Juan Pequeño se ha quedado dormido, tiene la cabeza reclinada sobre el escay del sofá y por la posición de sus párpados cerrados, dirigiendo sus pestañas muy fijas al frente, parece como si siguiera mirando el televisor. Sus piernas están extendidas y cruza sus pies sobre el asiento de un silla baja, ligeramente ladeada, como si minutos antes la hubiera desplazado para efectivamente poder ver con extravío y aburrimiento el programa que estaban dando. Esta tarde me he acercado para hablar con él, pero Pablo, que roza su hombro con el codo, me ha dicho que no lo despierte, que está cansado, un poco por la acumulación fatigosa de la pasada noche en la que estuvo trabajando hasta la una de la mañana, pero tal vez más cansado por ese líquido indefinido al que no encontramos nombre y que sentimos viajando por nuestros adentros cuando algo parecido a la decepción se hace dueño de nuestras sensaciones, una nube que te queda grogui, con la pesadez que deja en tu voluntad la sensación de revés, un nudo apagado que medianamente se ubica en el interior de tu garganta y que se queda ahí inmovilizado, sin salir hacia fuera porque las palabras no bastan para deshacerte de esa desazón, pero que tampoco baja a tu estómago porque sabes conscientemente que allí volverá a hacerte ese tipo de daño que no duele físicamente, pero que te aplana, que te atrapa en un sopor de escepticismo donde lo único que te apetece es huir, quizás coger la moto con la que tanto le gusta adentrarse por caminos y rutas polvorientas del condado, esos caminos que hace unos días vimos con el color del barro y la humedad cuando fuimos hasta Navas del Arco porque la tarde anterior había caído una fuerte tormenta y, a la siguiente mañana, los agricultores paseaban por sus viñas aliviándose al ver que el agua y el granizo no habían atacado en exceso los pequeños racimos de uvas aún diminutas -apenas tres milímetros de puntas verdes y muy redondeadas- que se habían salvado porque la cuerda fuerte de agua había caído en dirección hacia el pueblo, un kilómetro antes de llegar a las Navas. En ese terreno próximo, a un lado y a otro de la carretera, podíamos ver agua todavía acumulada entre las parras y el límite de las parcelas, agua estancada entre rojiza y gris con hilillos que parecían de plastilina, posiblemente de restos de manchas de grasa o gasoil arrojados por los tractores que frecuentan las lindes de estas tierras. Allí Juan Pequeño había encendido un cigarro y, extendiendo una mano, me había explicado por dónde iría el cauce del desagüe de la futura papelera, bordeando los cercos de viñedos y olivares.
Minutos antes, Pedro, uno de los agricultores que se conciliaba consigo mismo y prudentemente porque sus viñas no habían sido muy castigadas, nos había hablado de cómo la voluntad se hace a estas cosas cuando los años te vuelven a poner, más a menudo de lo que uno imaginaba de joven, ante las inquietudes fijas de los reveses del cielo, ya sea en forma de sequías o lluvias torrenciales. Y ahora, seguía Pedro, hay que añadir la incógnita de saber si la planta de celulosa irá finalmente hacia adelante, allí, a diez kilómetros de las Navas, en los campos de Villanubia, cuando ni de lejos los agricultores podían suponer hace cinco o seis años, que alguien quisiera traer aquella fábrica hasta las campas de aceitunas y racimos que siempre habían sido la acuarela mimetizada de estas tierras.
El agricultor miraba hacia el oeste. En el horizonte, nubes de algodón denso, cobrando más altura, comenzaban a tomar tonalidades de grises turbios y no era descabellado pensar que se terminarían agarrando a la nueva tarde para descargar agua furiosa y, quién sabe, tal vez el temido granizo. Sin mover sus ojos del horizonte, desgranaba palabras que Juan Pequeño recibía asintiendo, reforzándole en sus convicciones que él quería imaginar muy compartidas, muy asumidas por las gentes de la comarca en un trabajo de concienciación que la asociación había iniciado tres años antes, poco tiempo después de que el gobernador Susaeta hubiera anunciado en una rueda de prensa que en el término de Villanubia, al este del condado de Salvia, se abriría una papelera que crearía muchos puestos de trabajo y que marcaría un antes y un después en la política de industrialización del condado.
