Lleva una gorra de color amarillo pálido. Los ojos los tiene claros y acaba de pedir a la azafata un ejemplar del diario de Iberia. Pasea sus ojos por las columnas con una lentitud de niño. Se ve que tiene dificultades para traducir las frases y se detiene en las noticias breves, las que aparecen recuadradas en los faldones del periódico y apenas cuentan con un par de párrafos. Con la punta de sus dedos se toca la barbilla mientras bisbisea casi irreconocibles las palabras en español en un gesto que revela que está traduciendo, con el mismo sentido de incógnita que nosotros también mostramos cuando traducimos del inglés al español, superados por la longitud de los renglones y prendidos del laberinto en el que a veces se convierte la traducción de titulares telegrafiados, tan poco acostumbrados como estamos a la construcción de frases que no siguen nuestro orden gramatical. El chico es joven, puede tener unos 26 años y usa gafas que me recuerdan a las que llevaban los hermanos del dúo escocés "The proclaimers". Yo he cogido la revista “Think in English” y la he abierto por las páginas en la que están transcriptos con letra minúscula los diálogos del cedé que siempre viene con la revista. Lo he hecho como aliándome tardíamente a un acto de defensa, como un último repaso para despertar en mi mente palabras en inglés, dispuesto a que no me resulte demasiada brusca la llegada al aeropuerto de Heathrow y verme rodeado de conversaciones de pasillo y palabras sueltas que ya no tienen el aliento y la familiaridad de mi propia lengua. Al subir al avión me ha puesto nervioso la rapidez con que la azafata traduce al inglés las frases que acaba de decir en español. Se ha referido a la necesidad de abrocharnos el cinturón, al tiempo que tardaremos en llegar a Londres y a la temperatura que hace en Madrid-Barajas y la que encontraremos cuando lleguemos a Heatrow. He intentado seguir al pie de la letra el curso de sus palabras pronunciadas en inglés, pero el chasquido metálico de los altavoces minimiza y esconde el silbido de sus expresiones y me quedo atorado en mitad de su frase, decepcionado por no ser capaz de seguir fresco y ágil la continuación de su voz, e intentando desentenderme del español para procurar no traducir sino pensar en inglés a la vez que intento visualizar, en una página invisible que tengo en mi mente, las palabras que dice y a las que intento poner caracteres en una tinta muy rápida que soy incapaz finalmente de imprimir en esa hoja de aire. Por el contexto saco la idea o me aferro a que he podido sacarla y al volver a las columnas de la revista en inglés, siento que mi pensamiento va más ligero y que esa muleta psicológica me ayuda porque incluso me llegan más naturales las palabras de la pareja anglosajona que ocupa los dos asientos de mi fila más cercanos a la ventanilla. Me doy cuenta por su pronunciación de que son norteamericanos, ella enlaza su mano por debajo del brazo de él y veo una sortija muy limpia, no excesivamente brillante, pero sí muy pulida que me hace pensar que son recién casados. Me doy cuenta también de que comentan algo de San Diego, que puede ser su ciudad de residencia, y de las horas de avión que ya llevan acumuladas desde que partieron de casa. Podía haberme animado a hablar con ellos, pero siento más curiosidad por el chico de la gorra que ahora detiene su dedo índice al final de un párrafo flanqueado a la izquierda de la página por una foto de Carod Rovira. Sin mediar ninguna presentación le comento, en una indicación que en el fondo es también para mí, lo difícil que resulta cuando eres extranjero entrar en las rutinas domésticas de la política de otros países y en una comparación que intento resulte didáctica le explico que el partido de ese político sería algo similar a lo que representa el Partido Nacionalista Escocés en Gran Bretaña. Me escucha con atención mientras procuro separar las palabras que digo en inglés en un esfuerzo por construir correctamente las frases cerrando con pulcritud las eses y marcando los matices en una cadencia que a mí también me ayuda para pensar en español y poco a poco ir traduciendo al inglés. Se da cuenta y él también espacia con paciencia sus palabras hablándome de los caminos paralelos que a veces tienen los avatares políticos de países distintos como si existiera una voluntad inopinada de equiparación que en ocasiones se concreta caprichosamente.

El viaje se me va haciendo largo porque salimos a las cinco y media de la mañana. El recorrido en autobús hasta Madrid, sumando 340 kilómetros, tenía algo de rememoración de excursión, no sólo por la compañía de los niños que no han dejado de hablar durante todo el viaje en los asientos traseros, sino porque nosotros en nuestra charla hemos otorgado a los diálogos la ilusión de las conversaciones templadas que matizan un entusiasmo que en el fondo sentimos juvenil por un viaje equipado con las expectativas que retan o quieren hacerlo a los hábitos demasiado diarios. En el autobús me he sentado al lado de Félix. Todavía de noche mi cara se reflejaba en el cristal de la ventana, con mis ojos incapaces de vislumbrar rastros del paisaje que son solo oscuridad en el último tramo de la noche. Félix me ha hablado del goce de fotografiar detalles en primer plano como nervaduras de hojas, esquinas escarbadas de cornisas o fracturas casi invisibles de piedras que esconden su vejez en arroyos de agua escasa. Sus palabras son una premonición, un anticipo de los encuadres que le gustaría conseguir en esta excursión que nos embarca hacia Oxford. Y conforme el alba va asomándose con una prudencia de niño tímido, yo miro al fondo donde ya sí veo paisajes de dehesas con brumas alumbrando muy débilmente una ruta que cuatro días más tarde tendrá una forma muy distinta cuando Félix esté entre los jardines del palacio de Blenheim yendo a buscar efectivamente esos enfoques minúsculos que ahora alimentan solo como palabras su afición tranquila. Somos en el autocar 28 padres y 35 niños -no recuerdo muy bien el número exacto- partícipes de este viaje que Pilar Reyes, la profesora de la academia de inglés, propuso y que nos subyuga con la solicitud con que las experiencias nuevas reclaman el tacto inédito de los lugares a los que no se pensó viajar.

Al llegar a Londres y visto desde el avión, había una luz plomiza y nublada sobre la ciudad que sin embargo no oscurecía la arteria de sus calles o el verde de sus parques. Incluso conforme bajábamos la luz se volvía más clara y por un momento no te parecía sentirte en un país extranjero, como si el trasluz de aquella pista fuera la leve grisura local de ciudades españolas del Cantábrico. Sólo la entrada y el paso por los vestíbulos fabriles de Heatrow te hacen ya verte en Inglaterra con el color algo desvaído de los carteles que te indican el camino para dirigirte hacia las cintas de recogida de equipajes. El instante se vuelve incluso más exótico cuando una mujer de corte hindú con ojos muy negros y de sonrisa escueta nos pide que le enseñemos el carné de identidad. Los techos de los pasillos son bajos y los carritos para recoger las maletas tienen una pátina de óxido que contrasta vivamente con los que usamos en la T 4 de Barajas.

