Lo ha intentado imaginar en el sueño. No era una serie espontánea de imágenes que le venía en la noche, algo azaroso y no buscado que llenara el territorio de su mente y que le hiciera verse atrapado por una sensación dulce de la que no quisiese despertar. No, no era eso. Era una intención premeditada, el propósito de reconstruir con toda deliberación las pequeñas cosas que desde hace más de 40 años le estaban vedadas. Es cierto que aquella noche hubiera querido que esas imágenes hubiesen sido un regalo, una sorpresa bienvenida que te llega sin que nada ni nadie avise, sin que nada ni nadie dé una mínima pista de la relación de fotogramas que se va a mostrar ante nosotros como el haz de una película donde va a surgir una historia con la que tú no contabas. Pese a que era lo que habría pedido si alguien le hubiera dicho que pensara en un deseo, no pudo lograrlo. Al cerrar los ojos no tardó mucho en darse cuenta de que no era capaz de dormirse, ojalá el sueño se hubiera apoderado de él con la fuerza de una hipnosis y rápidamente esas sensaciones que le apetecían hubiesen colmado su subconsciente. La experiencia que le esperaba a la mañana siguiente la sentía tan excitante que le daba pena que aquella noche previa pudiera ser como tantas otras, aunque era esa misma excitación la que le apartaba de la tranquilidad que sabía era totalmente necesaria para que ese sueño le viniera espontáneo. Durante tal vez más de media hora tuvo esperanzas de que el sueño le envolviera al ritmo de su corriente inalterada y que con él vinieran las cosas que quería evocar. Pero el desvelo de la inquietud alejaba aún más esa posibilidad y como no venía por sí sola, intentó concebir a propósito las sensaciones en las que había pensado la tarde anterior. Deseaba soñar qué se sentía cuando era posible mover arriba o abajo el dedo gordo de uno de los pies. Pero con los ojos cerrados, tendido en la cama, se ve a sí mismo mirándose hacia abajo, observa primero sus rodillas y después los tobillos y cuando intenta imaginar que una orden de su cabeza pone en marcha el mecanismo para que se mueva el dedo, éste no lo hace, sigue allí, inmóvil, muerto, agarrotado y con la delgadez enfermiza de esa parte del cuerpo que hace ya mucho tiempo olvidó su función. La ilusión de rescatar esa sensación en el duermevela se le queda en nada. Si al menos pudiera inventar que se interna en un sueño y que en su desarrollo logra por fin subir ese dedo por un segundo. Pero nada, no hay forma, todo es voluntad y esa voluntad en la medida en que se invoca cada vez con más encono, no concreta el deseo. Se conforma en que por lo menos lo ha intentado, como poco después intenta suponer que su brazo derecho se extiende y sus dedos pasean sobre un póster de Marilyn Monroe, ése en el que la actriz baja las manos hacia la cara interior de sus muslos intentando falsamente detener el vuelo de una falda de volantes blancos que se eleva como un abanico hacia el cielo. Sus yemas, codiciosas, logran dibujar, como siguiendo una copia, la curva de su cintura y el contorno carnoso de sus muslos. Logra ver el póster, pero no es capaz de identificar al hombre que mira la sensualidad intimidatoria de los ojos de Marilyn y que asume gustosamente la plenitud de petición erótica que el retrato de esa mujer irradia. Ese hombre no tiene sus rasgos, le parece incluso que alcanza una mayor distancia al suelo de la que él lograba tener cuando todavía podía andar y miraba las baldosas o los bordes de las aceras para concentrarse y pensar. Ahora, menos impaciente porque se resigna a no poder tener el sueño que le habría gustado, comienza a permitir a su mente que viaje a dónde quiera. Y se desprende de sus expectativas dejando evaporar con relajación y cansancio esa fantasía que desde hace un momento ya le ha parecido la ofuscación de un chiquillo.
Bueno, merecía la pena haberlo intentado. Al día siguiente le esperaba una salida, una huida de su caparazón eterno donde quizás podría comprobar sensaciones más allá de las utopías simples que el sueño de esa noche, irreconciliable, no le había concedido. Al menos el propósito de soñar detalles determinados le había parecido un anticipo, el obsequio previo que nos promete que la experiencia de horas después será placentera y optimista. Y puede que se acordara con los ojos abiertos de cómo le era posible, a los 17 años, andar hasta la orilla para subir de timonel en la barca de remo y dar órdenes a sus compañeros gritando por el altavoz. O colocarse sobre los hombros el abrigo del colegio para cruzar calles mojadas y jugar con sus amigos en una taberna de universitarios una de esas partidas de bridge que tanto le animaban.
