José Tomás se daba una habilidad especial para localizar enseguida el código de barras de cada artículo. A lo mejor ni siquiera era habilidad, sino repetida costumbre porque se le veía muy suelto en el manejo de la caja registradora y cada vez que tenía que pasar el código por el lector de la pantalla rápidamente se oía el pitido que confirmaba que el producto había quedado grabado en la cuenta final del cliente. Es cierto que podía haber un bote de gel o una lata de alcachofas o guisantes que se le resistiese, más probable tal vez las bolsas de asas donde la gente metía la fruta o las verduras del autoservicio, pero no dudaba un segundo, tecleaba con una concentración no forzada los números de barra y sin dejar descansar la bolsa o el bote los echaba a rodar sin dilación hacia el otro lado de la cinta. Él sabía su nombre porque lo acababa de leer impreso en la plaquita que José Tomás llevaba sujeta con una pinza sobre el bolsillo de la camisa azul claro del uniforme de los trabajadores del hipermercado. Para él, llegar hasta la caja registradora y esperar su turno no era un fastidio, un punto y final tedioso que retrasase fatigadamente el acto de pagar la compra. Se entretenía mirando cómo el cliente anterior comenzaba a colocar las latas de cervezas o los packs de yogures sobre el inicio de la cinta y cambiaba la dirección de sus ojos al hilo del manoseo de un niño que jugaba a llevarse a la boca los envoltorios de los chicles que se ofrecían en cestas de plástico delante de las chapas de aluminio de cada caja registradora. Le parecía que la máquina estaba a punto de estropearse cuando escupía lentamente y como a sobresaltos de eyaculación el tique de compra y los vales de descuento, que salían después medio cortados por una línea de papel agujereada y muy fina. Él se había acostumbrado a guardarlos con pulcritud de anciano, y de tantas visitas al mismo centro comercial sabía calcular con buen ojo cuántos vales saldrían en función del importe de la compra. Si tenía alguna mañana libre podía aprovechar una hora que ganaba a cualquier otra cosa, para acercarse hasta el híper con el propósito de comprar esas tres o cuatro bagatelas que por la noche apuntaba en la cocina, en la libretilla de los olvidos. Y es posible que no fueran judías, hortalizas, embutidos o botellas de refresco imperiosamente necesarias para ese mediodía, pero se entregaba a ese menester con el aire gustoso de saber que al final guardaría el par de vales descuento que como mucho le correspondería por aquella compra tan famélica.

Había hecho un pacto secreto con aquel hipermercado. O mejor dicho lo había hecho con sus propias costumbres, con la condición de ceremonia con que a veces vestimos las minucias como si éstas grabaran en la fisonomía de los tics personales una huella dactilar única e irrepetible. Pero en la medida que aquella manía le parecía peculiar y hasta un punto imaginativa, aunque en el fondo también la supiera muy ilusoria, mantenía el pacto invisible, derivándolo a una nostalgia de su juventud que, sin reconocerla del todo, no quería abandonar en medio de un mar de olvidos sin mapa.

En sus visitas al centro comercial, le gustaba ir hasta las estanterías donde se ordenaban los cedés de música. No paraba en el pasillo central, donde se ponen a la venta los discos recién estrenados de las estrellas de moda. Se iba a los laterales, donde los discos que él buscaba se apiñaban en filas de siete u ocho volúmenes haciendo difícil el repaso de cada título. Con precios que oscilaban entre los seis y los ocho euros eran antiguos LPs de los años 70 u 80 reconvertidos a cedés que a él le hacían revivir sugerencias y rememoraciones soterradas, muy cálidas cuando fueron portada de discos de vinilo o de cintas de casete. Y tal vez lo más placentero no era verlos sino coger la cuadrícula de la caja envuelta en el plástico tenso para pasar las yemas de los dedos por la silueta de los dibujos o las fotos del anverso y del reverso e imaginar casi como un ciego cómo aquellas portadas fueron recorridas por los mismos dedos veinticinco o treinta años antes, cuando de su funda surgía como una promesa de felicidad aquel vinilo que rodaba por la esquina abierta de la carátula y concluía en el equipo de música del salón de casa, en el disco bar de los inviernos del BUP o en las reuniones con las chicas de las fiestas de fin de año, disfrutando de unas canciones que ya no eran del todo nuevas, descubiertas con el ojo de exploradores pacientes en las máquinas de música de los garitos de rock.