Pedro podría tener 57 o 58 años. Tal vez su propia edad le nutría de un cierto escepticismo de notario de pueblo porque argumentaba sin encono, sin un ariete afilado como el que a veces surge cuando se está temeroso del futuro en esos otros destinos de gentes más jóvenes que tienen toda la vida por delante. Y le decía a Juan Pequeño en tono de pregunta, aunque no lo era, que le explicara con qué horizonte podrían competir los agricultores de esta tierra con los vinos que se producen en otros lados del país “si mañana te colocan un sambenito de mal fario diciendo que tus fincas están al lado de una papelera, ahora que todos hablan de seguridad alimentaria y de que hay que vender con calidad, esmero y con botellas bien presentadas”. Pedro no podía calcular exactamente qué efectos podría tener aquella industria para el futuro de las viñas. Había escuchado los discursos de las autoridades que afirmaban que sería compatible una cosa con la otra, pero no le convencían del todo aquellos comentarios apaciguadores, no sabía, no le daba buena espina, no era capaz de verlo con idea de equilibrio. Al final le parecía que la historia era como un carro de mulos más cargado de un lado que de otro y no veía, aunque lo intentara, un equilibrio firme porque barruntaba que con el paso de los años uno de los dos mundos impondría su jerarquía y, en ese reparto, el montón pequeño él se lo concedía sin remisión a los vendimiadores y el grande a la papelera si definitivamente se construía.
“A lo mejor no es malo”, farfullaba Pedro, “que venga la Unión de Estados pidiendo que cortemos las viñas porque todos los días te avisan en la radio de que ya no hay tanto dinero para dedicarlo a la agricultura y que los cultivadores deben ir pensando en otras cosas para trasegar con el mañana. Por lo menos”, se hacía las cuentas, “algunos billetes vendrían al bolsillo si nos compensaran por arrancar y no tendríamos que estar pendientes de sequías, tormentas, bajos precios o malas cosechas, ni del agua que pudiera bajar en unos años de las lomas de Villanubia por las conducciones de la celulosa”. Y lo decía con ese aire de presagio que dejan caer los labradores veteranos vaticinando vagamente que aquí hay un paisaje que tiene ya más forma de pasado y otro, por venir, que volteará, ya a su pauta, el rostro del futuro. “Y no vería con malos ojos”, continuaba diciendo, “que alguien me preguntara por la finca, que yo ya voy siendo viejo y mis dos hijos se fueron a la capital y si un comprador o un rentista pusiera buenos cuartos me olvidaba de seguros, de penas en el campo y de fábricas de papel”.
Juan Pequeño escuchaba, ya había hecho las fotos para llevarlas al periódico y desde hacía algún momento, sólo estaba concentrado en el soliloquio del agricultor, que era en sus idas y venidas alimento de sus propias ideas y que a él le servían para aumentar su optimismo. Ese jueves quedaban cuatro días para las elecciones en el condado y escuchar a Pedro le afianzaba en su esperanza de que la asociación podría ganar la alcaldía de Villanubia.
Cinco meses antes los activistas contra la planta de celulosa habían decidido formar una candidatura política para presentarse a las municipales. Hasta ese momento y desde que se había conocido la intención de poner una papelera en las afueras del pueblo, la asociación se había movido más bien como un grupo ecologista, como un colectivo al que se le hacía difícil y paradójico haber escuchado muchas veces desde el poder que el futuro se tenía que escribir con iniciativas de desarrollo sostenible o con industrias deudoras de la modernidad, empresas alumbradas a la razón del siglo XXI con un afán que el gobernador hacía venerar diciendo que si Salvia, ciento cincuenta años antes, no tuvo la ocasión de subirse al tren de la revolución industrial, ahora no podía dejar de escapar la nueva revolución que encarnaban la era de la informática y las nuevas tecnologías. Desde que comenzaron como un grupo de gente que compartía preocupaciones similares o que habían coincidido en alguna manifestación o en la presentación de algún evento cultural, no eran del todo conscientes de cuál sería el recorrido de sus vicisitudes ni de que su presencia crearía un debate sobre la papelera que, si no hubieran nacido como asociación, no se habría suscitado en la misma medida. No porque fuera a ser un movimiento masivo que doblegara en un duelo de igual a igual las bases de una decisión que disponía del apoyo del poder sino porque el mero hecho de que surgiera sorprendía en un territorio donde los últimos 25 años solo habían conocido el gobierno de un mismo partido y el acomodo que esa situación asienta y convierte en rutina.