¿Qué hace olvidar las pequeñas acciones, los movimientos más comunes que un día fueron la normalidad de tu adolescencia? Era la oportunidad de bajar las escaleras que llevaban al sótano de tu casa de Saint Albans donde tu padre extrañamente guardaba panales de abejas y a ti te daba respeto, miedo y cierta curiosidad mirarlas mientras su zumbido parecía que iba a conquistar todos los rincones de la casa como si vosotros mismos fuerais la colección exótica elegida por ellas. Son tantas cosas excluidas de su vida que ya casi no se echan de menos, acostumbrado a ir perdiéndolas poco a poco como una mosca que ve desaparecer sus alas y que ya nunca recuerda que una vez pudo volar. Tuvo desmoralización y mañanas de vacío, pero nunca un pesimismo inhábil le cerró del todo su predisposición para idear nuevos esfuerzos. Era consciente de que su inteligencia crecía en un plano tan extenso que esa anchura era una pura contradicción con la inmovilidad creciente de sus piernas o sus manos hasta tal punto que alguna vez pudo parecerle que un cuerpo extraño y enfermo se apoderaba del suyo para convertirlo en una expresión irrevocable de inutilidad y helor inhóspito. De joven y cuando le diagnosticaron la esclerosis lateral, le dieron dos años de vida. Quizás entonces pudo pensar que el tiempo por venir era una mera cuenta atrás, pero tampoco le merecía explorar cada uno de los huecos de aquella sentencia amenazadora porque la volatilidad es una condición fija de todos nosotros y aunque se la pusieran delante de los ojos con esa claridad de diagnóstico definitivo, era al fin y al cabo la misma fragilidad que la que un día tendrá el médico que se lo dijo o la que verá en un futuro en la actitud servicial y un punto piadosa del asistente que entonces no conocía y que terminaría empujando su primera silla de ruedas.
En la Universidad comenzó a darse cuenta de esas torpezas ocasionales a las que al principio no quiso otorgar importancia: esa dificultad inesperada para articular algunas palabras o el hecho de sentarse al borde de la cama y comprobar que le costaba tanto atarse los zapatos. Comenzaba a sentirlo como un trabajo manual difícil casi como si fueran nudos para expertos marineros en vez de la lazada simple que un niño aprende mientras enreda con los cabos de sus zapatos. No sabe si se acostumbró sin remordimientos a la herida lenta y progresiva que con el paso de los años le siguió infligiendo esa enfermedad porque ya está lejos aquella tarde en la que no supo calcular bien el avance de un coche por la calzada y se puso a cruzar terminando con sus huesos como un juguete desarmado en medio de la calle mientras veía el amasijo roto en que terminó convertida su silla de ruedas. Todo siempre como un paso más abajo en el laberinto de las carencias físicas. No recuerda que se prolongase durante mucho tiempo una etapa de estabilidad que mantuviese a raya los efectos de la enfermedad, la conservación de una habilidad física que no retrocediese, que siguiera con él para no tener que comprobar repetidamente la congelación creciente de sus dedos o del movimiento de su cuello. Pero al final sus huesos y articulaciones fueron goma muerta y su esqueleto dio la impresión de salir totalmente de él para tomar la forma cada vez más protegida de cada una de sus sillas de ruedas.
Esta noche ha intentado recordar incluso cómo era su voz, qué sonoridad tenía en su boca la construcción de cada palabra o si su sonrisa era comedida y concisa, o la dejaba correr como la risotada de un niño, espoleado por la sorpresa de una broma o de una ocurrencia en las mañanas de lunes a sábado donde seguía dando órdenes a los compañeros de remo, más entusiasmado entonces por las regatas que por el estudio. No sé si alguien le preguntó alguna vez si hubiera cambiado estratos de su inteligencia por la posibilidad de haber conservado más facultades físicas, pero como esas cartas eran inexistentes en la fronda de su vida no merecía la pena inventárselo, apostar a ese azar de probabilidades que simplemente era una pregunta vacía y en vía muerta. Y además era una interrogación que progresivamente se difuminaba aún más en cada escalón donde cedía otro trecho de sus facultades desvalidas. Para qué preguntárselo, pudo pensar, cuando una madrugada tuvieron que trasladarlo al hospital para que le hicieran una traqueotomía de urgencia porque se quedaba sin resuello. Fue el día anterior cuando escuchó por última vez su voz y puede que intuyera, entre las luces del techo que conducían al quirófano, que si no perdía la vida, algo sí dejaría de nuevo entre las manos del cirujano: más limitación a sus movimientos, la atadura a una máquina de respiración o el declive, como finalmente fue, de unas palabras que ya no saldrían de su garganta, ignorante entonces del favor que le haría después un informático californiano, Walter Woltosz, que fabricaría un sintetizador de voz que, como él después bromeó muchas veces, le terminó prestando un inglés con fuerte acento americano.
