arreglarse”, le dije. Y en su expresión de inquieto Peter Pan que a veces ve el mundo tras el visor de una cámara se acurrucan los brillos de un tiempo complejo que descubre a sus viandantes buscando señales entre pasiones errantes e ilusiones diariamente retomadas. Para no decaer, para respirar por un momento con pulmones anteriores al primer cigarrillo.

  • EL DNI

    María se fijaba en el reloj digital que cuelga en el vértice entre el techo del coche y el parabrisas delantero. Le parecía mentira y hasta mágico que pudiera leer los números que veía -las 8:52- porque a esa hora y en martes ya tendría que estar en clase y resultaba como una transgresión irreparable que no hubiera corrido minutos antes hacia la puerta de las Escolapias para unirse con sus compañeras a la rutina del cole. Y se daba cuenta de la novedad no sólo porque su padre hubiera emprendido una ruta que no era la acostumbrada de cada mañana, sino sobre todo por ver cómo el reloj del coche superaba las 8:45, ya que las nueve menos cuarto era la hora en que cada mañana empezaba sus clases y nunca en un día, de lunes a viernes, había visto cifras superiores a las que tenía grabada como un impulso, y es que siempre que veía que el reloj marcaba las 8:43 o las 8:44 sabía que tenía que salir corriendo del coche para no llegar tarde a la formación de la fila con que las niñas entraban al colegio.

    Pero esta vez era distinto. El día anterior su padre había metido en la mochila, además de la libreta en la que hacía sus deberes y la mandarina que se comería hacia las once y media en el recreo, una nota que él le pidió que entregara a su seño. Le preguntó que ponía y María le comprendió sólo a medias. El padre la decía que había escrito a María Jesús, su profesora, para pedirle permiso a fin de llevar a su hija a primera hora de la mañana siguiente a la comisaría de policía para hacer su DNI. A María el lenguaje críptico de DNI le llegaba con una extrañeza inusitada, pero sobre todo desconfiaba de tener que ir a una comisaría porque alguna noche había visto con su hermana Paula algún capítulo de la serie Los hombres de Paco y no le gustaban los señores que en secuencias puntuales pasaban esposados a las salas del fondo porque para ella, era una identificación demasiado explícita de la maldad y si un día tenía que ir de verdad a una comisaría sentiría miedo y prevención de cruzarse ante un hombre que entrara esposado. Por eso le preguntó a su padre y por este orden, primero por qué tenía que hacerse un DNI y, segundo y lo que más le importaba, por qué debía hacerlo en una comisaría. Su padre le contestó que si alguna vez la familia viajaba al extranjero todos podían necesitar el documento y que tenían que hacerlo en la comisaría porque los policías eran los únicos autorizados para darnos esa cosa que a ella le seguía llegando como un papel muy extraño y que inexplicablemente se llamaba DNI. Su padre le enseñó el suyo para que dotara de normalidad el motivo que haría distinta la mañana siguiente. Y aunque a sus siete años seguía sin ver la utilidad de aquel cartoncito plastificado, comenzó a verlo con menos desconfianza al intentar adivinar cómo podría quedar una de sus fotos en aquel cromo duro y de color naranja pálido.

    Cancelada la fascinación de que el reloj ya caminase hacia las 8:55, María se quedaba absorta contando los coches que parados hacían una cola en toda la longitud del paseo de Roma en dirección a la plaza de España. Le seguía sorprendiendo que la mañana ofreciera detalles totalmente diferentes a los acostumbrados y, exaltada por la novedad, le preguntó a su padre si la vuelta al cole no sería ya hasta la hora del recreo. Mostró un gesto de decepción, aunque no excesivo, cuando él dijo que no se tardaba tanto tiempo en hacer el carné y que como mucho a las diez ya estarían de regreso.

    El trayecto por la calle Almendralejo pudieron hacerlo algo más rápido porque inesperadamente no había mucho tráfico y al llegar a la altura de la fachada de la comisaría ella supo reconocer el lugar. Y es que un día su madre le explicó cuando las dos cruzaron ante la puerta por qué había tantos coches blancos y azules con sirenas en el estacionamiento dispuesto al final de unas escalinatas que rodeaban su pared más alta. Pero María seguía más atenta a los estímulos de la mañana que la hacían imaginarse en una ciudad nueva en la medida que nunca en un día lectivo había estado a esa hora por ese cruce de calles. Y le preguntaba a su padre a qué colegio iban los niños que ahora veía con sus mochilas por el paso de cebra y que parecían no darse demasiada prisa. Su padre le contestó que iban al Trajano, no muy lejos del edificio del ayuntamiento, y que no mostraban desasosiego para llegar cuanto antes porque no entraban hasta las nueve y aún contaban con cinco minutos para ser puntuales. María protestó. No le parecía justo que en las Escolapias entraran a las nueve menos cuarto porque de tener el mismo horario que ese colegio ella podría ver completos los dibujos de Christian Andersen que echaban por La 2 y que ahora no veía terminar al tener que salir de casa mucho antes.