Antes de salir al exterior de Heatrow, un joven en mangas de camisa y con corbata típica de oficinista nos pide en español que todo el grupo se reúna. Respiramos el olor a asfalto nada más cruzar las puertas giratorias y dos autobuses nos esperan en un andén estrecho que les sirve de parapeto ante el tráfico denso que está sólo sesenta metros más allá. Ir por el lado izquierdo de la autovía produce una mínima ráfaga de convulsión cuando te adormece el sonido del radiocasete del autobús que hormiguea noticias en inglés, y a retazos te despiertas levemente desorientado por la posición de la cuneta en la que tus ojos se fijan medio segundo antes de volver a recordar que estás en Inglaterra. Te extraña ver cómo pasan los coches por los dos carriles rápidos que quedan a tu derecha y ya cuando llevas 20 o 30 kilómetros reparas en que no hay demasiados cambios de rasante, que la ruta es llana porque el ronquido del motor del autocar es monocorde y no hay variaciones ni breves sacudidas de aceleración al hilo de cambios de marcha que casi no se producen.

El color terroso oscuro de las ciudades que ves a lo lejos te ubica ante imágenes que ahora sí relacionas con casas vistas en noticias del telediario o con el verde pradera de películas inglesas ambientadas en la era victoriana. Psicológicamente no eres capaz de admitir que los carteles con la distancia que resta hasta Oxford estén escritos en millas y aunque más de una vez recuerdas mentalmente que eso es así, le das a los dígitos -40 ó 30- la dimensión en kilómetros que tú estás acostumbrado a calibrar, inhabituado todavía a relacionar esos datos con una distancia mayor.

En la tarde de Oxford la luz se oscurece gradualmente. Antes en la autopista, las nubes no cerraban pasillos de claridad para abigarrarse secretamente con la intención de lluvia. Al contrario, la paz con que algunos caballos sueltos comían en las praderas en ningún modo trasmitían inquietud o cierto ademán de vigilancia. Su placidez se había hecho tuya viéndolos desde el autobús y fijándote en el reloj digital al lado del techo del conductor que marcaba las cinco y cinco de la tarde dando por sentado inocentemente que el día meteorológico ya se había definido y no que traería novedades al juego de grises que hasta entonces se había sucedido. Pero al enfilar las primeras calles de Oxford la cotidianidad de la ciudad –y no es un tópico- se te hace literaria como pasajes de un relato que alguien pudo leer al lado de una chimenea y cuya ventana más próxima te permitiera ver el justo tono de luz que ahora muestra la tarde. La gente que usa el carril bici se protege con largos chubasqueros de colores alegres y cuando cruza un ciclista que se coloca la capucha, su visión es como una pincelada de acuarela sobre un fondo marítimo de ciudad norteña al atardecer. Los colegios universitarios parecen faros accesibles en el diagrama del casco histórico e incluso quieres ver en sus jardines bedeles atentos y cautos que te invitan amablemente a conocer bibliotecas de suelos de madera, de bóvedas altas y de filas interminables de libros gruesos. Porque el color gris de la tarde imanta sin saberlo el deseo de empezar ya a pasear y más que dirigirse a calles o aceras, parece como si la ciudad te trasladara a sus propios interiores reclutando a los visitantes para que conozcan desde dentro hacia fuera, y no al revés, la acumulación generosa de sus sitios con historia.

Hubo una magia de aquel viaje que superó el patrimonio común de sensaciones que más o menos prevemos para la ruta por un país distinto. Las coincidencias arropan un cúmulo de circunstancias que si son en parte planificadas conservan un sabor que, aunque bueno, no tiene la textura de lo que puramente surge al natural. Y lo grato fue que tuvo huella natural nuestro tiempo vivido allí. Cinco padres coincidimos en una de las habitaciones de la planta baja del albergue en el que Pilar había contratado la estancia. Tenía una ventana de dos amplias hojas que daba hacia una calle cruzada por arriba por un tramo de vías férreas. Los trenes que salían de la estación de Oxford, no muy lejos, cruzaban con lentitud de diligencias y su paso te hacía suponer trayectos a ciudades próximas de nombres desconocidos, y tú sentías la necesidad de inventarte sus nombres para ubicar mentalmente en qué lugar de la isla estabas, cerrando los ojos y viendo un mapa de Europa en el que situabas simbólicamente una chincheta en azul para localizar dónde andabas ayer y en otra en rojo para saber dónde estabas hoy. La habitación tenía olor a humedad. Eran seis camas en tres literas. Recuerdo que terminamos colocando las sábanas a las seis en previsión de que alguien más pudiera acompañarnos en aquella habitación porque no todo el grupo de la excursión se había ubicado. Finalmente nos quedamos los cinco y aquellos días juntos tuvieron algo de camaradería recobrada como si el tiempo nos hubiera hecho coincidir años atrás en un campamento de milicia o en una excursión de universitarios y nos diera la oportunidad de recuperarla, de construirla de nuevo con la complicidad que supuestamente tuvimos en un día que no existió y que ahora se nos ofrecía otra vez para revivir una experiencia antigua e imaginaria. Recuerdo que nada más concluido el viaje se hacían muy presentes las ocurrencias que nos venían a la cabeza durante la excursión por detalles banales como el mínimo lavabo que tenía la habitación donde para lavar una mano había que sacar la otra o el golpetazo en la frente que se dio Juanjo contra la madera de una repisa cuando una de las madrugadas se despertó desorientado y sin recordar que dormía en un lugar distinto a su casa. Pero semanas después, el recuerdo ya no se maceraba en las palabras, en los diálogos salteados que compartimos cuando nos volvimos a encontrar en las calles de nuestra ciudad. Ahora era el matiz, la imagen fija de situaciones que en la rememoración de los días se guarda con una precisión más perfecta. Era, por ejemplo, la costumbre casi monástica de Urbano de leer al menos un par de páginas del libro que llevó durante el viaje y que fuera la una o las dos de la mañana tenía que coger suntuosamente para clausurar la noche con la norma prescrita a la antesala de su sueño. Era el hábito que improvisó Miguel y que luego seguimos los demás de dejar sobre la mesa de nuestra habitación, las cajitas de tarta y las manzanas que nos sobraban del picnic repartido cada mañana en la recepción del albergue antes de partir a las visitas turísticas. Eran las gotas de lágrima artificial que yo le pedía a Antonio Maza que me echara sobre los ojos para disimular en parte el cansancio de las pocas horas que dormíamos. O el ronquido de Juanjo al minuto de cerrar los párpados, capaz de escuchar los chascarrillos que hacíamos por esa prontitud que él tenía para el sueño, pero inmunizado de oír de nuevo sus siguientes ronquidos que le inundaban justo al minuto después, entregado ya a la placidez de ese sueño feraz e inmediato.