Le veo a menudo en fotografías de prensa. Su cabeza reclinada hacia el lado derecho, sujeta por dos almohadillas verticales que se ciñen al contorno de su nuca para asegurar que el peso de su cabeza no caiga en exceso sobre el cuello. A sus 65 años, la expresión de su mirada tiene algo de escorzo forzado como si a la raya de sus labios le costara ya mucho alumbrar una sonrisa y sólo pudiera esbozar una mueca que se queda detenida sin mayor posibilidad de avance. Sus manos, quebradizas como las de un ser ausente, están cruzadas sobre el regazo y parece como si su asistente hubiera unido sus rodillas previsoramente para evitar que un roce inoportuno de la silla contra un bordillo o el saliente de una mesa pudiese dejar sus piernas desmadejadas y precariamente abiertas. Sin embargo, nada de su apariencia parece hablar de su carácter, de las veces que tuvo que reconocer sin ningún complejo que estaba equivocado en algunas de sus teorías científicas y que había que revisarlas en virtud de nuevas aportaciones.
Posiblemente esta noche se ha acordado de aquella vez que le preguntaron qué ambición le quedaba por cumplir. Le imagino afanándose con sus movimientos faciales para localizar cada letra en su sintetizador por el que se escucha al final con entonación robotizada que a él le gustaría salir al espacio. Era una ilusión que, cuando leí la noticia, se extendía a su mundo de preocupaciones y vaticinios, un aviso, una consciencia de lo inevitable, su deseo de hacernos ver que lo que hoy es ciencia ficción mañana, dentro de muchos años, tendrá que ser el desafío de los hombres si quieren sobrevivir como especie. Decía en el artículo que el futuro de nuestra especie no estará asegurado hasta que el hombre sea capaz de establecer colonias en el espacio, mientras tanto es muy posible que dentro de mil años no seamos nada porque la vida en la Tierra podría desaparecer por un masivo desastre nuclear, por el peligro de virus mortales creados por la ingeniería genética o por el impacto de un asteroide. Tantas veces fraguando en su mente teorías sobre el universo, los agujeros negros o esa relación incomprensible de la materia con su reverso, que desde fuera todo parecía estimular a juzgarlo como la foto fija de su aparente retrato robot, siervo de su inteligencia para vivir casi por entero entregado a ella como si fuera imposible concebirlo deseando algo en el fondo tan mundano como un viaje un poco más lejos. Y es entonces cuando sí le veo de nuevo sentado en la embarcación, empuñando el altavoz y gritando a sus remeros que bajen las palas más deprisa, que hagan la palada más intensa y salvaje porque en este propósito la meta no está en el límite sobre el agua que ya ven sus ojos, sino un poco más allá, en el horizonte invisible que su mente investiga y que ahora se convierte en la pequeña ilusión de un viaje, de una nueva competición en el río, que, por qué no, le gustaría disputar.
Y ahora mientras espera a subir al Boeing que le lleva al preámbulo de esta ilusión, es posible que piense que, aunque por la noche quiso soñar las sensaciones físicas de su vida primera -la que ya le parece que nunca hubiera vivido-, valió la pena intentarlo deliberadamente: forzar ese sueño que no le trajo el deseo, al menos saborearlo intentando imaginar cómo era la vida sin una silla de ruedas ahora que partía a un vuelo donde la magia del aire le haría sentirse como un globo de helio, como un jirón de cuerpo que recupera una libertad imposible y se eleva para ver de nuevo el suelo como si se hubiera levantado por su propio impulso.