    Dejaron el coche en un párking público, y el padre cogió de la mano a María para darse prisa. Le explicó que era mejor no retrasarse antes de que abrieran la puerta de los servicios administrativos porque si encontraban a otras personas esperando entrar, tardarían más en resolver el recado. Y es cierto que ya estaba allí un joven que llevaba en su mano un resguardo para retirar su DNI renovado y una mujer en la que María se fijó más. Le llamó la atención que llevara unas zapatillas de deportes y sobre todo unos calcetines blancos con dos franjas rojas que destacaban porque los bajos del pantalón de su chándal quedaban abultados y muy arrugados al estar recogidos por debajo del borde de los calcetines. A las nueve abrió la puerta una mujer de pelo rubio y teñido que rápidamente y con gesto de funcionaria veterana se sentó en la mesa de recepción para decir ya con tono prematuramente aburrido que pasaran al fondo.

    No hubo que esperar mucho. El joven, es cierto, canjeó sin dilación el resguardo por el nuevo carné y la mujer de los calcetines blancos murmuró con gesto agraviado cuando escuchó que tenía que ir al registro civil para retirar una partida de nacimiento. Les llegó el turno y María vio con sorpresa que el señor que les saludó con un muy lacónico buenos días rápidamente cogía unas tijeras para recortar los bordes de dos fotografías suyas que su padre había colocado sobre el mostrador. Pero pronto dejó de mostrar interés en los ademanes y en la tarea del funcionario. Su vista se iba hacia las salas de atrás y, aunque permanecía en silencio y muy absorta, posiblemente se apoderaba de ella una vigilancia expectante y a la vez miedosa como si por una parte quisiera saber si allí podía haber personas esposadas como había visto en la tele y, por otra, con un punto de temor muy rotundo, si se consumaba la fatalidad de que uno de ellos, guiado por un policía, se pudiera cruzar ante ellos. Pero ese miedo se disipó por otro cuando el señor de las tijeras les dijo que pasaran a otro mostrador para que la niña pusiera su huella dactilar y su firma en la ficha de registro. Cuando otro funcionario le pidió que alargara su mano para coger el índice, María retrajo automáticamente su dedo al ver la mancha negra de tinta en la yema y aunque le recordaba la práctica de clase de plantar sus manos embadurnadas de pintura sobre los murales blancos, no le gustó ese sello negro con pequeñas curvas blancas que ella había dejado sobre el papel frío. Recibió con un alivio infinito el kleenex húmedo que su padre la dio como un gesto que la libraba de una marca demasiado sucia y pegajosa. Y se sintió más relajada cuando el funcionario le dijo que ya sólo tenía que firmar. "Pero no pongo esa raya con que los mayores emborronan el nombre", dijo María muy segura. Y es que a ella, muy pulcra, cuando hace la copia sobre las cuadrículas de su cuaderno de escritura, le parece de mala educación eso que un día oyó a los mayores llamar rúbrica porque piensa que María Jesús se enfadará con ellas, con sus alumnas, si después de hacer muy bien la frase en un renglón se dedican a dar vueltas sin levantar el bolígrafo como un muelle repetido y ensucian las palabras que con mucho esmero, y bajando la cabeza al papel, acaban de escribir.

    Por eso se tomó la firma casi como una breve copia trascendente y de examen y empezó a plasmar la M de su nombre con una limpieza muy deliberada marcando el paso a las siguientes letras que aparecían con una redondez y un equilibrio casi de imprenta. Y ella se deleitaba hasta tal punto que sintió un placer no nuevo y muy sólido cuando clavó con perfección, sólo al alcance de niños, el rasgo inmaculado y sin temblor del rabito de su última a. El funcionario la preguntó si completaría su nombre con las rayitas, y ella respondió echando con timidez su cabeza hacia atrás que no, porque sería como una traición a las lecciones de María Jesús nublar su escritura con la fealdad de un garabato.

