Juan Pequeño se ha quedado dormido, tiene la cabeza reclinada sobre el escay del sofá y por la posición de sus párpados cerrados, dirigiendo sus pestañas muy fijas al frente, parece como si siguiera mirando al televisor. Sus piernas están extendidas y cruza sus pies sobre el asiento de un silla baja, ligeramente ladeada como si minutos antes la hubiera desplazado para efectivamente poder ver lo que estaban dando por televisión. Esta tarde me he acercado para hablar con él, pero Pablo que está sentado a su lado, me ha dicho que no lo despierte, que está cansado, un poco por el cansancio físico de la pasada noche en la que estuvo trabajando hasta la una de la mañana, pero tal vez más cansado por ese líquido indefinido al que no encontramos nombre y que sentimos viajando por nuestros adentros cuando algo parecido a la decepción se hace dueño de nuestras sensaciones, una nube que te queda grogui, con la pesadez que deja en tu voluntad la sensación de revés, un nudo apagado que medianamente se ubica en el interior de tu garganta y que se queda ahí inmovilizado, sin salir hacia fuera porque las palabras no bastan para deshacerte de esa desazón, pero que tampoco baja a tu estómago porque sabes conscientemente que allí volverá a hacerte un daño que en realidad no duele físicamente, pero que te aplana, que te atrapa en un manto de escepticismo donde lo único que te apetece es huir, quizás coger la moto con la que tanto le gusta adentrarse por caminos y rutas polvorientas del condado, esos caminos que hace unos días vimos con el color del barro y la humedad reciente cuando fuimos hasta Navas del Arco porque la tarde anterior había caído una fuerte tormenta y a la mañana siguiente los agricultores paseaban por sus viñas aliviándose de ver que el agua y el granizo no habían atacado en exceso los pequeños racimos de uvas aún diminutas, apenas tres milímetros de puntas verdes y muy redondeadas, que se habían salvado porque la cuerda fuerte de agua había caído muy cerca del pueblo, un kilómetro antes de llegar a las Navas. En ese terreno próximo, a un lado y a otro de la carretera podíamos ver agua todavía acumulada entre las parras y el límite de las parcelas, agua estancada entre rojiza y gris con hilillos que parecían de plastilina posiblemente de restos de manchas de grasa o gasoil de los tractores. Allí había encendido un cigarro y extendiendo una mano me había explicado por dónde iría el cauce de desagüe de la futura papelera, bordeando los cercos entre los viñedos y los olivos. Minutos antes Pedro, uno de los agricultores que se conciliaba consigo mismo prudentemente porque sus viñas no habían sido muy castigadas, nos había hablado de cómo se conforma en parte la voluntad cuando los años te vuelven a poner, más a menudo de lo que uno podía pensar al principio, ante las inquietudes fijas de los reveses del cielo y las nubes ya sea en forma de sequías o lluvias torrenciales de una tarde mayo, y ahora, añadía, ante la incógnita de saber si la planta de celulosa iría finalmente hacia adelante, allí, a diez kilómetros de las Navas, en los campos de Villanubia, cuando ni de lejos los agricultores podían suponer diez años antes, que alguien quisiera traer aquella fábrica hasta las campas de aceitunas y racimos que siempre habían sido la acuarela mimetizada de aquellas tierras. Pedro miraba hacia el oeste. En el horizonte, nubes de algodón denso cobrando más altura, comenzaban a tomar tonalidades de grises turbios y no era descabellado pensar que se agarraran a la nueva tarde para descargar fuerzas de agua y, quién sabe, tal vez granizo. Sin mover sus ojos del horizonte, desgranaba palabras que Juan Pequeño recibía asintiendo, reforzándole en sus convicciones que él quería imaginar muy compartidas, muy asumidas por las gentes de la comarca en un trabajo de concienciación que la asociación había iniciado dos años antes, poco tiempo después de que el gobernador Susaeta hubiera anunciado en una rueda de prensa que en el término de Villanubia, al este del condado de Salvia, se abriría una papelera que crearía muchos puestos de trabajo y que marcaría un antes y un después en la política de industrialización del condado. Pedro podría tener 57 o 58 años. Tal vez su propia edad le nutría de un cierto escepticismo de notario de pueblo porque argumentaba sin encono, sin un ariete afilado como el que a veces surge cuando