Salvia es como un sistema planetario, como una constelación de asteroides, satélites o meteoros buscando una posición de sus órbitas cada vez más cercana a las dádivas del sol. Ese sol es el centro básico y pleno, la línea geométrica sobre la que se desplazan materias en un giro, en una elipsis que sin alteraciones bruscas desean proximidad y protección de los rayos de su luz. Salvia se adivina así como un círculo reconocible de cuerpos celestes, un mapa de pequeño firmamento donde grupos humanos, empresas, cooperativas, colectivos culturales o pueblos toman forma de satélites o asteroides para buscar circunferencias oportunas y no desbancadas a la periferia del sistema. El gobierno es el sol, el astro rey, la medida central y básica que en Salvia es algo más que una administración para convertirse, según el destino, en manto protector o intemperie fría para empresas y vidas, lugares y futuros. Adquiere la forma simbólica y gestual de una gran ventanilla que, en las limitaciones del pequeño universo, es la otorgadora de los dineros públicos sin los cuales muchas órbitas languidecerían como estrellas fugaces. Así, un planeta puede ser el dueño de una imprenta que llega ante la puerta del delegado de encargos públicos y juega sus bazas para que su empresa pueda ser la beneficiaria de una contrata con la que facturar a su favor y a tiro hecho folletos, publicaciones, guías, hojas de impreso o boletines de decretos requeridos con rutina bienvenida por secretarías y despachos oficiales. O un satélite puede ser esa compañía de teatro que inicia sus ensayos y confía en que el Departamento de Cultura incluya su espectáculo en la red de teatros públicos porque en Salvia no hay teatros privados y sin la aprobación oficial no merecería la pena culminar un montaje escénico ante el desierto de posibilidades fuera del poder. Y una aurora boreal puede tener incluso el perfil de un periódico de provincias que no se puede mostrar demasiado crítico con el orden establecido porque en realidad no hay una economía dinámica de empresas suficientes y sólidas que pudiera dar margen a ingresos publicitarios sin tener que depender de la mano protectora de anuncios, campañas y cuñas oficiales pagadas desde el poder.
Polvo cósmico diminuto podría ser el autor novel de un libro que camina hacia la editora del condado con el anhelo de que se publique su primer relato porque no hay muchos pasillos por recorrer. Todo envuelto y a la vez descrito con el acierto del constructor hábil y cauto que si mueve los hilos precisos puede convertirse en promotor elegido por el Departamento de Vivienda para levantar pisos de protección pública. Es la órbita también de ese alcalde de pueblo que viene a pedir dinero por que hay que reasfaltar calles o inaugurar una depuradora y duda de que la financiación llegue a tiempo si no la empujan desde el despacho adecuado. Sabe que no es del partido afín y los expedientes, tal vez, se retrasen un poco. El ir y venir son trazadas de redondeles que buscan el radio más pequeño para no estar lejos del núcleo central a la espera de que irradien sus rayos y el calor beatífico de un contrato o de una ayuda oficial proteja al menos durante un tiempo el porvenir.
Fue hasta cierto punto una sorpresa que en Salvia surgiera el brote de aquella asociación contra la papelera. No porque la gente no se pudiera oponer, que podía hacerlo, sino porque emprender ese camino suponía para quienes lo iniciaban apartarse de esa ley invisible de las reglas no escritas, renunciar con claridad a la vía de los contactos sutiles, ésos que, en la limitación de las posibilidades reales, se terminan utilizando para intentar dar vida a otros propósitos o a otras inquietudes por lo general más materiales e inmediatas. Juan Pequeño se sonreía cuando yo le decía que los miembros de la asociación eran el rescoldo de una anacronía del tiempo, la reencarnación de un inconformismo juvenil que parece tener sólo fundamento verídico en los estadios iniciales de las democracias. Había una curiosidad egoísta y escéptica en discernir hasta dónde llegaría su trayecto, tal vez también porque anidaba una simpatía interna hacia aquellas personas que hacían un regate a la realidad adocenada para intentar limar, aunque fuera en una superficie mínima, el cemento viejo de los códigos fijados. Sus motivaciones contra aquella planta de celulosa eran en el fondo tan sencillas como asumir las palabras de los propios dirigentes cuando en sus discursos de partitura y oficio alaban la sabiduría del desarrollo sostenible, del cuidado del medio ambiente y de la armonía necesaria entre la naturaleza y el uso que hacemos de ella. La incertidumbre que ellos introducían consistía precisamente en poner a la vista las contradicciones que emergen cuando proyectos concretos suponen una negación del discurso correcto, un molesto recordatorio de que no siempre valen las exhortaciones vacuas, aunque parezca que, al acostumbrarnos a escucharlas repetidamente, puedan servir ilimitadamente. Porque los discursos a veces se asemejan a las cuerdas de una guitarra cuando sólo se tocan para recrear música repetida tan etérea como palabras de folios oficiales.