    Quizás esperaba que el funcionario le dijera que firmase en otra esquina del papel, ya no sentía el lugar tan inhóspito y segura en la comodidad de cómo había escrito su nombre, ahora podría escribirlo con la confianza de seguir haciéndolo bien en cualquier ficha que el señor le pusiera delante. Pero el funcionario comenzó a desprender el faldón de la cartulina y se lo dio a su padre y escuchó que a eso se le llamaba resguardo y que dentro de un mes, añadió el policía, podrían pasar a recoger el carné. Se enfilaron hacia la puerta donde seguía la señora de los ojos saltones y ella comprendió, no sin cierto fastidio, que tocaba ir al colegio. Al salir de la comisaría, guardaba una duda. No entendía muy bien la huella de su dedo grabado sobre el papel. Y le inquirió a su padre para saber qué era eso de la huella, y se quedaba varada hasta recordar de corrido todo el término, “de eso, de la huella dactilar”, logró por fin decir al completo. Su padre le contestó que era lo más individual que tenemos, lo que nos hace saber que una persona es sólo ésa y no otra. María no le comprendió muy bien porque no le encontraba utilidad a esto de sentirse distinto a los demás y sobre todo porque no había nada que la gustase más que vivir el sentido de grupo que ella y sus compañeras de clase disfrutaban cuando todos los días salían al recreo, o cuando llega la tarde del viernes en la que muchos padres las llevan hasta la plaza de España para cortar con las costumbres repetidas de lunes a jueves y complacerse con la virtud que ellos ofician bebiendo cerveza en un velador y sabiendo que la mañana del sábado nos absolverá de las normas semanales. Allí, en el centro del parque y alrededor del anillo de la fuente, las niñas vuelven a encontrarse y se besan con una novedad inusitada como si no se hubieran visto durante toda la mañana y pareciera que inaugurasen una amistad prometedora con una complicidad, sin embargo, trucada por vieja y repetidamente familiar. Y con ese instinto de veneración al grupo que su padre sabía que María invoca, a él no le extrañó que a la niña no le convenciera nada el supuesto propósito de una yema plasmada en negro sobre un papel.

    La vuelta fue muy rápida. Las dependientas y vendedores del centro ya habían abierto las tiendas y todo el trasiego de padres llevando una hora antes a sus hijos hasta las puertas de los colegios ya había concluido con lo que el tráfico en ese momento vivía en la tranquilidad transitoria que los guardias urbanos llaman tiempo valle facilitando en un santiamén la vuelta hasta la plaza de Espronceda. Coincidió que en ese justo instante la directora del colegio también se incorporaba al trabajo. Al salir María del coche, Mari Carmen la preguntó si venía del médico. Y ella muy resuelta le respondió que no y con una soltura como si viniera de lugares totalmente conocidos le añadió que había estado en comisaría sacándose el DNI. Y las dos palabras: comisaría y carné ya no eran para ella lagunas imperfectas de una descripción infrecuente. No emergían con la incógnita que la había perseguido durante el día anterior después de entregar a la seño la nota que su padre había escrito. Y ahora era capaz de construir una historia, de relatar los pormenores que la directora podría escuchar si dispusiera de más tiempo porque venía de un recado que la semana previa había hecho su hermana mayor, y eso la hacía ganar un sentido de igualdad y veteranía que la llenaba de gozo como si ya dispusiera de una destreza que sólo correspondiese a las niñas de quinto o de sexto. De la mano entró en el colegio con Mari Carmen. No volvió la cabeza y no se dio cuenta de que su padre todavía la miraba. Él recordaba la redondez con que María había escrito su nombre en la cartulina, pero sobre todo le gustaba retener la plena redondez con que su hija había vivido aquella hora normal y mansamente distinta, como ave que descubre que aún puede volar más y que en esos destellos acumula la cifra minúscula de un minuto, de una hora y de una mañana nueva de vida. Cuando salgan al recreo seguro que les dirá a Esther, Belén, Cristina, Mailín o Isabel que hoy puso su nombre en un papel desconocido, que le hicieron manchar su dedo con una tinta muy negra y que un día ellas también irán a un sitio llamado comisaría. No tendrá las frases para explicar que hoy cabalgó sobre el poder anónimo y radiante de modificar las costumbres con la sencillez con que se satisfacen las sorpresas infantiles más inesperadas. No podrá explicar la fascinación que la absorbe por querer narrar con entusiasmo y con palabras atropelladas la novedad de algo en el fondo tan sometido a la rutina de los días. Pero lo habrá vivido y en ese deseo de contar a sus amigas la incursión por una historia diferente, quedará como una gota de sus ilusiones pasajeras la mañana de un martes emparedado al mes de enero en la que fue con su padre a hacerse el DNI.