La sincronía es a veces el fruto de participar en pequeñeces sin ninguna exigencia más, la conquista de poner un paréntesis a los días normales sin una receta escrita que especifique qué pasos hay que dar y qué manual se debe seguir para disfrutar de instantes que sólo nos vienen como bocanadas de aire.

Al lado de la escalinata de la estación de trenes de Oxford y antes de coger el autobús turístico de dos plantas, veo cómo los taxis típicos ingleses estacionan sin agobios ante el bulevar y las marquesinas. Tres taxistas tienen la tez muy blanca con esa expresión azulada de ojos que rápidamente identifica las formas anglosajonas, pero al lado de ellos en conversaciones de tonos muy bajos se reúnen también taxistas de pieles cobrizas con cejas pobladas y miradas azabache que rápidamente relacionas con inmigrantes o con hijos de inmigrantes de Pakistán o de Bangladesh. Nos hacíamos fotos delante de los taxis y ellos asistían con parsimonia dúctil a nuestra ceremonia de turistas predecibles. Y nosotros mismos entregados a esa docilidad cruzábamos la calle para rematar otras fotografías haciendo alguna pose ante la estatua de un buey que recuerda que esta ciudad fue paso de bueyes antes de graduarse en la historia. En el autobús de dos plantas, arriba, una balda metálica permitía colocar la cámara de vídeo ante el cristal delantero. Se trataba sólo de dejarla grabar para seguir como en un travelling cinematográfico el surco del propio autocar por las calles de Oxford. Cogimos la Road Street. Era una calle muy plana con árboles altos de ramas desnudas que saludaban el paso lento del autobús. Seguíamos sin prisa el ritmo tranquilo de dos ciclistas sin que pareciera en ningún momento que el conductor fuera a adelantarlos. La cámara en el soporte no vibraba y en el silencio del trayecto había una sensación de elevación como si nuestra mirada tuviera la altura de los ojos de un gigante que se entretiene curioseando entre lo que ve a sus pies mientras aparta las ramas de los árboles urbanos. Antes de enfilar la curva en la salida hacia una bocacalle, sorprenden las letras de un rótulo que está en español. Se llama "Qué pasa" y es un restaurante de tapas españolas con marcos de madera negra en su planta alta. Apenas nos suscita interés porque el grupo se afana en seguir la pista de la narración que se escucha por unos auriculares que nos han dado y con los que intentamos descubrir en nuestra panorámica alrededor cuál es el edificio del que está hablando. La mañana persiste en la misma luz, tal vez un poco más clara, que la de la tarde anterior. Es un gris muy suave como preludio de un sol cuya silueta sí se puede adivinar más allá de la altura granítica de las torres y de los últimos ventanales. Las nubes actúan como una gasa que se resiste a desaparecer dejando en una tonalidad blanca y afable el gris de las aceras y el asfalto. Nada más despertar, Juanjo dijo al mirar por la ventana de la habitación que aquélla era "una nueva mañana nublada y gris en Oxford como otra cualquiera". Aceptamos sus palabras con la seguridad de los azules de sol que seis días después sabíamos nos esperarían en Extremadura, liberados de la duda de saber cómo asumiríamos la luz ceniza y húmeda de esta ciudad si tuviéramos que vivir en ella durante varios meses. Pero desde el piso superior del autobús turístico, la capa de nubes no amenaza, no se cierne como un telón de oscuridad, al contrario, baila como una danza de puntillas con los tejados de pizarra de los colleges y abadías. Bajamos del autobús en la Broad Street. Al oeste las formas picudas de los edificios recuerdan la silueta de una villa medieval. Las casas parecen estrecharse buscando sobre todo las líneas verticales, arracimándose como fichas de dominó que sin embargo no se quitan belleza entre sí. Hay un mercadillo en la parte más ancha de la calle. En una de las casetas, ondean hacia abajo dos banderas españolas sujetas a una barra horizontal que sostiene una lona. Dos hombres de piel muy morena y bigotes poblados preparan sendas paellas. No me parecen españoles, más bien me recuerdan a los dependientes turcos que venden kebacks en las tiendas o en las furgonetas de comidas rápidas. Les hablo en español, pero me contestan en inglés diciéndome efectivamente que no son españoles, pero que les va bien en los mercados ambulantes preparando y vendiendo paellas. Los niños y niñas de la excursión se han quedado en la acera escuchando a Gemma, la profesora bilingüe que acompaña a Pilar Reyes, y que les explica en inglés que tengan cuidado al cruzar por la calle, no por los coches que esa mañana no circulan por la Broad Street sino por las bicis que pasan con sigilo entre los transeúntes y que rara vez aminoran su marcha como si hubiera un derecho de tránsito que todo el mundo tuviera que conocer donde el privilegio es de los ciclistas y no de los caminantes. Hay un montón de bicis muy usadas en un estacionamiento reservado sólo para ellas. Pequeñas cadenas con candados atan sus radios a los tubos fijados al suelo y jóvenes universitarios se dirigen hasta allí para dejar sus bicis y perderse entre los jardines de los colegios camino de sus clases. Entramos en una tienda donde venden los polos y camisetas con el logotipo de la Universidad de Oxford y allí coincidimos con un joven gallego. Hace un año se las arregló para que le hicieran desde España un contrato en esta tienda. Tiene un inglés aseado, medido con una pronunciación académica y me sorprende que cuando pasa al español marca sus palabras con el acento típico gallego, ajeno a la disciplina de manejarse en un idioma nuevo donde sí esconde totalmente su tono nativo. Su naturalidad le lleva, entre los clientes que hablan uno y otro idioma, a demostrar una habilidad de actor de doblaje pasando en un segundo de un inglés cuidado y prudente al español de giros fuertemente gallegos. Parecía acoplado a la vida de Oxford como si una escuela de cielos iguales le hubiera traído de Galicia hasta aquí y ahora me convenzo de que se movía tan fácil en su aire llano de palabras cruzadas que su presencia, de algún modo, nos protegía como si bastara su voz para cerrar los ojos y suponer que alguien nos recibía, en vez de en la Broad Street, en una tienda de recuerdos de Orense o Cambados.