se está temeroso del futuro en esos otros destinos de gentes más jóvenes que son conscientes del largo trecho previsible para su vida laboral, y le decía a Juan Pequeño en tono de pregunta, aunque no lo era, que le explicara con qué horizonte despejado podrían competir los agricultores de esta tierra con los vinos que se producen en otros lados del país si mañana te podían crear mala fama diciendo que tus fincas están al lado de una papelera, ahora que todos hablan de seguridad alimentaria y de que hay que vender con calidad, buen producto y botellas bien presentadas. Pedro no podía calcular exactamente qué efectos podría tener aquella industria para el futuro de las viñas. Había escuchado los discursos de las autoridades que afirmaban que sería compatible una cosa con la otra, pero no le convencían del todo aquellos comentarios apaciguadores, no sabía, no le daba buena espina, no era capaz de verlo con idea de equilibrio, al final se le aparecía como un carro de carga más repleto de un lado y no veía, aunque lo intentara, ese equilibrio porque al final terminaba barruntando que con el paso de los años uno de los dos mundos asentaría su jerarquía y en ese reparto el montón pequeño él se lo concedía sin remisión a los vendimiadores y el grande a la papelera si definitivamente se hacía. A lo mejor no es malo, seguía Pedro, que venga la Unión de Estados pidiendo que cortemos las viñas, que todos los días te avisan en la radio de que ya no hay tanto dinero para dedicarlo a la agricultura y que los cultivadores deben ir pensando en otras cosas para el día de mañana. Por lo menos, se hacía las cuentas, algunos billetes vendrían al bolsillo si nos compensaran por arrancar y no tendríamos que estar pendientes de sequías, tormentas, bajos precios o malas cosechas, ni del agua que pudiera bajar mañana de las lomas de Villanubia desde las conducciones de la celulosa. Y lo decía con ese presagio de deje de viejo que parece adelantar que aquí hay un paisaje que tiene ya más forma de pasado y otro, por venir, que volteará, ya a su pauta, el rostro del futuro. Y no vería con malos ojos, proseguía, que alguien me preguntara por la finca, que yo ya voy siendo viejo y mis dos hijos se fueron a la capital y si un comprador o un rentista pusiera buenos cuartos me olvidaba de sequías, de seguros, de percances del campo y de fábricas de papel. Juan Pequeño escuchaba, ya había hecho las fotos para llevarlas al periódico y desde hacía algún momento, sólo estaba concentrado en el soliloquio del agricultor, que era en sus idas y venidas alimento de sus propias ideas y que a él le servían para aumentar su optimismo. Ese jueves quedaban cuatro días para las elecciones en el condado y escuchar a Pedro le afianzaba en su esperanza de que la asociación podría ganar la alcaldía de Villanubia.
Tres meses antes los activistas contra la planta de celulosa habían decidido formar una candidatura política para presentarse a las municipales. Hasta ese momento y desde que se había conocido la intención de poner una papelera en las afueras del pueblo, la asociación se había movido más bien como un grupo ecologista, como un colectivo al que se le hacía difícil haber escuchado tantas veces desde el poder que el futuro se tenía que escribir con iniciativas de desarrollo sostenible o con industrias deudoras de la modernidad de las nuevas tecnologías, empresas alumbradas a la razón del siglo XXI con un afán que el gobernador hacía venerar diciendo que si Salvia, ciento cincuenta años antes, no pudo subirse al tren de la revolución industrial, ahora no podía dejar de escapar la nueva revolución que encarnaba la era de la información. Desde que comenzaron como un grupo de gente que compartía algún tipo de preocupaciones similares o que habían coincidido en alguna manifestación o en la presentación de algún evento cultural, no eran del todo conscientes de la argamasa que su sensibilidad en contra de la papelera habría de alcanzar en los meses posteriores. No porque fuera a ser un movimiento masivo que doblegara en un duelo de igual a igual las bases de una decisión que disponía del apoyo del poder sino porque el mero hecho de que en el condado una iniciativa cívica surgiera para cuestionar algo que surgía desde arriba sorprendía en un territorio donde los últimos 25 años solo habían conocido la asunción del gobierno por el mismo partido.