Sorprendía que en el acontecer de la asociación se anotaran acciones que iban más allá del broche testimonial que casi se adjudica de memoria a los momentos de protesta. Porque lo esperado era ver las escenografías acostumbradas de rechazo: grupos de cien o doscientas personas que en mañanas de algún sábado se concentran ante los soportales de un ayuntamiento para disponer la liturgia de las trasgresiones normalizadas. Manifestantes, algunos de ellos, con zurrón de tela colgado del hombro, con pelo largo disoluto y sin peinar, con barba de identidad estudiada y medianamente antigua, ataviados con camisas estampadas que sobre fondos rojos o negros idealizan nimiamente rostros de iconos políticos de los años 60 o eslóganes más actuales que reclaman justicia para las selvas amazónicas o para las guerras eternas de Oriente Medio. Pero un día no fue así. En la duma parlamentaria del condado, los diputados debatían sobre la necesidad de la papelera y los miembros de la asociación se habían sentado en la tribuna de invitados. Algunos de ellos respondían a la estética al uso, pero otros no, y eso me llamó poderosamente la atención. Sobre todo porque había un grupo de hombres entre 50 y 60 años que eran -¿qué hacían allí?- agricultores: brazos anchos que confluían con fuerza en la intersección de sus hombros, manos curtidas, de dedos redondos y rudos, cubiertos con esa piel que adquieren la arruga poderosa y sólida de los días pasados al sol. Transcurría el debate, pero no podía dejar de fijarme en ellos. Se removían en los asientos tal vez cansados de tanta palabrería y cortesía oral, perdidos un poco ante el lenguaje esmerilado de aquellos hombres con corbata que, vistos desde la altura de aquel edificio frío y de formas geométricas, ganaban una distancia irreal y profundamente televisiva. Al terminar quise saludarles, uno de ellos mientras bajaba me habló claramente. “Mire, usted”, me decía,” yo no entiendo mucho de política, nunca la entendí y creo que a mi edad nunca lo haré. Yo siempre he votado a Susaeta, y lo que sé es que si esa papelera fuera buena, a él no le importaría colocarla en la puerta de su chalé, y, o mucho me equivoco, pero seguro que a él no le gustaría levantarse con eso enfrente de casa. No me da buena espina”, continuaba, “y por eso he venido aquí para decir que no”. Aquel agricultor me recordó mucho tiempo después al que vi aquella mañana de jueves en las afueras de las Navas. Hombres desconectados de las rutas políticas que ya tienen bastante con ocuparse de sus afanes diarios y que nunca pensaron en que fuera necesario disponer de un mapa de recovecos para descifrar los ademanes sonrientes y oblicuos de aquellas gentes bien vestidas. En realidad, el propio Juan Pequeño nunca antes había mostrado una inquietud concreta por el mundo de la política. Había logrado en aquel periódico un puesto estable como fotógrafo. Hacía su trabajo con predisposición de alumno atento y proclive, y gustaba sobre todo de acercarse a las mujeres. Buscaba con ellas una conversación de guante blanco y sin sobreentendidos, y es posible que deseara que aquellos meandros discurriesen por tramos más atrevidos y pegados a los juegos de la seducción. Pero no los planteaba, simplemente, como él decía, se le alegraba el cuerpo compartiendo con las chicas los ratos escapados del día y le complacía que también ellas lo buscaran porque tenían en él a un confidente de las pequeñas rutinas y que, con sonrisas y algún que otro susurro adolescente, daba un matiz más alegre y vital a los paréntesis de las mañanas o a las incursiones más prometedoras de la noche, las que se deslizan con las primeras copas ante el velador de un bar o entre murmullos de miradas sinuosas, si éstas llegan, a la salida tardía de una discoteca o de una fiesta entre amigos.