Las noches de Oxford nos contemplaban en busca del sabor licuado y sobrio de las pintas de cerveza en un pub de la George Street. Su suelo de madera en la parte del local que limitaba justo con la orilla del Támesis hacía recordar el rechinar conspicuo y misterioso de las bodegas de los barcos piratas. Y las mesas donde nos reuníamos sentándonos sobre bancos sin respaldo conservaban el cuajo de tabernas a refugio de noches de muchas lluvias invernales. Andrés, el marido de Pilar, está con nosotros. Antonio Maza le ha bautizado como el group leader del “pinta team”. Pilar, para el viaje, ha dividido a los alumnos de la academia en cuatro grupos que son dirigidos por monitoras, por sus respectivas group leaders. Antonio ha querido equiparar nuestras excursiones nocturnas a las que hacemos con los niños por la mañana y llevado por el juego de palabras le ha dado a Andrés el birrete de guía del equipo aficionado a las pintas. En diciembre había estado con su mujer, durante un fin de semana, visitando los lugares que luego nosotros conoceríamos en esta excursión. Él ha elegido los pubs que estamos visitando y ahora sentado al fondo de la mesa mira a través de la cristalera para otear entre las orillas del Támesis el recuerdo de aquel fin de semana. Había nevado, dice, y el hielo formaba cuajos de estalactitas en las barandillas. Aquello supongo que añadiría una concreción física de mayor frío al paso aterido de los viandantes y los veo, como él los describe, cautelosos y a la vez divertidos procurando no resbalar como si llevaran patines de aguja sobre una nieve muy dura. En los pubs, las cervezas, muy ricas, a veces se nos alargaban en el fondo de las jarras porque no nos servían aperitivos. Miguel, previsor, fue nuestra salvación aquella primera noche. Trajo dos bolsas de anacardos y almendras que no recuerdo si consiguió de una máquina expendedora que había nada más entrar al albergue. Picábamos a buen ritmo para hacer volar los cacahuetes a la boca y ya bien cubiertos de su rastro apurábamos un buen trago de la pinta para regar el sabor parduzco y salino de los frutos secos. Y nos parecía un disfrute redondo y muy fraternal como si acabáramos de descubrir el paladar de la cerveza inglesa y hubiera que reiterarlo más de una vez para confirmar que nos gustaba y que ese hallazgo bien merecía otro sorbo.

Al mediodía del día siguiente, recuerdo al grupo comiendo el picnic en una de las esquinas de Cornmarket Sreet. Hay un hombre que usa un sombrero de fieltro y que vende bolsos a dos libras con dibujos de “Alicia en el país de las maravillas”. Enfrente enfoco con la cámara de vídeo la fachada azul de "The works", una librería de la que sale la gente como si fuera un supermercado con prisa y revuelo, y cuando me acerco, veo que los clientes no observan los libros con la paciencia que siempre merece ojear un buen título, ese gesto de solitario encuentro que le concedemos a un libro y que prologa en la lectura de su sinopsis la elección final para comprarlo. Algunos de nuestros hijos piden botellas de coca cola en un quiosco de corte clásico y parte de ellos ya sigue camino hacia el final de la calle conociendo el trayecto que lleva hasta el Christ Church College. En un trozo de la Cornmarket ante una escalinata que curiosamente no conduce a una de las muchas franquicias que pueblan la calle, dos jóvenes tocan canciones del folclore inglés. Es un tema instrumental muy alegre, uno de ellos hace sonar con soltura ferviente las cuerdas del violín y el otro lo acompaña acelerando sus dedos sobre las cuerdas de una guitarra acústica para disponer una invitación al baile que sin embargo nadie en la calle parece aceptar. Cuando Gemma con su grupo de alumnos comienza a bailar llama la atención del resto de los niños que rápidamente se acerca y también empieza a botar al ritmo de las notas optimistas y desinhibidas. Es el goce de la música que nosotros en España siempre relacionamos con la música celta. Se desborda el brío y se repiten los compases añadiendo a cada giro un punto de mayor velocidad que los niños intentan seguir tarareando y botando más deprisa. Es la misma música que como un plano consecutivo e inmediato volvemos a escuchar esa noche en el pub que conocimos ayer. No está Andrés que se ha quedado en el albergue, pero ahora nos acompañan varias mujeres de la excursión que se unen animosas para que no sean solitarias las rutas del “pinta team”. Pilar, Gemma, Virginia, Ana y dos universitarias, Claudia y María Pilar, que también están en el viaje como líderes de grupo, se han ido rápidamente al fondo de la taberna donde la noche se alegra con nuevos vaivenes de violín y guitarra acústica. Han enlazado sus brazos y bambolean sus pies, ahora a la izquierda y ahora a la derecha, siguiendo el ritmo frenético de estos otros dos músicos que coronan el ruido de las conversaciones que se dispersan por todas las mesas del pub. El dúo toca y canta canciones de Van Morrison y de Chieftains, el sudor se desprende de los cuerpos y el vaho se amodorra sobre el cristal que Andrés miraba la noche anterior recordando la nevada de diciembre. Hace calor, pero es un calor feliz, íntimo, anudado a una pequeña torre de Babel donde el inglés que se escucha se mezcla sin intimidación con el español que surge de nosotros, embriagado por este fervor de fiesta que ahora no nos hace sentir como gente extranjera. Se suceden una y otra vez las canciones relampagueantes y aprendemos incluso los estribillos coreando en la confusión trozos de versos que parecen sonarnos de alguna vez anterior: "She is handsome, she is pretty, she is the belle of Belfast City". Las mejillas de las chicas inglesas, al calor de las cervezas, se enervan de un rojo muy infantil y en sus risas atropelladas y chillonas se adivina un deseo de roces sexuales que sus compañeros aceleran superando sin ningún atisbo de poesía las estaciones intermedias de la seducción. Y de nuevo me regresa a la mente la impresión de la primera tarde, esta confirmación de que Oxford se ofrece de dentro a fuera porque la vitalidad está en los espacios recogidos y se exuda filtrándose por las paredes buscando el exterior para convencer al viandante de que los latidos pertenecen a quienes ahora se agolpan en el ajetreo del pub al lado de la barra trasegando entre charlas confusas, o al lado de los dos músicos sudando con su electricidad sonora y relajando voluntades con la alegría gradual del amarillo de las jarras que sobrevuela a la gente en manos de un camarero con otra ronda de pintas para el grupo que ya ocupa todo el fondo.