Salvia era como un sistema planetario, como una constelación de asteroides, satélites o meteoros buscando una posición adecuada de sus órbitas alrededor del sol. Ese sol ocupaba su centro, la línea geométrica sobre la que se desplazan materias en un giro, en una elipsis que sin alteraciones bruscas desea proximidad o protección de los rayos de su luz. Salvia se adivinaba así como un círculo reconocible de cuerpos celestes, un mapa de pequeño firmamento donde grupos humanos, empresas, cooperativas, colectivos culturales o pueblos toman forma de satélites o asteroides para buscar circunferencias oportunas y no desbancadas a la periferia del sistema. El gobierno es el sol, el astro rey, la medida central y básica de los movimientos que en Salvia trasciende al papel de administración para ser algo así como una empresa suministradora de empresas. Adquiere la forma simbólica y gestual de una gran ventanilla que, en las limitaciones del pequeño universo, es la otorgadora de los dineros públicos sin los cuales muchas órbitas languidecerían como estrellas fugaces. Así, un planeta puede ser el dueño de una imprenta que llega ante la puerta del delegado de Presidencia y juega sus bazas para que su empresa pueda recibir el encargo, al menos durante dos o tres años, de imprimir folletos, publicaciones, guías, hojas de impreso o boletines oficiales requeridos desde secretarías o jefaturas de sección. Un satélite puede ser esa compañía de teatro que inicia sus ensayos y confía en que el Departamento de Cultura incluya su espectáculo en la red de teatros públicos porque en Salvia no hay teatros privados y sin la aprobación oficial no merecerá la pena culminar el montaje escénico ante el desierto de posibilidades fuera del poder. Una aurora boreal puede tener incluso el perfil de un periódico de provincias que no se puede mostrar demasiado crítico con el orden establecido porque no hay empresas fuertes que mantengan campañas prolongadas de publicidad y hay que contar con los anuncios y las cuñas oficiales para cerrar los saldos a final de año con aseo y conveniencia.

Polvo cósmico disperso podría ser el autor novel de un libro que camina hacia la editora del condado con el anhelo de que se publique su primer relato porque no hay muchos pasillos por recorrer. Todo envuelto y a la vez descrito como el constructor que si mueve hilos acertados puede convertirse en uno de los promotores elegidos por el Departamento de Vivienda para levantar pisos de protección pública. Es la órbita de ese alcalde de pueblo que viene a pedir dinero por que hay que reasfaltar calles y plazas y duda de que la financiación llegue a tiempo. Sabe que no es del partido afín y los expedientes, tal vez, se retrasen un poco. El ir y venir son rayas de redondeles que buscan el radio más pequeño con la vista puesta en el núcleo central a la espera de que irradien sus rayos y el calor beatífico de un contrato o una ayuda aprobada proteja al menos durante un tiempo el porvenir.
Era difícil que en Salvia surgiera el prisma de aquella asociación contra la papelera. No porque la gente no se pudiera oponer, que podía hacerlo, sino porque emprender ese camino supone apartar la órbita del equilibrio de los círculos, y las oportunidades para otros propósitos quedaran extramuros, alejadas del pragmatismo que rige los desplazamientos y difusas ante unos rayos que ya no llegarán a los últimos aledaños. Juan Pequeño se sonreía cuando yo le decía que los miembros de la asociación eran los últimos románticos. Sus motivaciones contra aquella planta de celulosa no eran nuevas, en realidad, era recordar a los dirigentes que el discurso correcto del cuidado del medio ambiente y las nuevas formas de crecimiento implican llegados a una hora real, a la asunción de contradicciones que se eluden desde el poder, que se rodean para no renunciar a volver a tirar desde ese mismo discurso cuando una nueva ocasión así lo disponga. Porque los discursos quedan como cuerdas de guitarra que se tocan para repasar una melodía que sólo es música en el aire y palabra de folio en actos adecuados con adornos de ideología fraternal y semántica.