Juan Pequeño había fotografiado muchas veces a aquellos políticos a los que ahora empezaba a juzgar desde una actitud más crítica. En ocasiones contadas podía haber hablado de temas políticos. Habían sido apuntes menores, incidencias que se pasean entre charlas y que apenas se anotan en los interiores personales porque son lugares sabidos. Era comentar entre los compañeros que los políticos, por ejemplo, debían resistirse a la tentación de mezclar sus intereses con la gestión de los asuntos públicos o que hubiera límite de mandatos para que los mismos dirigentes no se perpetuaran en los cargos. Pero aparte de eso, nunca había entrado en los entramados más profundos, en las líneas divisorias que penetran en fondos arenosos donde la vida política endurece sus perfiles.
Se unió a la asociación porque no podía entender que una industria contaminante se pudiera instalar en Villanubia. Si muchas veces, repetía, había escuchado a los dirigentes hablar de una nueva forma de conquistar el progreso aupando proyectos que trajeran esa combinación biensonante de desarrollos sostenibles y promesas de mundo global y hermanado. Y así, tal vez sin darse cuenta, ilusionado por recuperar el valor de los hechos y por reclamar que los discursos fueran algo más que palabras fútiles, se enroló en la asociación. Su causa, se decía una y otra vez, era buena y le parecía posible que el compromiso de todos ellos podría crear un estado de opinión que al final frenase la instalación de la celulosa.
Los últimos viajeros del tiempo, la devolución al presente de un periodo finiquitado que tuvo curiosamente su expresión más dulce 27 años antes cuando Susaeta era sólo un militante del Partido Avanzadista que por entonces la gente comenzaba a conocer en Salvia al hilo de la novedad y la ilusión que había despertado en el país el final de más de tres décadas de dictadura. Yo entonces era un niño y conocí a Susaeta en los encierros en el ayuntamiento de Aresmes cuando los dirigentes del país propusieron la instalación de una central nuclear en los Valles del Sur. Aún no existía el gobierno del condado y las ideas de lo que era una democracia navegaban en un cielo difuso donde podían caber desde las ensoñaciones más cristalinas hasta la cotidianidad más prosaica. Durante todo este tiempo me ha parecido ver similitudes reencontradas entre lo que entonces defendió el Partido Avanzadista y lo que mucho tiempo después asumía la asociación contra la papelera. Aquellos años pasados se abrieron al horizonte como paisajes todavía desconocidos, pero deseables. Las convicciones parecían entonces alcanzar una sonoridad distinta y en su expresión ante la gente, las frases tenían un poder imantador porque eran como la confirmación previa de que con voluntad las cosas podían transformarse de forma generosa. El puerto de los viajes no tenía todavía el color estucado y borroso de aguas que se paralizan en muelles oxidados. Y los discursos, en la medida en que no habían pasado la malla insoluble del contraste con el poder, llegaban poderosos y limpios, con una claridad de agua matinal que vivificaba la pasión por compartir y soñar este nuevo reino de la democracia. Susaeta decía que la central era una industria a contrapié, una añagaza que el tiempo pasado le tendía al futuro porque aquella nuclear hipotecaba las tierras de regadío del río Ponte de cara a un porvenir que Salvia debía fundar con los cimientos de una economía de agroindustrias y de productividad en el campo. En la alquimia de las palabras extrapoladas, eran casi los mismos argumentos que con los años ahora defendía la asociación contra la papelera porque ellos también luchaban contra el proyecto de una industria que desempolvaba las dudas de 27 años atrás, esta vez en forma de celulosa, de una fábrica también contaminante que cuestionaba el devenir posible de las tierras de Villanubia de igual manera que antes se planteó para las riberas del Ponte.