Al salir del pub, hay filas de jóvenes que se apiñan ante los discobares donde hay vallas metálicas para escalonar la entrada de la gente. Vigilantes de raza negra, vestidos con típicas chaquetas de guardaespaldas, escogen a los jóvenes que pueden entrar y sobresale la protesta atolondrada del que ha bebido más de la cuenta y al que únicamente le resta la esperanza de un encuentro azaroso con colegas nocturnos para seguir la fiesta en un piso de alquiler si no quiere despedir definitivamente la noche subiéndose a uno de sus coches normales que avisan que están de servicio porque tienen pegados en sus puertas delanteras grandes adhesivos amarillos donde pone "Taxi privado". Cinco policías, curiosamente no muy altos, y tocados con el casco de bobbys otean desde lejos los tropeles de jóvenes que buscan proseguir la noche en uno de los garitos, mientras miran de reojo la furgoneta antidisturbios que descansa como en un reservado en una de las bocacalles menos iluminadas. Hace frío, pero algunas chicas llevan escotes de verano. Me sorprende que no se muevan con atractivo femenino sobre los zapatos de tacón. Usan un inglés farragoso y como escupido en un tono mucho más alto del que frecuentan durante las horas del día. En las puertas de los bares los gorilas se concentran casi con disciplina de marines para evitar que nadie inoportuno se les cuele hasta la barra. La noche se empapa de humedad y sobre el puente del ferrocarril, cerca del albergue, vuelve a pasar con velocidad aplanada el enésimo tren.

Su sonido es idéntico al que volveré a escuchar tres días después, de vuelta también al albergue. Allí, y como las noches anteriores, sabemos que volveremos a ver a Gladys. Urbano se acerca al telefonillo y aprieta el timbre a la espera de que ella nos abra. Fue nuestra última noche en el albergue. Ella tarda más de lo acostumbrado. Es cierto que por ser nuestra última noche hemos apurado más las horas. Cerca del albergue, a unos cien metros, hay una casa de dos plantas que, dos días antes descubrimos, era una taberna distinta, a mitad de camino entre restaurante, pub y discoteca. La regenta un hombre de unos 60 años, de maneras tranquilas, que lleva un pañuelo azul amplio sobre la cabeza. Nos presenta y se rejuvenece al dirigirse a él, a su pareja: un joven chipriota que llegó a Oxford tres veranos antes. También atiende la barra una mujer francesa que no acepta comer jamón, una bandeja de supermercado que trajimos de España y que hoy llevamos de aperitivo. Nos dice que es ortodoxa y que no come carne en los días de Cuaresma. En nuestra última visita, nos invitaron a beber las cervezas en la zona que la taberna reserva como discoteca. No hay apenas luz y recuerda las discotecas españolas de finales de los años 70, las que coronaban la pista con una bola de pequeños mosaicos de cristales que servían para reflejar la luz hacia el suelo mientras se pinchaban las canciones de música lenta. Nos hemos resistido a decir adiós a los taburetes y al cedé de cantantes hispanoamericanos que el joven chipriota ha puesto en nuestro honor. Cuando llegamos a la puerta del albergue nos sorprende que haya una luz muy tenue en el pasillo. A Gladys la conocimos la primera noche. Volvíamos con esa actitud de indulgencia que se conceden quienes disfrutan de la amistad de la noche, enaltecidos por concluir el día después de dos mil kilómetros de viaje como si no fuera la primera vez que paseábamos por la noche de Oxford con la familiaridad con que incluso se ven los lugares nunca antes conocidos cuando las rondas y la conversación te hacen sentir ciudadano y vecino de cualquier parte. Nada más entrar al albergue aquella primera noche, Gladys nos pidió que la enseñáramos la copia de llave que cada uno llevábamos de nuestra habitación. Estaba detrás de la recepción y nos llamó la atención la cortina metálica que cerraba de arriba abajo el mostrador. Con docilidad de extranjeros le mostramos las llaves y en su mirada quisimos atinar un gesto mezclado de reprobación y aceptación; reprobación porque no habíamos dudado en salir desde la primera noche dejando a nuestros hijos al cargo de las profesoras de la excursión, y de aceptación porque parecía admitir el deseo urgente de estos padres españoles de zambullirse en la escapada nocturna con la avidez que merece un viaje que no se sabe cuando se repetirá. Miguel la primera vez no la entendió, cuando oyó la palabra "Key" -ki- le pareció escuchar que ella decía que le diera un beso -kiss-, pero al ver que le enseñaba una de las llaves que tenía en el cajetín, rápidamente comprendió. Aun así y como chiquillos insaciables que están a la ocurrencia que cae, bromeamos con aquella nimiedad, apalabrando entre nosotros que antes de volver a España efectivamente le daríamos un par de besos a aquella mujer de expresión alejada que luego resultó ser la inefable Gladys. Supimos cuando muy al final rompimos el hielo, que había venido de Kenia diez años atrás. Se encargaba de la vigilancia nocturna del albergue. Vivía en una pensión donde tenía alquilada una habitación con baño y donde tenía que compartir el comedor y la cocina con otros huéspedes. Se mostraba especialmente orgullosa de su hija, que vino con ella la primera vez que viajó a Inglaterra y que ya trabajaba de enfermera en un hospital de Londres. Cuando hablaba, me llamaba la atención el fondo acuoso de su mirada y el color muy rojizo de su lengua con el que pronunciaba un inglés sedoso y resbaladizo, algo así como el español de los tinerfeños, dándole una profundidad de hechicera sabia a sus palabras con las que volvía en su rememoración ante nosotros a la nostalgia por su tierra de origenl. Por eso aquella última noche, cuando Urbano tocaba el telefonillo, ya habíamos decidido que sería Félix, tal vez el más formal y prudente entre nosotros, quien le daría los besos. Gladys se retrasó en abrirnos. Nos dijo que había estado en la segunda planta pidiendo a cinco niñas de nuestro grupo que dejaran ya de conversar y de moverse en su habitación porque su pulular nervioso y despierto traspasaba los tabiques y convertía el pasillo en un rumor persistente de risas ocultas y entrecortadas. Disculpamos a las niñas. También para ellas era ya su última noche y al día siguiente dormirían en la normalidad plana de sus habitaciones de casa, por eso excusábamos, y al hacerlo también lo pensábamos hacia nosotros mismos, esa última excitación como si fueran burbujas finales de una gaseosa casi vacía que se quiere apurar para saciarse hasta con la última gota. Gladys, con el retintín de quienes se acostumbran a saludar repetidamente el final de la fiesta de otros, nos volvió a pedir desde el mostrador que enseñáramos las llaves, pero esta vez le dijimos que sólo las sacaríamos de los bolsillos si salía de la recepción y venía con nosotros al vestíbulo. Sonrió porque algo se barruntaba como si ella también admitiera que nuestra despedida no podía ser tan escueta, limitada a la repetición de un último good night cuando ya no habría más desfiles de aquellos padres españoles que simulaban vanamente una respetabilidad aceptable al regreso de sus cervezas de medianoche. Gladys salió, miró cómo Félix venía hacia ella con diligencia casi matinal, y partícipe de nuestra intención cruzó un par de besos con él mientras Virginia, Juanjo, Miguel y Urbano abrían sus teléfonos móviles para enseñarles después a los dos las fotos hechas con su kiss. Se repitieron otros besos con cada uno de los demás y le dimos al gesto una atención inusual tal vez porque era la única persona que habíamos conocido en este viaje a la que despedíamos efusivamente y en esa salvedad comprendíamos las pequeñas diferencias que nos hacen hijos de una cultura y no de otra, en un país donde el saludo no tiene la prontitud de roces y mejillas que ofrecen el inicio y el final de los encuentros en España. Y ella accedía placenteramente en la complicidad de un instante que ya no se produciría al día siguiente y que es posible que la noche posterior le hiciera echarnos de menos porque se había acostumbrado a nuestras llegadas a la una de la mañana con esa intención cómica de pasar desapercibidos en un silencio de vestíbulo deliberadamente imposible de mantener, acuciados por alargar nuestras conversaciones más allá de la lógica que nuestro propio sueño nos dictaba. Volvió Gladys detrás del mostrador y la vimos cómo ordenaba llaves que a la siguiente mañana ya se entregarían a nuevos inquilinos. Antes hablando con ella, había comparado el calor y el sol de su país al de España y recuerdo que no fuimos capaces de componer del todo aquel símil porque ninguno sabía realmente qué textura de tacto húmedo o seco tiene el calor keniata. Pero poco importaba porque ella en esa búsqueda de concomitancias parecía conformarse con la añoranza de su sol para regalarnos de esta forma un detalle de cercanía que nosotros sin darnos cuenta admitimos más íntimamente de lo que nuestras respuestas mostraron. Cinco minutos después, soñé que ella pasaba por el pasillo junto a la puerta de nuestra habitación y que volvía a reprendernos con voz de caricia y de guiño porque seguíamos hablando. No era un reproche, era un adiós otra vez, para cerrar en silencio el eco de los finales que tuvieron nuestras noches de Oxford y que Gladys siempre selló pidiendo una llave efímera que sirvió para recordarlo así.