Sorprendía que en el acontecer de la asociación se anotaran acciones que iban más allá del esperado broche testimonial que casi se adjudica de memoria a los momentos de protesta. Porque lo esperado era ver las escenografías acostumbradas de rechazo: grupos de cien o doscientas personas que en mañanas de algún sábado se concentrasen ante alguna plaza para disponer la liturgia de la transgresión asumida. Gentes, algunas de ellas, con zurrón de tela colgado del hombro, con pelo largo disoluto y sin peinar, con barba de identidad estudiada y medianamente antigua, ataviadas con camisas estampadas de variación negra y roja donde aún se pueden ver, escapado su faldón de la cintura de los pantalones, rostros idealizados de iconos políticos de los 60 ó eslóganes más actuales que reclaman justicia para las selvas amazónicas o las guerras eternas de Oriente Medio. Pero un día no fue asi. En la duma parlamentaria del condado los diputados debatían sobre la necesidad de la papelera y los miembros de la asociación se habían sentado en la tribuna de invitados. Algunos de ellos respondían a la estética al uso, pero otros no, y eso me llamó poderosamente la atención. Sobre todo porque había un grupo de hombres entre 50 y 60 años que se adivinaba claramente que eran agricultores: brazos anchos que confluían con fuerza en la intersección de sus hombros, manos curtidas, de dedos redondos y rudos, cubiertos con esa piel que adquieren la arruga poderosa y sólida de los días pasados al sol. Transcurría el debate, pero no podía dejar de fijarme en ellos. Se removían en los asientos tal vez cansados de tanta palabrería y cortesía oral, pérdidos un poco ante el lenguaje esmerilado de aquellos hombres con corbata que vistos desde la altura de auqel edificio frío y de formas geométricas ganaban una distancia irreal y profundamente televisiva. Al terminar quise saludarles, uno de ellos mientras bajaba me habló claramente. Mire, usted, me decía, yo no entiendo mucho de política, nunca la entendí y creo que a mi edad nunca lo haré. Yo siempre he votado a Susaeta, y lo que sé es que si esa papelera fuera buena a él no le importaría colocarla en la puerta de su chalé, y, o mucho me equivoco, pero seguro que a él no le gustaría levantarse con eso enfrente de casa. No me da buena espina, continuaba, y por eso he venido aquí para decir que no. Aquel agricultor me recordó mucho tiempo después al Pedro que ví esa mañana de jueves en las afueras de las Navas. Hombres desconectados de las rutas políticas donde otras disputas y estrategias se cruzan y se contraponen. En realidad, el propio Juan Pequeño no había mostrado tiempo antes una inquietud específica por el mundo de la política. Había logrado en aquel periódico un trabajo estable como fotógrafo. Hacía su trabajo con ademán de alumno atento y proclive, y gustaba sobre todo de acercarse a las mujeres. Buscaba una conversación con clara clara y sin sobreentendidos, y es posible que deseara dejar correr aquellos meandos en cauces más próximos a los juegos de la seducción. Pero no los planteaba, simplemente, como él decía, se le alegraba el cuerpo compartiendo los ratos escapados del día con las chicas y le complacía que también ellas lo buscaran porque tenían en él a un confidente de las pequeñas rutinas y que con sonrisas y algún que otro susurro daba un matiz más alegre o vital a los paréntesis de las mañanas o a las incursiones más atraviedas de la noche entre las primeras copas frente a un velador de bar o entre murmullos de miradas sinuosas a la salida de una discoteca o de una fiesta de amigos.
Juan Pequeño había fotografiado muchas veces a aquellos políticos a los que ahora empezaba a juzgar desde una actitud más crítica. En ocasiones contadas podía haber hablado entre compañeros, tiempo antes, de temas políticos. Pero habían sido apuntes menores, incidencias que se pasean entre charlas y que apenas se anotan en los interiores personales porque son lugares sabidos. Era decir, por ejemplo, que los políticos no cayeran en la tentación de mezclar sus intereses con la gestión de los asuntos de la sociedad o que hubiera límite de mandatos para que los mismos dirigentes no se perpetuaran en los cargos. Pero aparte de eso, nunca había entrado en los entramados más profundos, en las líneas divisorias que penetran en fondos más arenosos donde la vida política endurece sus perfiles.
Se unió a la asociación porque no podía entender que una industria contaminante se pudiera poner en Villanubla. Si muchas veces, decía, había escuchado a los dirigentes hablar de una nueva forma de conquistar el siglo XXI aupando proyectos que trajeran una combinación aurea de palabras -el desarrollo sostenible- y navegnado en las posibilidades de ese mundo llamado de las nuevas tecnologías y de los nuevos yacimientos de empleo. Y así, tal vez sin darse cuenta, ilusionado por recuperar el valor de las palabras y por reclamar que los discursos bienintencionados tienen que ser algo más que promesas, se enroló en las actividades de la asociación. Su causa, se decía una y otra vez, era buena y le parecía posible que sus acciones podrían crear un estado de opinión que al final pudiera frenar la instalación de la celulosa.