La pugna contra la central de los Valles del Sur dio resultado y finalmente no se construyó. Si la ecología convirtió en bandera aquel no, por qué ahora una causa similar, se preguntaba Juan Pequeño, no podría triunfar. Incluso el transcurrir del tiempo deparó otras semejanzas que la asociación sentía como refuerzo de su propósito. Un día, una compañera de trabajo se lo recordó a Juan Pequeño. Quince años atrás, cuando ya incluso el gobierno del condado cumplía tres legislaturas, el gobernador Susaeta nombró a Antonio Sosa como procurador de Industria. Durante su gestión, Sosa defendió la necesidad de abrir el desarrollo de Salvia a otras industrias más convencionales: fábricas de tipo tradicional que pudieran venir hasta el condado porque el progreso basado en la agricultura y la agroindustria, decía el procurador, no era suficiente. Sosa defendió sus razones y las expuso en cuantas ocasiones pudo, pero perdió la batalla. Susaeta terminó destituyéndolo porque el procurador no sintonizaba con las prioridades del gobierno, una filosofía que, según el gobernador, debía armonizar crecimiento natural y agroindustria, desarrollo equilibrado y futuro para los pueblos pequeños. Cuando tres lustros después, Susaeta apostó por una industria convencional como la papelera era como si los pensamientos de Antonio Sosa hubieran ganado una batalla postrera y regresasen al presente envueltos en la voz y en la voluntad de quien quince años atrás les había cerrado la puerta.
Todo esto ronroneaba por la cabeza de Juan Pequeño al recordar un evento a pocos días de las elecciones. Fue una manifestación en la capital del condado. Cientos de tractores habían desfilado en un goteo persistente ante las puertas de la sede del gobierno. Juan Pequeño sentía un hormigueo intenso. Con su moto había acompañado todo el recorrido de los tractores desde que salieron de Villanubia, las Navas del Arco y otros pueblos del alrededor. Ya a la tarde repasaba en el portátil la cantidad innumerable de fotografías que había hecho a la marcha. Tractores coronados por las banderas del condado y del país, gorras sobre las cabezas de los agricultores donde se podía leer "papelera no", expresiones de júbilo y de convicción que pedían al gobierno que escuchara el sentimiento de los manifestantes. Y para mí, fijarme en los gestos de Juan mientras cliqueaba las fotos era como trasladarme a Aresmes, volver a la expresión admirada de un niño, 27 años atrás, que advertía cómo los avanzadistas se disponían a meterse en sacos de dormir entre las filas de asientos del salón del consistorio y la gente les subía bocadillos y mantas para cruzar las noches de aquel marzo, recuerdo, desapacible e invernal. Cuánto de aquel Susaeta joven y apasionado había ahora en este compromiso de Juan Pequeño. Como si una guirnalda prolongada y nunca decaída hubiera cruzado un montón de años y el romanticismo de aquellas experiencias en la democracia incipiente fuera ahora la misma inspiración de otros jóvenes por una causa similar. Qué le diría aquel Susaeta de entonces al Susaeta de ahora. Qué debate prolongado e intenso cruzarían ahora los dos si se pudieran encontrar en un tiempo neutro, ¿se reconocería el uno en el otro?, ¿sabría describir el de ahora qué tipo de realismo y de pautas instaladas le llevó a navegar desde aquel nuevo entusiasmo al destino material de los años posteriores? Porque aquel afán juvenil que prendía en el compromiso de aquellos avanzadistas era ahora la inspiración de una gente del condado en contra de algo similar a aquella central de los Valles del Sur. No hay nada que derrote al paso del tiempo ni a la consumación de un orden que paulatinamente define sus contornos y abarca el territorio de hasta dónde se puede llegar; un escenario en el que la gestión tiene su ancho y su servidumbre, y que ya no parece heredera de la nostalgia de aquellas aventuras de juventud que un día sí tuvieron su premio.