Como aquella mañana previa que de nuevo habíamos salido temprano del albergue. Enfilábamos por segunda vez la Road Street, pero ahora lo hacíamos andando, viendo los mismos lugares que durante la primera mañana habíamos conocido desde el autobús turístico. Pasamos de nuevo por delante del restaurante español, pero nadie tuvo la curiosidad de traspasar la puerta. Yo solo me fijé en el póster que colgaba de una de sus cristaleras donde se veían fotografías un poco descoloridas de paellas y costillas rebozadas. Nuestro destino era el Christ Church College. Cruzamos por la gran verja para ver, desde la senda que lleva hasta la fachada central, cómo se agranda el dibujo de sus pináculos bendecidos por un sol aún brumoso que se desprende con pereza y lentitud de nubes legañosas. Félix se desvía del grupo y se interna apenas cien metros por el prado. Busca la maraña de ramas de un roble donde quiere fotografiar la alternancia de claridad y umbría que saetea como los agujeros de una celosía el trozo de hierba que el árbol sombrea. Rosario, Begoña, Azucena y Marta se han quedado atrás. Esperan a que yo llegue para que las fotografíe con el fondo de un sauce a sus espaldas. Quieren entregarme sus cuatro cámaras digitales y como tengo miedo de que alguna termine en el suelo decidimos apoyarlas sobre la madera humedecida de una baranda. Se pasan los brazos sobre sus hombros y me piden que me apresure. Se acerca un grupo de estudiantes franceses con el centelleo de voces y bromas que avisa de su propósito de llegar cuanto antes al college. Me da tiempo a tomar instantáneas con dos de las cámaras que he cogido del pasamanos. Ellas se mantienen firmes y a la vez naturales en su pose. Pero no me da tiempo a hacer la tercera. Los primeros excursionistas del grupo francés cruzan ante mí y uno de ellos sonríe artificialmente ante el objetivo dejando un borrón desenfocado que me hace perder el encuadre de las niñas. Ellas deshacen por un momento el entramado de sus brazos entre sí y esperan a que toda la fila pase. Cuando los franceses ya se han ido cambian su posición, pero vuelven a enlazar sus brazos ahora alternando hombros y cinturas y queda su mirada adolescente y colegial detenida en el tiempo fijo de dos nuevas fotos que ellas luego celebran revisándolas con algo de felicidad y rutina. Salimos corriendo porque pensamos que nuestro grupo ya ha entrado en el edificio. Gemma nos mira y nos dice que no hace falta correr. En el college ya habíamos estado durante nuestra primera tarde de visitas, pero veníamos a ver su gran salón. Pilar Reyes había prometido a los niños que conocerían el hall que sirvió de comedor de Hogwarts en la película de "Harry Potter y la cámara secreta". Una reunión privada de profesores y antiguos alumnos impidió que pudiéramos verla el primer día y ahora volvíamos para conocer por fin la sala. En la taquilla le habían dicho a Pilar que primero entraría la excursión francesa y ella decidió reunir a los niños junto a uno de los bancos del paseo a la espera de que llegara nuestro turno. La profesora aprovechaba visitas e intermedios para que sus alumnos practicaran inglés. Después de dos planos que hice a los ventanales superiores de la fachada, decidí grabar con la cámara de vídeo la clase improvisada que ella de nuevo iniciaba al hilo de cualquier argumento. En el albergue les había dicho a los niños que no se sintieran sorprendidos por que les pareciera el salón del collage más pequeño del que habían imaginado viendo la película de Harry Potter. Era más pequeño y más austero, les recordó, pero eso no quería decir que no mereciera la pena estar allí esperando para que a la vuelta a España les dijeran a sus amigos que ellos lo habían visto de verdad. Y en la espera, Pilar Reyes volvía a hablar inglés cargando la separación de las sílabas para hacer más visibles las palabras. Movía su cabeza para reclamar con los ojos la atención de sus alumnos y les hacía preguntas relacionadas con los libros de Joanne Rowling. Con entonación musical dejando caer el final de sus preguntas, animaba a que alguien le dijera en qué animal se transformaba Minerva McGonagall, la subdirectora de Hogwarts. Y dos o tres voces dispersas repetían en inglés "en gato, en gato". Continuaba preguntando cuál era el nombre verdadero de Lord Voldemort, el enemigo de Harry, y sólo Margarita tras dos segundos de concentración supo responderla "Tom Sarvolo Ryddle". Parecía como si las manos de Pilar tuvieran más fuerza que sus propias palabras porque era su movimiento arriba y abajo siguiendo la construcción de la frase, el que refrendaba el sentido de la traducción espoleando la rapidez de reflejos de los niños para que le dieran la respuesta adecuada a cada una de sus preguntas. Y las cuestiones se enrevesaban para mantener la atención de los muchachos y motivarles en el juego de recordar personajes y detalles de las aventuras del joven mago. "¿Qué es la aritmancia en las películas de Harry?". Y es ahora Fernando el que desvela con un inglés de fuerte acento de niño español, "la ciencia que estudia la magia de los números". Los padres mientras tanto esperan ante la entrada del collage con miradas triviales al primer patio que está detrás de la taquilla y observan de vez en cuando qué hora marca el reloj añorando tal vez diez minutos más que hoy hubieran podido ganarle al sueño.