Los últimos románticos, la página final de un tiempo finiquitado que tuvo curiosamente su expresión más dulce 27 años antes cuando Susaeta era sólo un miembro del Partido Avanzadista que por entonces comenzaba a darse a conocer al filo de un periodo ilusionante que se había iniciado con el final en Altube de más de 30 años de la dictadura del general Fuentes. Yo entonces era un niño y conocí a Susaeta en los encierros en el ayuntamiento de Aresmes contra el proyecto de instalar una central nuclear en los Valles del Sur. Aún no existía el gobierno del condado, y el gobierno del país había anunciado la creación en los Valles de la planta nuclear. Durante mucho tiempo no he podido dejar de hacer paralelismos entre lo que entonces defendió el Partido Avanzadista y lo que décadas después asumió la asociación contra la papelera. Aquellos años pasados se abrían con el horizonte de paisajes todavía desconocidos, pero deseables. Las convicciones parecían alcanzar una sonoridad distinta y en su expresión ante la gente, las frases tenían un poder imantador porque eran como la confirmación previa de que con voluntad las cosas podían cambiarse. El puerto de los viajes no tenía todavía el color estucado y borroso de aguas que se paralizan en muelles demasiado trasegados. Y los discursos en la medida que no habían pasado la malla insoluble del contrasta con el poder, llegaban poderosos y limpios, con una claridad de agua matinal que vivificaba la pasión de compartir y soñar en el reino de la democracia. Susaeta decía que la central era una industria a contrapie del tiempo futuro que debía basarse en un progreso equilibrado y justo. Una indsutria que hipotecaba las tierras de regadío del río Alda porque el condado tendría que tener en la agroindustria el surco de su progreso venidero y por todos compartidos. En la alquimia de las palabras extrapoladas, sonaban a argumentos que ahora defendía la asociación contra la papelera porque ellos también luchaban contra una industria contaminante que abría interrogantes sobre el futuro en desarrollo sostenible de las tierras de Villanubla.
La pugna contra la central en los Valles del Sur dio resultado y finalmente no se construyó. Incluso el transcurrir del tiempo deparó otras semejanzas que dialécticamente jugaron a favor de las tesis de la asociación. Un día, una compañera de trabajo se lo recordó a Juan Pequeño. Quince años atrás, cuando ya incluso el gbierno del condado cumplía tres legislaturas, el prefecto Susaeta nombró a Antonio Sosa procurador de Industria. Durante su gestión, Sosa defendió la necesidad de abrir el desarrollo de Salvia a otras industrias más convencionales, fábricas de tipo tradicional que pudieran venir hasta el condado porque el progreso cimentado sobre la agricultura y la agroindustria, decía el procurador, no eran suficientes para procurar un mayor crecimiento del condado. Sosa defendió sus razones y las expuso en cuantas ocasiones pudo hacerlo, pero perdió la batalla. Susaeta terminó destituyéndolo porque el procurador no sintonizaba con las prioridades del gobierno, una filosofía que, según el prefecto, debía armonizar crecimiento de la agroindustria, desarrollo equilibrado de las infraestructuras entre los pueblos y cauce para una nueva travesía en la que el turismo de naturaleza y de cultura debían tener seña propia. Cuando tres lustros después, Susaeta apostó por una industria convencional como la papelera era como si los pensamientos de Antonio Sosa hubieran ganado una batalla postrera y regresasen al presente envueltos en la voz y en la voluntad de quien 15 años atrás les había cerrado su puerta.
Dos días antes de las elecciones, cientos de tractores pasaron en manifestación ante la sede del gobierno en la capital del condado. Juan Pequeño sentía un hormigueo intenso. Con su moto había acompañado todo el recorrido de los tractores desde que salieron de Villanubla, las Navas del Arco y otros pueblos del alrededor. Ya a la tarde repesaba en el ordenador la cantidad innumerable de fotografías que había hecho a la marcha. Tractores coronados por las banderas del condado y de Altube, gorras sobre las cabezas de los agricultores donde se podía leer "papelera no", expresiones de júbilo y de convicción que pedían al gobierno que escuchara el sentimiento de los manifestantes. Y para mí, fijarme en los gestos de Juan mientras cliqueaba las fotos era como trasladarme a Aresmes, donde los avanzadistas dormían en sacos de dormir entre las filas de asientos del salón del consistorio y la gente les subía bocadillos y mantas para cruzar las noches de aquel marzo, recuerdo, desapacible e invernal. Cuánto de aquel Susaeta joven y apasionado había ahora en este compromiso político de Juan Pequeño. Como si una guirnalda prolonagada y nunca decaída hubiera cruzado un montón de años y el romanticismo de aquellas primeras experiencias fuera ahora la misma inspiración de otros jóvenes 27 años después. Qué le diría aquel Susaeta joven de ahora al Susaeta de ahora. Qué debate prolongado e intenso cruzarían ahora los dos, y en la separación del tiempo pasado, ¿se reconocerían ahora el uno en el otro?, ¿sabrían describir la longitud de las vivencias para explicar la salida desde aquel puerto y la arribada en este otro donde el espíritu de aquellos avanzadistas era ahora la inspiración de una gente del condado en contra de algo similar a aquella central de los Valles del Sur? No hay nada que derrote al paso del tiempo ni a la consumación de los órdenes establecidos, ésos en los que el progreso ya tiene la cuna material de las realidades posibles y los sueños son aventuras de juventud de una nostalgia que una vez fueron materia y concreción.