Ha visto que hay garcillas que vuelan sobre el avión mientras está parado en medio de la pista. En grandes letras impresas tras el cuerpo de la cabina se puede leer “the weightless experience” -la experiencia sin peso- y alguien le ha dicho que el avión hará sólo una parábola: una subida y una bajada rápida y convulsa para recrear en su interior la sensación de gravedad cero, el misterio de un cuerpo sin peso que flota en un agua inexistente y que es ligero como una pluma suspendida en el aire, atraída por la invisibilidad de ápices minúsculos que te invitan a formar parte de una nube totalmente abierta como si nunca fuera a tener cirros de niebla.
Él está todavía sobre su silla de ruedas. Un camión lo ha acercado hasta la escotilla y su ayudante lo ha llevado hasta el interior del avión. Es un tubo despejado, a derecha e izquierda no hay filas de asientos, es una cabina con las paredes acolchadas y sobre el suelo hay esterillas de plástico, las que uno de los tripulantes vuelve a colocar ordenadamente antes de que comience el vuelo. Un ingeniero le ha dicho que tardarán doce minutos en alcanzar la máxima altura y que entonces comenzará la parábola. Si todo va bien, le señala, es posible que vuelvan a hacer un par de parábolas más.
Por fin le sacan de su silla. En los brazos del ingeniero, su cuerpo frágil es como el de un niño famélico. Ve como los brazos de ese hombre lo recogen con una facilidad extrema como si tuviera un hijo que se hubiera dormido en el sillón del salón y lo llevara hasta la cama, que aquí son las esterillas sobre las que ahora reposa. Observa su silla de ruedas con la extrañeza del conductor que se da cuenta de que alguien ha cogido su coche y lo conduce delante de sus ojos, confundido por ver que el automóvil pasa ante sus ojos y que no es él quien está ante el asiento del volante. Puede que la silla en el fondo no sea una prisión, una sentencia de por vida, puede que sólo sea una burbuja de líneas cuadradas desde la que se diseminan y se reencuentran todos los ángulos de su vida diaria, esa mirada a unos 60 centímetros del suelo que fija la perspectiva a través de la que él analiza y vive la ciencia, los hallazgos, y sus signos de humor y humanidad. Han llegado a la altura esperada y se inicia la parábola. Su cuerpo se eleva y abandona la esterilla. Un ingeniero apoya su mano derecha sobre la espalda de él, pero se da cuenta de que no está haciendo fuerza para elevarlo, de que la altura que alcanza es fruto de la gravedad cero en la que han entrado. Otro ingeniero, en el lado opuesto, ha colocado una especie de pulsera de goma en su pie derecho a la altura de la espinilla. El ingeniero retira sus manos y él, libre de todo contacto ajeno, siente que a su cuerpo sólo lo rodea el vacío. Le han retirado las gafas, tiene una venda en su muñeca derecha y los antebrazos se cruzan entre sí dejando ver sin embargo la palidez de sus manos, que no tienen vida, que se giran muy delgadas hacia dentro, con dedos recogidos sobre sí con esa rigidez de miembros que hace mucho tiempo que no se mueven, que no rotan, que no responden al deseo de su mente como quería imaginar en su sueño: levantando los dedos al menos un poco, consiguiendo tal vez un pequeño roce del anular sobre el meñique o del pulgar sobre la parte más cercana de la palma de su mano.