Nos avisan desde la entrada que ya podemos pasar. Un vigilante ya mayor vestido al modo inglés con abrigo largo y bombín nos saluda sin palabras y con el índice nos muestra la galería que lleva al salón. Tiene un parecido extremo con el actor Morgan Freeman y se lo digo mientras extiendo la mano para saludarle. Me la acepta y sonríe concisamente, un esbozo entre sus labios que parece confirmar que se lo han dicho ya muchas veces y que tampoco es cuestión de volver a hablar de un parecido con el que seguro ha toreado cientos de mañanas en conversaciones similares. Los niños han subido las escaleras corriendo y su expresión queda en suspenso cuando ven que la pequeña puerta que da acceso al hall está cerrada por una malla de verjas. Esperan su turno porque lo único que pueden hacer es tirar unas cuantas fotografías desde esa entrada. Pilar estaba en lo cierto. Se percatan de que efectivamente la sala rectangular no tiene la dimensión de amplitud y esplendor que se veía en la película de Harry Potter, y un poco por la obligación de demostrar que han estado allí pulsan sus cámaras desganadamente mientras observan cómo tres operarios vuelven a colocar cuadros en las paredes del hall. Me fijo en los niños y es como si huyeran de esta raya de imagen plana que la sala les produce, como si prefirieran guardar en el mecanismo de su memoria el color y la grandiosidad cinematográfica que este lugar tiene para ellos y que identifican con las expresiones de júbilo y fascinación que Harry, Hermione o Ron mostraron la primera vez que llegaron a Howgarts. Cuando han abandonado la verja siento una cierta intriga por el interior de esta sala e intento descifrar, tras leer su historia en un folleto, qué murmullo de palabras llenó estas concavidades mientras fue lugar de reunión de los parlamentarios del rey Carlos I durante la guerra civil inglesa. Y me pregunto también cómo estas estancias pudieron recrear la imaginación de Charles Dogson para contarle a Alice Lidell, la hija pequeña del decano, historias y ficciones que luego fueron escritura de "Alicia en el país de las maravillas". No sale el sol con plenitud, no es capaz de abarcar con golpe puro de dominio la anchura del patio principal del college. Nuestro Morgan Freeman no nos deja bajar para pasear por el sendero circular que rodea el verde geométrico del claustro. Desde el fondo se ve la cúpula pizarrosa e ilustrada de la Tom Tower y con la cámara de vídeo juego a hacer un zoom para grabar en medio del encuadre la figura rechoncha de otro vigilante que deambula de un lado para otro, ajeno y náufrago a las suposiciones de historia y de relatos que estas paredes me hacen imaginar. Mientras marchamos hacia la biblioteca, Pilar no deja que los niños se embelesen por la pequeña decepción que les ha supuesto ver el ficticio comedor de Howgarts y los vuelve a atrapar en su juego de academia volviendo a pedir que alguien le diga cómo se llamaba la niña fantasma asustadiza de la segunda película. "Myrtle, la llorona", dice Margarita. “Y ésta es de nota”, pregunta la profesora, "cómo llamaban también a Harry". Alfredo y María levantan la mano. "The boy who lived", contesta el pelirrojo, -el niño que vivió-, mientras María recuerda su segundo nombre "el elegido", pero no sabe decirlo en español, entonces Pilar baja de nuevo su mano y abriendo su boca en un círculo rítmico y despejado subraya "The chosen one". Tal vez Charles Dogson se abandonó a los mismos juegos de ritmo y confabulación en sus paseos de historias con la pequeña Alice. Tal vez estas paredes lo sepan, pero callan, no sueltan la prenda preciosa que viste de literatura el arco de agua de una fuente en medio del claustro donde la escultura de un cuerpo joven corriendo parece llevarse, dándonos la espalda, todos los secretos que pertenecen al collage y que sólo se prestaron puntualmente a Lewis Carroll y a los hechiceros del celuloide que una vez vinieron para convertir su sala rectangular en un comedor inmenso donde cientos de niños hablaban animosos para comenzar cursos extraños de magias desconocidas y conjuros infalibles. Suenan los ecos de una nueva pregunta de Pilar, pero ya no la escucho, me acerco con mis manos a un zócalo húmedo y en su sobriedad mojada todo el edificio me parece una isla a cubierto donde sólo el siglo XIX sigue gobernando más real que las voces que vienen de nosotros, y pertrechado ante los flashes con la misma ecuanimidad con que el último vigilante nos despide quitándose el bombín mientras salimos sin prisa y nos volvemos a refugiar en la tramoya de pasado y arte continuo que se perpetúa también quedamente en las calles de Oxford.