En el coche, volviendo de una rueda de prensa, Juan Pequeño hablaba por el móvil con un amigo. Le preguntaba si ya tenía la papeleta en el bolsillo preparada para el domingo y le decía que era posible ganar el ayuntamiento de Villanubia. Rozaba sus palabras con un nerviosismo impetuoso y a la vez alegre, y se convencía de que era realizable, de que sus razones eran buenas y de que al menos podrían ofrecer ante el condado el triunfo moral de que, en el pueblo donde se iba a instalar, la mayoría de la gente no quería la fábrica de celulosa. Sólo un día después de las votaciones reparó en lo que un vecino le había dicho en las vísperas. Juan también le había animado a que votara a la asociación y éste no le había dicho ni sí ni no. Únicamente le preguntó a Juan Pequeño que si en Villanubia no ganaba el partido gobernante, quién daría luz verde, desde los despachos del condado, a las inversiones para el pueblo, quién los contratos a tiempo parcial para mantener desde el ayuntamiento la red tutelar de trabajos clientelares que ayudan a tirar para adelante a familias del pueblo, quién los pisos que no se podrían alquilar si no se empezaba a construir la papelera, quién los desayunos que no se podrían dispensar en los pequeños bares si no llegaban operarios para levantar torres y metales. Tal vez las mismas preguntas que pudo hacer un vecino de los Valles del Sur, 27 años antes, y que sin embargo tuvieron una respuesta distinta a la que surgió finalmente de aquel domingo del presente. El tiempo viaja por una montaña rusa donde nunca sabes cuándo llega una subida y cuándo una bajada. Cuándo los románticos encuentran como fruta escondida el cumplimiento de sus anhelos, y cuándo se dan de bruces con una realidad ubicada donde las palabras bonitas son rizos en el aire que se disgregan como polvo en una tarde de mayo. Juan Pequeño y su gente fueron el alma de los avanzadistas que 27 años antes cumplieron un sueño, y ahora, esos avanzadistas elevaban sus brazos para refrendar la derrota del espíritu que un día fue su victoria. Villanubia quedó en manos del partido gobernante y el sistema de las órbitas giratorias sobre el universo del condado, sin alharacas y con la rutina acostumbrada, volvía a posar su huella sobre la identidad de Salvia.
La noche de los resultados electorales, al conocer los primeros datos, imaginé a los viajeros del tiempo con el sentimiento orillado que te embriaga cuando te empiezas a sentir como los depositarios finales de un sueño que equivocó su presente. Era como si la historia no devolviera el fulgor de una democracia juvenil que sólo fue joven cuando le tocó serlo. Tal vez ése fue su atrevimiento. Llamé, esa noche, a Juan Pequeño y no quise preguntárselo ni tampoco saberlo. Sólo sabía que él quería viajar, viajar entre alamedas, entre viñedos y entre jaras a lugares muy lejanos. No sabía dónde, pero quería partir. Yo pensé tras colgar que su deseo vencido y triste era en realidad un viaje al pasado, a aquel tiempo donde casi todo estaba por inventar e incluso las cadencias menos materiales todavía tenían caminos para cumplir sus designios. Nunca le dije a Juan Pequeño: muchas gracias por devolvernos la piel tersa y tenue de esa muchacha del aire que un día vimos cruzar en los albores del tiempo nuevo. Nunca volverá, nunca, pero en tu llamada a aquel amigo al que pediste con urgencia su voto ya en el bolsillo está el vértigo de aquellas gentes inexpertas que muchos años antes apuraron la primera pasión por unas urnas donde los románticos se miraban para crecer en sus sueños. Como el primer amor que nunca vuelve, escondido e inerte bajo una acumulación de estratos que fosilizan nuestra piel y que en la realidad de nuestras vidas instaladas nos hace olvidar el rumor de un mar distante que un día, ya muy antiguo, guardaba las ilusiones. Aquel domingo, Juan, sólo sucedió que volvimos a saber de su distancia. Y es esa percepción de lejanía la que desorienta los bucles de una certeza que nunca más vuelve a ser. Sin embargo, mereció la pena ir a su encuentro, y aunque no me escuches porque ahora en el sofá derrotas las ilusiones perdidas, sé que algo de ti, sin que tú lo supieras, estuvo 27 años antes en esa emoción azarosa de los orígenes cuando los ojos, aún poco sabios, miraban sorprendidos los primeros vuelos de la libertad. Te lo he querido contar en el hueco de tu sueño porque en este momento sí sé que viajas a esas riberas lejanas que un día, como niño, me pareció ver cuando jóvenes como vosotros atravesaban la noche en la desnudez de un salón de plenos para cumplir la razón de una causa similar. La misma que ellos mismos ahora eluden olvidando que vosotros sois el retazo inesperado de su propia juventud. Los últimos viajeros del tiempo que fueron al pasado para rescatar sus palabras y que ahora ellos ni siquiera recuerdan porque aquella democracia primeriza, incipiente y soñadora, hace tiempo que murió.