Aquel rincón del supermercado le sometía con una determinación que él aceptaba dócilmente y sin disimulo, tan próximo a la voluntad de un niño que ir hasta allí era sentir la fuerza de un imán mágico como el que lleva a los pequeños a las pinzas de las cajas de golosinas. Pero quería esconderlo un poco, sentía rubor de admitirlo tan llanamente y buscaba artificios para eludir el atractivo de aquella afición. Pensaba como todos lo hacemos en la madurez, con esa necesidad de explicar atildadamente lo que buscamos, con la plausible porción de sentido práctico que supuestamente debe tener todo lo que hacemos, una cincha de la que solo libramos al sexo cuando en las islas de la intimidad volvemos a ser benditos juguetes del capricho y el puro goce. Por eso ideó aquel juego banal del pacto secreto adhiriéndolo a su conciencia tan estrechamente que había terminado por no parecerle una justificación sino un modo hábil de aparentar lógica en la conservación de un afán juvenil.

En el ordenador de casa tenía instalado el E-Mule y todos los discos que regresaban a su memoria viéndolos en las repisas, podía descargarlos cómodamente conectándose al programa. Pero sentía insípido aquel impulso de autómata, porque para él aquella música no era sólo una recopilación de sonidos, la escucha de temas más o menos gratificantes. Para él, era una resurrección de otras vidas, de capítulos que tenían el argumento completo de historias reconocibles. Hay cosas que reconstruyen certeramente el perfume y los perfiles del imperio de la juventud y para él aquellos discos tenían la consistencia amorfa, pero real de esos nimbos desperdigados en el aire que inopinadamente nos devuelven evocaciones hibernadas. Como el recuerdo de un rock salvaje bailado en la discoteca "Los Robles" o la primera cinta de Status Quo que él puso en el radiocasete de aquel Peugeot 205. Antes de enamorarse de los viajes alados que la música de Génesis le enseñó a imaginar intrigado por aquella portada con un hombre plácido que soñaba dormido sobre el banco de un parque mientras una mujer con paraguas lo miraba en la misteriosa escena intemporal de "Selling England by the pound".

En la última funda de la cartera guardaba el dinero y en la penúltima, los vales descuento. A fuerza de manejarlos se daba buena maña para ordenarlos siguiendo mentalmente la distribución física del hipermercado. Los de bebidas los colocaba justo detrás de los que correspondían a los expositores de carnes y huevos, y los relacionados con la limpieza los dejaba para el final pegados a los vales de perfumería y baño porque las secciones se sucedían en calles paralelas antes de cruzar a las cajas registradoras. Nada más llegar al híper sacaba la cartera y volvía a repasar los recibos: "Tres por ciento de descuento en fruta hasta un máximo de cuatro euros por compras superiores a 50 euros”, "Diez por ciento de descuento en cualquier variedad de cerveza especial, estándar o sin alcohol", "15 por ciento en panadería", "Diez por ciento en productos de desayuno: galletas, cacao, infusiones o cafés"... Sabía disciplinar su compra a esos detalles. Sólo compraba los artículos en rebaja cuando realmente los necesitaba, pero se daba tanta habilidad que no dejaba escapar ningún descuento del que tuviera vale. No le resultaba un hábito obsesivo, simplemente lo había adaptado a su forma de manejarse en el hipermercado. E iba calculando mentalmente cuánto dinero iba ahorrando para darse el premio, para santificar ese pacto ingenuo y entretenido yendo antes de marcharse hasta las estanterías de los discos y comprar el cedé de algún álbum antiguo con los seis o siete euros teóricamente ahorrados. Jugaba de esta forma a creer que le salían gratis, que era tan fácil como bajar las canciones por Internet minimizando su alianza con esos discos que en el fondo le devolvían como reliquias renovadas un trozo de vida transcurrido con los símbolos que aquellas músicas le concedieron. Era una manera simulada de atemperar el vigor evocador de sus portadas y de sus libretos como si hubiera necesidad de no mostrar del todo lo que es una tentación del puro capricho. Los vales descuento eran el escudo, la careta para no ir de frente a la búsqueda dando una racionalidad supuestamente veterana al impulso que por la ley de las décadas cumplidas se refrena y ya nunca más se ofrece con arrebato adolescente. En ese filo manso a mitad de camino entre las poses y las pequeñas ilusiones, el recurso a los vales era su pócima útil para equilibrar pragmatismo y soltura. Era como disfrutar de una ráfaga de 20 años en la proporción adecuada que se puede beber de ella cuando ya se tiene más del doble. Sabía los términos del protocolo y es seguro que más de una vez pensó que tenía que desatarlos, huyendo de la opacidad de las acciones ambiguas y tirándose al barro para comprar todos los discos que le gustasen simplemente porque sí. Pero no era capaz de adherirse sin tapujos a la espontaneidad, ya domado en parte por las reglas del convencionalismo que, entre amigos, le estipulaban que “para qué comprar discos si estaban en la red”. Por eso, en esa ranura de los vales encontraba la puerta de escapada a los dogmas adosados, entregándose mediante este inocuo zigzagueo a lo que en el fondo quería. Objetos de música para volver a pisar unas huellas, sonidos en un discman o en el reproductor del coche para seguir sabiendo, al mirar el estuche del cedé, que el tiempo conserva una línea continua que enlaza todas las etapas, aunque el propio tiempo las diluya y entrecorte.