Es curioso cómo de los lugares visitados se adhieren a nuestro recuerdo pinceladas extraídas de aquí o allí que no narran un discurso completo, una sucesión fiel al trazo milimétrico de un viaje bien descrito, son más bien fogonazos e inconexiones que, cuando después volvemos a pensar en sus etapas, se nos aparecen tozudas y graníticas, aunque quisiéramos recordar otra cosa, aunque nuestro pensamiento se esforzara en devolvernos rincones que sabíamos eran más hermosos, pero no hay nada que hacer, la consistencia de esas pinceladas se congela como una roca y nos dominan como dueñas feudales de nuestro imaginario. Me pasa cuando recuerdo el palacio de Blenheim, a doce kilómetros de Oxford. Estoy con mi hija en sus jardines italianos esperando a que otros niños se acerquen hasta nuestra escalinata. Paula guarda en su mochila lo que al mediodía no hemos querido comer: la tartita de coco y fresas, una más de las que ya se nos hacen pesadas porque son las que siempre nos ponen en el albergue, y un pequeño cartón de zumo de piña que no hemos querido beber. Miguel, cubierto con su sombrero verde de viajero de safari, muerde un sándwich sentado en el banco más lejano justo al lado de la fuente de Bernini, y de vez en cuando levanta la vista hacia el lago del palacio. Es una lámina de agua muy calmosa, quizás hoy adormecida por este sol sorprendente que tiene algo de recuerdo español porque en el sur se repiten en abril estos mediodías donde la tibieza del calor de primavera hace desear no un pequeño sueño sino un breve cerrar de ojos para extender el rostro en busca de algún rayo suave y vislumbrar esa luz albero y oro que permanece en nuestras pupilas cuando nos dirigimos al sol con los párpados cerrados. La lentitud de Miguel mordiendo las rebanadas me hace imaginarlo con el deleite del viajero que descansa en una vera del camino y disfruta de los intervalos como los destellos más íntegros de la ruta porque están libres de la prisa de ver un nuevo lugar y son una tierra de nadie que ni pertenece a los paisajes ya conocidos de antes de la partida ni al destino ávidamente deseado por el valor que hemos dado a lo nuevo.

He colocado la cámara de vídeo sobre las peanas de las esculturas que puntean el jardín y grabo planos de los setos y de las curvas de los chorros que a veces mojan el exterior de las fuentes por una brisa a deshora. Y mientras muevo el visor, me regresa la figura altiva y a la vez en penumbra de una mujer de cuello largo que he visto en uno de los cuadros del palacio. Me he quedado con su nombre porque la guía lo pronunció lentamente para que los niños de la excursión lo recordasen: Consuelo Vanderbilt. Su historia tiene la infelicidad de las sagas familiares poderosas y acaudaladas que construyen el destino aspirando obsesivamente a nuevos éxitos materiales y soterrando la posibilidad de un camino menos pretencioso, pero que hubiera propiciado al menos algo de bonanza y ventura. A finales del siglo XIX, el ducado de Malborough, propietario del palacio, estaba en bancarrota. Charles, el heredero, decidió que la única puerta posible para asegurar la pervivencia del abolengo era cerrar un matrimonio con la hija de un magnate norteamericano que granjeara dinero para el apellido inglés y título aristocrático para la familia del otro lado del Atlántico. Propuso el trato a un capitalista de una compañía de ferrocarriles, William Vanderbilt. El noveno duque de la saga Malborough recibiría como dote dos millones y medio de dólares y la hija del empresario sería por fin duquesa. Consuelo estaba enamorada, a sus 18 años, del hijo de un astrónomo, pero su madre la encerró en su habitación hasta que aceptase la boda nobiliaria. El enlace se celebró en 1896. Con aquel dinero, el duque pudo reformar y ampliar las estancias interiores y terminó el diseño de los jardines que ahora grabo con mi cámara. El rostro laxo de su mujer en el cuadro parece como el reverso de la belleza flagrante que habita cada poro de estos setos y fuentes y propone un círculo incompleto donde la entera armonía no es posible por mucho que las imágenes se esfuercen en refrendarla. Hay un instante en que mi vista vuelve a guiarse por los pasos discretos que Félix de nuevo emprende con su cámara de fotos camino de las grandes praderas que se abren al este del palacio. Estoy a punto de seguirlo, pero me entretengo sacando planos de la gente que toma té, chocolate y refrescos en los veladores de la cafetería del Blenheim y sólo me percato de que su hijo Alejandro y mi hija lo siguen para ver dónde se interna. Ya de vuelta al albergue, Félix me dirá que ha sacado las fotos que más le han gustado del viaje, que ha vuelto a ensimismarse con los pequeños detalles: la brizna puntiaguda de una hierba, los pináculos versallescos del palacio vistos desde lejos, o la sonoridad vulnerable de una cascada donde sacando instantáneas de la caída del agua ha querido guardar el rumor de la orilla sólo disputado por el chasquido lento de cada uno de sus pasos antes de volver a tirar más fotografías. La libertad solitaria de Félix o el gusto de Miguel por mirar sin prisas mientras apura su sándwich a la sombra de una obra de Bernini son las esencias últimas del placer de los viajes, una minúscula célula donde habita y crece la plasmación de la calma, el trozo íntimo de las cosas que luego se cuentan de otra forma o con más énfasis.

Cuando ya de vuelta en España viajábamos en autobús hacia Extremadura dormía a mi lado Antonio Maza. De noche, el brillo de la luna caía sobre sus cejas y su respiración lenta y muy callada me hacía saber que estaba muy dormido. Gemma, en la última fila del autobús, me hablaba de que en junio viajaría a Chicago para presentar su tesis doctoral en la Universidad donde había estudiado e impartido clases durante ocho años. Dueña de ese inglés fluido y rápido que le había escuchado en los días del viaje -se es bilingüe, me decía, cuando sueñas en inglés- yo me preguntaba por qué había regresado a dar clases a España cuando podía haber seguido en la Universidad americana. Y novelando inventaba sin que ella me dijera nada que seguro que había una historia de desengaños amorosos, un romance con un profesor colega que le dejó secuelas de amor y que ella quiso poner en destierro surcando distancias de más de ocho mil kilómetros. Volvía a reírse y me decía que por qué no escribía historias que no se me daba mal. Y yo la suplicaba que me confesara si podía haber algo de lo que yo decía o era todo una suposición descabellada. Y ella escapando como si metiera en un cajón las tapas de su diario, sólo me respondía que ahora lo que más le preocupaba era ultimar bien la tesis de junio. No la acucié más y como Antonio cerré los ojos. Estaba en Oxford, en nuestra habitación del albergue. Juanjo se había vuelto a despertar y mirando de nuevo por la ventana repetía "una nueva mañana gris en Oxford como otra cualquiera". Los dos sabíamos que al día siguiente en el sur los azules de nuestra tierra volverían a reencontrarnos con el friso de nuestros cielos de siempre. Y aunque sé que no sería capaz de acostumbrarme a pasar meses en Oxford acurrucado a sus grises, los eché de menos en la tibieza del sueño que en el autobús me vencía, ilusionándome de nuevo con un paseo por la George Sreet o escuchando violines en el pub a la orilla de los abriles del Támesis. Soñando, Juanjo, con esa mañana como otra cualquiera. La que nos despierta en el albergue donde nos dan un nuevo picnic para viajar un poco más por la luz recordada de un lugar llamado Oxford.