  • EL RATÃN PÃREZ

    Se despertó en medio de la noche. Buscaba debajo de la almohada y otra vez se dio medio vuelta con cierta decepción. La tarde anterior había estado moviendo su diente con el dedo y muchos momentos se los había pasado hurgando en la encía y con la lengua entretenida entre el paladar y los carrillos. La empujaba el deseo de que cayera cuanto antes porque quería tener la seguridad, antes de dejarse vencer por el sueño, de que ella misma envolvía el diente en una servilleta de papel y lo dejaba escondido bajo la almohada. Ya se había rendido y recibió como una bendición que el diente cayera sobre su lengua sin forzarlo. Aún tuvo tiempo, aunque ya estaba perezosa, de envolverlo en el papel y pedirle a su madre que lo llevara hasta su habitación. Ya no habría retraso, se dijo, esa noche sí vendría el ratoncito Pérez, después de esperar durante los dos días anteriores a que el diente ya muy flojo en la encía por fin cediera. No se acostó pronto porque la feliz noticia la espabiló y su ilusión, ya a la espera, aplazó el pliegue de sus ojos como si la espolease la convicción de que esta vez podría sorprender y ver al ratón Pérez trayendo las monedas.

    Ya dormida, no quise cambiar inmediatamente el diente por tres euros. Temía que su sueño, prevenido y en guardia, fuera todavía demasiado superficial y que pudiera volver a despertarse. Como una variación inoportuna de un cuento clásico, sucedió que el ratón también se abandonó a los brazos de Morfeo y el sueño le pilló a contrapié desvanecido sin darse cuenta en su propia espera e imaginando vagamente y ya en un profundo duermevela que aún era capaz de retrasar su entrada cotidiana al país de los ojos cerrados.

    Muy de mañana entraba claridad por el pasillo y la niña fue la primera en despertarse. Miró sobre el colchón y desanimada se volvió a encontrar con su diente. El ratón se dio cuenta de su giro y juntando a medio fuelle palabras entrecortadas porque no era capaz de recordar qué hacía en la cama de ella, atinó a decir que a veces Pérez también se retrasa. La pequeña, no muy convencida y extrañada también de que su padre estuviera tumbado en su cama, aceptó la explicación. Concedía una prórroga a la llegada o más bien se la concedía su propio cansancio porque todavía era muy temprano y la mañana merecía una cuarta más de sueño.

    En ese alivio de paréntesis el ratón logró levantarse y de nuevo fue leal al rito cambiando el diente de leche por esos tres euros que él había dejado aparte en uno de los bolsillos traseros de su pantalón. La almohada finalmente volvía a ser testigo y depositaria de la continuación de la costumbre y Pérez pensaba en lo difícil que habría sido para la niña concebir un desenlace distinto a la visita esperada de su amigo el ratón porque en su noción primera del orden de las cosas, en la lista de sus realidades fijas además de volver en otoño al cole o preparar el teatro infantil por Navidad, estaban sus encuentros invisibles con Pérez. Cuando ella despertó por segunda vez, aparecieron las monedas y la niña volvió a creer, como no cabía de otra manera, en el ratoncito Pérez. Le dio las gracias y se paró a comprobar el hueco que el diente había dejado en su boca.

    Si luego con el tiempo conservamos nuestras creencias de ficción y jugamos, por ejemplo, a ahuyentar malos espíritus en las vísperas de carnaval o renovamos tradiciones que son sólo vínculo con leyendas del pasado, se lo debemos en gran parte a este aprendizaje, el que da cuerpo en la infancia al corazón de nuestras ilusiones. Hay pistas de ese reguero diseminadas en lugares apartados de nuestra madurez y, si permanecen, es porque un día fueron el cimiento real y poderoso de nuestra confianza en el ratón Pérez o del temor extraño y envolvente al hombre del saco o al carbón de un mal día de seis de enero. Por eso Pérez aguarda la caída de un nuevo diente y no sabe cuando dejará de hacerlo. Quizás se retrase porque a veces Morfeo, tan listo y fatídico, lo puede atrapar entre sus manos sedosas. Pero vendrá. Para posar en las sábanas la llave de un deseo cumplido y revivir el hechizo de un tesoro que nunca se pierde, si antes se cuidó, en la escalera de los años.

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