Abría la caja del compacto con una devoción casi religiosa, atraído, nada más abierta, por el libreto que se desdoblaba como un tríptico para ver fotografías de músicos de los años 70, como las de los componentes de Yes cuando sacaron "Going for the one", donde John Anderson, Steve Howe o Rick Wakeman aparecen sonrientes ante las orillas de un lago con ese fondo de ensoñación y mística celeste que rodeaba al escucharlas sus propias composiciones. Y se deleitaba siguiendo las letras impresas de las canciones, en una costumbre que no era suya y que aprendió del profesor de inglés del instituto que les animaba a estudiar y a disfrutar del idioma siguiendo la entonación o el brío de cada canción y bisbiseando como si por un segundo tu voz camuflada estuviera también en la grabación y de repente la reconocieras por los bafles.

Cada cedé era el baluarte sigilosamente añadido al depósito de su colección afectiva, recuperando en sus formatos pequeños los elepés que vivificaron fines de semana en los cursos del bachillerato, sorprendido por ejemplo cuando un día sin esperarlo conoció la música de King Crimson, a la que se acercó por la voracidad de aquella carátula que le enseñaron en clase Antonio Torres y Pedro Benítez. La portada era una cara enrojecida de ojos asustados y temibles, replegados ante la extensión de cueva de una boca totalmente abierta y de unas fosas nasales que se perdían en la negrura de un interior enigmático. El disco se llamaba “In the court of King Crimson” y no podía creer que aquella música ya se hiciera en 1969 cuando él todavía era un niño. Y así, como un coleccionista exigente de mariposas exóticas, había vuelto a tener "Breathless", de Camel, con la mirada hacia el cielo de un camello feliz en un atardecer cuadriculado de ocres tranquilos e irreales. O las manos sobre la reja en el firmamento estrellado y negro del "Crime of the century", de Supertramp. Y las gafas negras de Rocky Sharpe vestido con chaqueta rosa y solapas negras mientras los Replays abren sus manos y giran sus labios para hacer el coro en Rama Lama Ding Dong . O la pasión por los Ramones con aquél que él pensaba que fue su mejor directo y que se titulaba "It´s alive", grabado el día de Nochevieja de 1977, con Joey llevando la pancarta de uno de sus gritos de guerra "Gabba, Gabba, hey". Los cuatro miembros del grupo con tanto vitalidad y raza que él seguía viendo aquella instantánea como una foto de ayer mismo, insumiso al paso del tiempo y a la penetrante crueldad de saber que hoy tres de esos roqueros ya están muertos.