En el coche, volviendo de una rueda de prensa, Juan Pequeño hablaba con un amigo. Le preguntaba si ya tenía la papeleta en el bolsillo preparada para el domingo y le decía que era posible ganar el ayuntamiento de Villanubla. Rozaba sus palabras con un nerviosismo tempestuoso y a la vez alegre, y se convencía de que era posible, de que sus razones eran buenas y de que al menos podrían ofrecer ante el condado el triunfo moral de que en el pueblo la mayoría de la gente no quería la fábrica de celulosa. Sólo un día después de las votaciones reparó en lo que un vecino le había dicho en las vísperas. Le había animado también a que votara a la asociación y éste no le habia dicho ni que sí ni que no. Únicamente le preguntó a Juan Pequeño que si en Villanubla no ganaba el partido en el gobierno, quién traería las inversiones al pueblo, quién los contratos temporales que pudiera repartir el ayuntamiento, quién los pisos que no se podrían alquilar si no se empezaba a construir la papelera, quién los desayunos que no se pondrían dispensar en los pequeños bares si no llegaban operarios para levantar torres y metales. Tal vez las mismas preguntas que pudo hacer un vecino de los Valles del Sur, 27 años antes, y que sin embargo tuvieron una respuesta distinta a la que surgió finalmente de aquel domingo del presente. El tiempo viaja por una montaña rusa donde nunca sabes cuándo llega una subida y cuándo una bajada. Cuándo los románticos encuentran como fruta escondida el verso cierto y pleno de sus anhelos, y cuándo se dan de bruces con una realidad ya instalada donde las palabras bonitas son rizos en el aire que se disgregan como la nada de un cielo más bien invisible. Juan Pequeño y su gente fueron el alma de los avanzadistas que 27 años antes cumplieron un sueño, y ahora, esos avanzadistas elevaban sus brazos para refrendar la derrota del espíritu que un día fue su victoria. Villanubla quedó en manos del partido gobernante y el sistema de las órbitas giratorias sobre el universo del condado, sin alaracas ni entusiasmos desbordados, volvía a posar su huella sobre la identidad de Salvia. La noche de los resultados electorales, al conocer los primeros datos, supe que los últimos románticos comenzaban a saber que eran los depositarios vacíos de un sueño que equivocó su presente. Era como si la historia no devolviera las gansncias de una democracia juvenil que sólo fue joven cuando le tocó serlo. Tal vez ese fue su atrevimiento. Llamé a Juan Pequeño y no quiso preguntárselo ni tampoco saberlo. Sólo sabía que quería huir. No sabía donde, pero quería huir. Yo pensé tras colgar que su huida en realidad era un viaje al pasado que por su edad no pudo conocer, donde las gentes de otra ilusión sí pudieron culminar la miel de un sentimiento cumplido. Nunca le dije a Juan Pequeño muchas gracias por devolvernos la piel tersa y tenue de esa muchacha del viento que un día vimos cruzar en los albores de una nueva época. Nunca volverá, nunca, pero en tu llamada a aquel amigo al que pediste con urgencia su voto ya en el bolsillo está el vértigo de miles de almas que muchos años antes apuraron aquella primera pasión por unas urnas que ya no eran arena disuelta donde los románticos se miraban para crecer en sus sueños. Como el primer amor que nunca vuelve, escondido e inerte bajo una acumulación de capas y estratos que fosilizan nuestra piel y que en la realidad de nuestras vidas instaladas nos hace olvidar que nuevos románticos aparecen cada día para relatar prosas que hoy solo son fondo de mar lejano y un día, ya muy antiguo, arco iris de ilusiones que fueron vírgenes, hermosas e intocadas. Aquel domingo, Juan, nadie os la vino a traer. Pero, aunque no lo sepáis, son vuestras para siempre.