Los ingenieros que lo vigilan de cerca están tensos y prevenidos. Sus manos no se alejan mucho del cuerpo paralítico. Temen que el efecto de gravedad cero pueda elevarlo en exceso y vaya a chocar contra el techo también acolchado del Boeing. Pero él, aunque se fija en ellos parece entregado a un placer recóndito como si ahora sí habitara en una ensoñación y se viera en una piscina mirando el fondo del agua y después, si le dieran la vuelta, contemplando el cielo con esa sensación de relax que invade tu interior cuando entre tú y el azul sólo hay esta línea de flotación que te lleva sin esfuerzo. Seguro que nunca olvidó cómo aprobó aquellos primeros cursos de física llevado únicamente por su portentoso talento porque no merecía la pena entregarse con disciplina estricta al estudio si le habían dado sólo dos años de vida. Hasta que conoció a Jane, con la que luego tuvo tres hijos. Por ella sí elevó el pulso de su entusiasmo y halló quizás por vez primera esa quemazón que le decía que, viviera lo que viviera, tenía que hacer las cosas bien, con el sentido de fin en sí mismo que se adjudica a lo que gusta y se reconoce meritorio, sin preguntarse qué finalidad habrá más allá de sacar del talento propio lo mejor que mora en él. Puede que recuerde también aquella vez que un periodista le preguntó qué música se llevaría a una isla desierta. Porque isla desierta y entreverada es este momento presente, donde no estar en la silla de ruedas es como la salida al recreo en los primeros días de escuela, la ilusión de recobrar los gestos vivos e inconscientes. Ésos en los que nadie repara en sus días de diario porque nada hay más fácil que abrir un cajón para coger una cuchara o un paño, o salir a un jardín para retirar malas hierbas que afean el verde cromático de una grama lujosa. Le contestó al periodista que se llevaría el concierto para violín de Brahms, La Valquiria de Wagner o el disco de “Please, please me” de los Beatles. Cierra los ojos y se pregunta si es así la ingrávida flotación del astronauta que abandona su nave y observa desde la negrura misteriosa del firmamento las tonalidades blancas y azules de un planeta que está abajo y que se dibuja con esa redondez bonancible que otorgamos a la Tierra cuando viajeros del espacio la observan desde escafandras en películas de ciencia ficción. Su isla son estos veinticinco segundos de ingravidez total dentro de este avión y la actitud atenta del ingeniero que poco a poco gira su cuerpo y logra que dé una vuelta de 360 grados. Es en este giro cuando creo que más sensación de inteligencia incorpórea ofrece su imagen. La que muchas veces nos ha venido a la memoria viéndole por la tele recogiendo un premio o impartiendo una breve conferencia con la expectación de escuchar esa voz irreal de su sintonizador electrónico al que vuelve a ordenar palabras silenciosas con el remo tímido de sus párpados claros. Como si su cerebro fuera la única y sagrada tabla salvada de un naufragio lento y le proveyera de una dignidad plena, invencible ante la traición de su cuerpo que, aunque se obceca en la fragilidad, no es capaz de contradecir la inspiración de fuerza que alimenta su pensamiento.
Con un gesto ha pedido que el avión dé más parábolas, el Boeing ha vuelto a subir a la altura indicada y de nuevo se lanza hacia abajo a toda velocidad. Una piloto de pelo rubio y sonrisa muy fresca ha soltado una manzana y él ve cómo la fruta flota unos treinta centímetros debajo de él en una broma que rápidamente capta en recuerdo del científico que siglos antes ocupó su cátedra en la Universidad. Brahms, Wagner y los Beatles. Puede que la música le remita desde este avión a la isla de los deseos y que esta sensación de vuelo sólo sea el ensueño de una melodía que alguien hace sonar por ti. Pero pienso mirándole que ahora tiene la convicción de que muchas cosas han tenido un premio justo: querer vivir un poco más, construir desde su talento una inteligencia excelsa o no ser la presa rendida a una esclerosis salvaje. Sabe que al aterrizar la silla de ruedas cubrirá sus espaldas y su cara apagada volverá a caer del lado derecho para apoyarse en la almohadilla y saludar al sintetizador que deambula perspicaz por las fronteras de su pensamiento. Es cierto, le ha hecho feliz la breve libertad de ser como un pájaro sostenido sereno en la tela del aire. La felicidad no es una materia de tacto continuo. Es una chispa, un fogonazo, 25 segundos de gravedad cero. La noche anterior fue imposible ese letargo dulzón que le hubiera hecho imaginar el avance de su meñique sobre el raso de una sábana. Pero luego, observando su trayecto en la pista tras abandonar el avión, comprendí que sabía plenamente que con los ojos abiertos a veces un día dispensa porciones de vida más gozosas que un sueño y que se alzan esplendidas sobre la limitación del destino. Sus dedos, ahora sí, han tocado y apretado la ilusión infantil de elevarse como una mota de polen y ver que el aire te pertenece convertido en una partícula de su infinita libertad. Como aquel timonel de las regatas que pedía a sus compañeros la penúltima flexión para superar la raya en el agua que al día siguiente volvía a esperarles en la misma meta, convencidos de que las mañanas eran un viaje en bumerán tan urgente y tentador como el puro agrado de volver a despertarse para remar otra vez.
P.D. El 25 de abril de 2007, el astrofísico inglés Stephen Hawking subió a un Boeing 727 en Cabo Cañaveral para experimentar durante ocho parábolas en el interior de la nave la sensación de gravedad cero. Conforme ha explicado en sus conferencias, si el ser humano no aprende a colonizar el espacio, la especie humana no sobrevivirá más de mil años. Para los apuntes biográficos me he documentado en páginas de Internet de divulgación científica.