Si ahora pudiera volver a tener 18 años, se extrañaría posiblemente de su imagen en este futuro ya cumplido, ligando dispersamente, en su destino discreto de clase media, la rutina de hacer la compra con el rescate de sus discos de aquella edad. Pero no le importunaba reconocerlo porque en el detalle iluso de esta costumbre ingrávida, pugnando con las voces del pragmatismo y la norma correcta, pataleaba el alma de adolescente que siempre persiste en nosotros y que a él se le desvelaba así, volviendo a colocar sobre una repisa de casa los discos que eran la reconstrucción de su primera juventud.

Una tarde de 19 de marzo, al volver del trabajo, su hija mayor guardaba una caja azul envuelta en un papel de regalo sujeto con trozos de celo muy pegados a sus bordes. Los fue retirando con cuidado y vio que era un MP 4. Supo conservar la delicadeza y la expresión de agradecimiento que merecía su hija por ese detalle en el Día del Padre, y sólo ya por la noche cuando volvió a ver la caja sobre la mesa del ordenador, le ascendió un escalofrío incomprensible y dubitativo. Aquel MP 4 era una concreción demasiado imperiosa del tiempo actual, como si las fronteras de las edades ya no tuvieran la gradación escalonada que él sí describía para su propio tiempo. Le parecía el MP 4 el aterrizaje en casa de nuevos cultos que era imposible relacionar con la aproximación a la música que él tuvo muchos años antes y como no hallaba asideros o vínculos de recuerdo, veía ese aparato con la sensación de extrañeza que recorre al extranjero cuando pisa un país nuevo. Leía las instrucciones del MP 4 y le retumbaba como un eco vacío y mudo ese inconmensurable poder de almacenaje, donde se podían llegar a tener casi diez mil canciones para escuchar sin tiempo posible una extensión de músicas desbordada. De esta forma, él no era capaz de asumir que todo el misterio de seducción, tacto y memoria que las carátulas, los libretos, las cintas o los vinilos habían tenido en su juventud desaparecieran en la desnudez tecnológica y absoluta de aquel pequeño objeto. Era como si el MP 4 le desposeyera por completo de la excusa de guardar aquellos vales descuento para seguir comprando cedés. Si él se había resistido a la acumulación vaga y numérica de las canciones del E-Mule, si él se sentía abuelo prematuro en la que medida en que no se reconocería colocándose los auriculares del artilugio y despojando el paisaje de su música, de la herencia visual que recibió de ella. Se dio cuenta de que el tiempo del MP 4 no le pertenecía y de que no haría absolutamente nada para merodear por él. Dejó el aparatito en la mesa, repasó en un afán de reivindicación confirmada si aún tenía algún vale descuento que le pudiera servir para la compra del día siguiente, y cogió la hoja escrita con las cosas necesarias para reponer el frigorífico y las bandejas de la cocina. Cuando durante la mañana posterior, veía cómo José Tomás pasaba como un rayo los artículos por la caja, dejó para el final en el carrito de la compra el cedé con la foto de dos hombres que se saludaban hieráticamente mientras uno de ellos comenzaba a consumirse bajo un fuego destructor. Al escuchar el pitido tras pasar por el lector, se preguntó si José Tomás habría leído que bajo la foto ponía "Wish you were here". Nada más pagar, él abriría el compacto para volver a recordar letras y pormenores de la historia de Pink Floyd. No existía, no era tal, no había pacto secreto que devolviera euros ahorrados en forma de antiguos discos. Pero él seguiría alimentando la extravagante ilusión para no descolgarse de sus pasiones pretéritas, para no sucumbir a la coronación nueva e invencible del MP 4. La que ya sí de forma definitiva escoraba como piezas de museo materias que fueron cresta del presente veinticinco años atrás.

"Cuatro por ciento de descuento en la compra de champús, espumas de afeitar, desodorante y colonias", "Ahorro de tres euros en su próxima compra de carne, conservas y pastas". Guardó los vales que el cajero le entregó tras el pago de la cuenta y ya pensó en un disco de "Alan Parsons Project". En su carátula en verde destacaba el filo de un ojo de lágrima egipcia que se podía ver fácilmente sobre la tercera balda de los estantes de música. Tal vez, se regateó a sí mismo, con el dinero que ahorre de la próxima compra. Recordó su título “Eye in the sky” e intentó adivinar cómo volverían sus yemas a recorrer los dibujos para desvelar exactamente qué curso estaba haciendo cuando lo oyó por primera vez.